Ahora más reflexivo e intrigado por la vida en la pandemia, veo en el silencio la mejor vía para explorar los misterios del alma y cómo los sueños solo se pueden comparar con el suave susurrar del viento al contacto con las olas que revientan bruscas contra el acantilado, siempre vuelven a lo mismo en un constante trepidar hasta la eternidad.

Comprobé que mi segundo hogar estaba en mí mismo, mi interior, todo lleno de viejas historias, fantasías tan viejas como el tiempo. Me introdujo en el espacio que queda entre los latidos del corazón y encontré el alma tan lejana como la luz que se despierta entre dos colinas, y encontré que Dios es el refugio. Y con el último suspiro, que más que un suspiro se convierte en un ventarrón, trasladarnos a un mundo eterno e infinito sin las largas penurias de la vida cotidiana. Por ahora mis raíces se quedarán en esta tierra que me dio la vida y me encumbraré hacia la sabiduría, la paz y el amor.

Tu vives lo que crees, y ese es el camino por recorrer hasta la eternidad. El universo es una bella canción perfecta y sin error donde ninguna nota desentona, salvo que un desamorado inventa el caos que solo es posible hasta un límite, y este límite se lo pone Dios. La vida siempre nos dará lo que quisimos creer. La vida cambia: hoy, niños; mañana, jóvenes, y luego nos envejecemos; hoy en día con COVID, puedes morir a cualquier edad.

Puedo decir que todas las decisiones buenas que he tomado en mi vida las tomé con Dios, y en todos los momentos cruciales Él siempre estuvo ahí. Jamás olvidaré cuando estuve intubado en la UCI (unidad de cuidados intensivos), en medio de mi agonía Él no me dejó caer en el abismo; me dijo que tenía que volver, mi última oportunidad. Aquí estoy, despierto, tratando de cumplir las tareas de servir con amor. (O)

Hugo Alexander Cajas Salvatierra, doctor en Medicina; Milagro, Guayas