En la vida del ser humano, de la clase social a la que pertenezcan, ocurren una serie de hechos vivenciales.
Vicente Fernández, el cantor mexicano de rancheras, a través de su talento, con sus virtudes y errores, le cantó con gran sentimiento humano, a las niñas que nacieron, a pesar de que el padre quería, quizá por su machismo, un niño; pero al pasar del tiempo, la niña fue creciendo y el padre fue cambiando de criterio, ante el candor y alegría de su hija.
Y cuando la niña se hizo mujer, le pidió al Señor del Gran Poder, “que cuando ella se case, el hombre que se la lleve, la sepa siempre querer”.
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Ese pequeño preámbulo, tan conmovedor de un padre, a veces se traduce en un resultado fatal, cuando el femicidio se hace presente en un hogar, o una niña en su pubertad, es agredida por la violencia de “su pareja”, mayor de edad, en contubernio con sus familiares cercanos.
Aquello fue lo que ha ocurrido días atrás, en una comunidad rural de la costa ecuatoriana, como una película de terror, pero que puede pasar también en las urbes de mayor población, como Guayaquil o Quito, en planteles educativos o en hogares humildes, y donde las autoridades educativas, y los jueces de la Función Judicial, conocen los hechos y no los sancionan con rigor. Y de esos actos reprochables no se hacen eco los asambleístas. ¿Quién defiende a la niña agredida, de apenas 13 años de edad?
No solo la pobreza es el marco adecuado para que sucedan los hechos narrados, se requiere de un plan de gobierno en defensa de las mujeres, desde niñas, para que no sufran estos abusos, y peor cuando en zonas marginales aparecen extranjeros, haciéndose pasar como comerciantes para sorprender a las niñas y mujeres indefensas, para abusarlas o quitarles la vida, llevándoselas a otras ciudades, o países vecinos, prometiéndoles un mejor futuro. (O)
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Francisco Medina Manrique, periodista, Guayaquil


















