Hay una conversación interna que casi todos conocemos, aunque no siempre la nombremos. No aparece únicamente en los momentos difíciles. A veces surge cuando todo parece estar en orden: cuando la vida avanza, hay resultados, rutinas cumplidas. Es una sensación sutil, pero persistente: la de vivir entre distintas versiones de uno mismo.
La primera se forma muy temprano. Es la persona que nos enseñaron a ser. No solo en términos de educación o valores, sino también de expectativas: el molde, el deber ser, las reglas no escritas y la garantía implícita de que, si cumples, perteneces. Es la versión que suele recibir aprobación con mayor facilidad y que rara vez incomoda.
Publicidad
La segunda es quién realmente eres. No el personaje ni la imagen conveniente. Es tu verdad coherente: lo que sientes, piensas, valoras, deseas, lo que te pesa y lo que te impulsa. No siempre es fácil de sostener hacia afuera ni cómoda por dentro, pero suele ser la más auténtica.
La tercera es quién quisieras llegar a ser. A veces es una aspiración legítima: crecimiento, libertad, amplitud. Otras veces deriva hacia logros o atributos que admiramos en otros, pero que no necesariamente nos representan. Y ahí, incluso cuando se alcanzan, dejan un vacío. Puede parecer un futuro genuino y, sin embargo, ser solo un espejismo.
Publicidad
El conflicto aparece cuando estas tres dimensiones dejan de convivir con naturalidad y comienzan a disputarse el control. Entonces surge una pregunta incómoda: ¿cuánto de mi vida estoy viviendo y cuánto estoy actuando? Ese es el conflicto de los yoes.
La autenticidad no es un concepto romántico ni una frase de autoayuda. En la vida real ser auténtico implica decisiones, negociaciones internas y, muchas veces, un costo. Porque la verdad no siempre es difícil de entender; lo difícil es sostenerla.
Aprendemos pronto que hay verdades que fortalecen vínculos y otras que generan tensión. Y así empezamos a administrar lo que mostramos. No necesariamente para engañar, sino para convivir. El problema no es tener ese filtro, sino cuando deja de ser una herramienta y se convierte en identidad.
La autenticidad madura no humilla, sin embargo, tampoco se arrodilla. No se impone ni desaparece. Tampoco pide permiso para existir. Esa diferencia, aunque sutil, cambia por completo la manera en que una persona se relaciona consigo misma y con los demás. (O)
Álex Torres Espinoza, director de Operaciones, Samborondón