Lo divisé un día en la calle. Llegó con un rostro macilento que reflejaba alguna dolencia. Pálido, se arropaba en una cobija desde donde pedía limosna a las personas que pasaban por ahí. Era uno de tantos que vinieron a pie desde Venezuela, tierra exportadora de miseria cuando es uno de los países con más riqueza del mundo, atrapado bajo las garras de una dictadura cruenta.

Al ver su aspecto, mucha gente se apartaba; creían que en cualquier momento podrían ser víctimas de algún robo. Al ver esas reacciones, él exclamaba indignado: “¡Yo no robo!”, y esa indignación se reflejaba en su rostro.

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Poco a poco, fue mejorando, quién sabe por qué milagrosa intervención de manos misericordiosas; pronto se lo vio ganándose unas monedas ayudando a parquear autos en negocios, limpio, afable, saludando a la gente y agradeciendo lo que le daban.

Esta historia aparentemente trivial da una lección importante a la hora de ver tanta corrupción que se desvela: gente que prefiere pasar momentos difíciles pero que no claudica en sus principios, mientras que a otros la ambición los devoró, perdieron todo límite y ahora son perseguidos y no tienen escapatoria posible, pues todo se les volcó en su contra. El muchacho de esta historia sigue ahí, día a día, tratando de superarse, mientras a los otros les espera un mal final. (O)

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Daniela Mena, Guayaquil