Los padres, a alguna edad, somos ‘mágicos’ para nuestros hijos y luego empiezan a ver, criticar, nuestras fallas y falencias, la distancia ideológica y de pensamiento, los eternos consejos, los límites absurdos y la no funcionalidad del ejemplo. A veces pienso que siguen con nosotros por ser menores de edad y porque no tienen una mejor o igual alternativa.

Seis años después encaramos el abandono, por motivo universitario necesario y obligado que los enfrenta a un mundo lleno de retos en otras ciudades, que tendrán que superar sin la ayuda directa y cotidiana de los padres. Es una etapa difícil para toda la familia y cada uno lo sufre o lo goza (¿por qué no?) a su manera. Yo viví con mis padres durante mi universidad y mis primeros trabajos, y la relación se iba fortaleciendo, aclarando, madurando. Ahora el implacable sistema te los arrebata a los hijos en plena adolescencia, con todas las desavenencias y crisis a flor de piel, y vuelven pocas veces y en poco tiempo.

Por la mañana ya no veré a mis mellizas desperezándose, discutiendo por el baño, desayunando cualquier cosa y en el carro camino al colegio calladas, semidormidas escuchando mis recomendaciones. Ya no las recogeré para llevarlas a clases de natación, karate donde me mantenía en silencio. Ya no hay la comida tardía en casa, los deberes, la cena que nos unificaban, las conversaciones textuales con sus teléfonos móviles (no les gusta verse las caras), los eternos videos; los bailes, las poses fotográficas con el celular, los deberes, la hora de irse a la cama y retirada con enojos de sus instrumentos electrónicos para que tengan reparador descanso. Un entrañable e inteligente amigo que vive entre jóvenes, pero no tiene hijos, me dijo debes enseñarles el disfrute de la libertad y pedirle a su ángel de la guarda que les proteja. Así lo haré. Pero mi tristeza es infinita. (O)

Luis Peraza Parga, Houston, Texas, EE. UU.