Vivimos en una paradoja cotidiana: trabajamos más horas que nunca, pero sentimos que avanzamos menos que antes. No es falta de talento ni de compromiso; es, sobre todo, una crisis silenciosa de gestión del tiempo. En la economía del conocimiento, donde el principal insumo es la atención, administrar el tiempo ya no es una habilidad blanda: es una competencia estratégica.
El problema no radica en la escasez absoluta de tiempo, sino en su fragmentación.
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Correos que interrumpen cada 10 minutos, reuniones que se multiplican sin agenda clara y tareas urgentes que desplazan sistemáticamente a las importantes. El resultado es un profesional siempre ocupado, pero raramente enfocado. Un estudio demuestra algo incómodo pero liberador: la sensación de “No me alcanza el tiempo” suele ser más una percepción que un hecho, y puede corregirse cuando se transforma en evidencia.
El primer paso es incómodo porque obliga a mirarnos sin excusas: registrar cómo usamos realmente nuestro tiempo. No cómo creemos usarlo, sino cómo se distribuye en horas y porcentajes. Este ejercicio, que toma apenas una o dos semanas, actúa como una auditoría personal. Revela patrones claros: cuánto tiempo se va en tareas administrativas, cuántas horas absorben las crisis y cuán poco espacio queda para el trabajo profundo, creativo o estratégico. Sin datos, no hay decisión; sin decisión, solo hay inercia.
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Pero medir no basta. La verdadera palanca está en priorizar con criterio. La matriz de urgencia e importancia no es una teoría vieja; es un antídoto vigente contra la trampa de lo inmediato. Lo urgente grita; lo importante susurra. Y en esa diferencia se juega el futuro profesional. Cuando las tareas relevantes pero no urgentes son aprender, planificar, innovar, se postergan indefinidamente. El costo no se ve hoy, pero se paga mañana.
Aquí entra una herramienta tan simple como poderosa: el time boxing. Dividir la jornada en bloques de tiempo protegidos y asignarles tareas específicas convierte las intenciones en compromisos. Un bloque en el calendario no es una sugerencia: es una decisión anticipada. Tratar ese espacio como una reunión consigo mismo cambia la relación con el trabajo y, sobre todo, con las interrupciones. No todo puede atenderse ahora, ni debería.
Gestionar el tiempo no significa exprimir cada minuto; significa diseñar una arquitectura personal donde lo importante tenga espacio para ocurrir. Requiere revisión constante, ajustes y disciplina, pero ofrece algo escaso en estos tiempos: claridad. Porque, cuando el tiempo se diseña conscientemente, deja de ser un enemigo y se convierte en un aliado silencioso del propósito. (O)
Jorge Ortiz Merchán, máster en Economía y Políticas Públicas, Durán