La captura de Nicolás Maduro en Caracas (Venezuela) por parte de las fuerzas estadounidenses marca no solo el fin de una era para ese país, sino el inicio de una reconfiguración sísmica para América Latina. En este escenario de alta tensión, Ecuador se encuentra en una posición inédita y estratégica. La administración del presidente ecuatoriano Daniel Noboa Azín, lejos de la ambigüedad, ha consolidado una alianza con Washington que hoy, ante los ojos del mundo, posiciona al país como el ancla de estabilidad de la derecha en la región andina.
Para nuestra nación, este alineamiento no es gratuito ni meramente ideológico; es una apuesta por la supervivencia institucional. El respaldo militar y técnico de Estados Unidos al Plan Fénix ha transformado la lucha contra el narcoterrorismo en una política de Estado con recursos reales. Sin embargo, este acercamiento conlleva un costo diplomático evidente: el aislamiento frente a nuestros vecinos como México y Colombia.
La relación entre Ecuador y México, congelada en el tiempo desde el asalto a la embajada en 2024, parece no tener retorno bajo el mandato de Claudia Sheinbaum. No obstante, en la lógica de la actual geopolítica, Ecuador ha decidido que el costo de romper con el eje bolivariano y sus simpatizantes es un precio necesario para obtener la seguridad y el flujo comercial que Europa y Estados Unidos garantizan.
Publicidad
Mientras tanto, México mantiene sus puertas cerradas, las exportaciones ecuatorianas hacia la Unión Europea (UE) alcanzan récords históricos, blindadas por un acuerdo comercial que trasciende las rencillas políticas.
El revés que muchos vaticinaban por el distanciamiento con el Gobierno mexicano no se ha materializado en el bolsillo del exportador ecuatoriano, sino en la complejidad migratoria de quienes buscan el norte. Ecuador ha priorizado la seguridad interna y la apertura de mercados estables sobre la retórica de la “hermandad latinoamericana” que dominó la década pasada.
En la actualidad, con el control temporal de Venezuela en manos de Estados Unidos y un Gobierno ecuatoriano subordinado a una estrategia de seguridad continental, nuestro país se aleja definitivamente de la órbita de influencia de Rusia y China. Por su parte, el desafío para el Palacio de Carondelet será demostrar que esta “subordinación estratégica” se traduce en beneficios tangibles para el ciudadano de a pie y no en una pérdida de autonomía a largo plazo.
Publicidad
En este 2026, Ecuador ha elegido su bando. El éxito de esta apuesta dependerá de su capacidad para navegar un Caribe en pie de guerra y un continente que, tras la caída del venezolano Nicolás Maduro, busca un nuevo equilibrio entre la bota militar, la democracia liberal y el libre comercio. (O)
Carlos Eduardo Bustamante Salvador, abogado criminalista, Quito

















