Comenzar este comentario me costó un poco más que lo de costumbre: no sabía si hacerlo recordando la Exhortación apostólica del papa Francisco y publicada en 2013, en la que dedica profundos pensamientos alrededor del ejercicio sacerdotal, o recordando directamente al padre Alfonso Avilés Pérez, fallecido reciente y trágicamente junto a otro sacerdote, Pedro Anzoátegui. Murieron ahogados, tras salvar la vida de un monaguillo en el mar de Playas. La duda inicial se producía porque muchos años antes de la Exhortación, el padre Alfonso ya hacía lo que Francisco, con magistral maestría, llama a hacer a todos los sacerdotes del mundo para acercarse más y efectivamente a la feligresía.
Tuve el privilegio de conocer al padre Alfonso, intercambiar con él opiniones, descubrir su sencillez, pese a su erudición, en el trato personal; sentir su naturalidad en el uso modesto de la palabra, fruncir apenas el ceño en la controversia, sorprender con su buen humor y sonrisa, usar en corto tiempo una o más veces su máxima: ¡al ataque! Lo hacía como si esa expresión fuera lo mismo que no te acobardes, tú puedes; no tengas miedo, todo va a ir muy bien; no te desanimes, cosas buenas esperan por ti.
De la congregación Sociedad Jesucristo Sacerdote, el padre Alfonso, español de nacimiento y ecuatorianísimo de corazón, ejerció el sacerdocio con estrictez, pegado a calicanto a la norma y al rito litúrgico. Con el don de la palabra, sus homilías siempre fueron aprendizaje, enseñanza, reflexión oportuna, provocación y estímulo para el cambio positivo. Sí, fue “pastor cercano”, no esperó en la comodidad de su casa, salió a buscar y a encontrar al prójimo y, como Jesús, “siempre metido en los problemas”: ayudaba a los más necesitados, les procuraba –aun en medio de la escasez– salud, alimento y vestido, y todas las veces que pudo, a gestionar trabajo remunerado.
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El padre Alfonso se fue, también, dejando una capilla de adoración perpetua en su parroquia y lo más importante, su mensaje de amor: ¡Al ataque, que todos podemos ser santos! No hablaba, por supuesto, solamente a los católicos, lo hacía para todos, pues estaba convencido de que ayudando se vive y se muere con grandes satisfacciones. Con certeza, los padres Alfonso y Anzoátegui desde el cielo siguen “trabajando” por su pueblo. (O)
Jorge A. Gallardo Moscoso, Samborondón

















