Cada vez más padres se enfrentan al dilema de que sus hijos no quieren estudiar. Este fenómeno, lejos de ser una simple falta de disciplina, refleja transformaciones profundas en la forma en que los jóvenes perciben el aprendizaje y el valor del conocimiento en la sociedad actual.

La tecnología ha modificado los hábitos cognitivos y emocionales de las nuevas generaciones. El acceso inmediato a la información ha sustituido, en muchos casos, la curiosidad sostenida y el esfuerzo intelectual prolongado, elementos esenciales del aprendizaje significativo.

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Sin embargo, culpar únicamente a la tecnología sería un error. La escuela tradicional, centrada en la repetición y la evaluación constante, muchas veces no logra despertar el interés de los estudiantes. Los contenidos desconectados de la realidad y las metodologías rígidas provocan desmotivación y resistencia.

Asimismo, las expectativas familiares influyen notablemente. Cuando los hijos sienten que estudiar solo responde a la presión externa y no a un propósito personal, el compromiso con el aprendizaje se debilita. La motivación extrínseca no puede sustituir el sentido interior del estudio.

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Los padres, en lugar de imponer, pueden acompañar desde la empatía. Escuchar, comprender y valorar los intereses de los hijos fomenta una relación más sana con el aprendizaje. Convertir la curiosidad en hábito requiere tiempo, diálogo y coherencia afectiva.

Las instituciones educativas deben reinventarse. Promover proyectos interdisciplinarios, aprendizaje colaborativo y metodologías activas puede devolver al conocimiento su dimensión humana y transformadora.

La educación, más que una obligación, debe ser una aventura compartida hacia la autonomía y el descubrimiento personal. (O)

Roberto Camana Fiallos, escritor y docente investigador, Ambato