Un rápido vistazo a un accidente de tránsito ocurrido en algún lugar del suelo patrio desnuda la realidad de la podredumbre en la que nuestra sociedad se desenvuelve.
Va un camión de mediano tamaño, cargado con alguna mercadería empacada en cajas, circulando por alguna vía. El conductor acelera más allá del límite de velocidad. Atropella a una niña y una mujer. El chofer huye despavorido.
Una multitud de curiosos se acerca, entre ellos algunas aves de rapiña, con la intención de curiosear qué es lo que el camión lleva en su interior. Un avispado abre el cajón donde se guarda la mercadería y empieza a lanzar caja por caja a todos los sonrientes ladrones que pululan como moscas en la miel. Todos salen corriendo, felices, cargando su caja robada frente a la cámara de alguien que los filma. No les importa ni el conductor ni las víctimas.
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Hasta ahí se puede dibujar la vergüenza de la gente con la que vivimos: aprovechados, ladrones, miserables y violadores de leyes. Orondos y risueños van llevando la caja ajena sobre los hombros, ignorando su contenido, buscando depositarla en la mesa principal de su casa, un tesoro desconocido, premio gordo del latrocinio cometido.
¡Pobre Ecuador! ¡Hemos caído tan bajo! (O)
Gustavo Vela Ycaza, Quito

















