Quienes hemos vivido más que lo suficiente y hemos experimentado más la dicha que el dolor y hemos visto cómo nos hemos inventado la vida a partir de cosas que ya fueron hechas premeditadamente por Dios solo nos queda la sensación del asombro y vamos aprendiendo a mirar y admirar lo que realmente es nuestro, nuestro yo, nuestra alma, nuestro cuerpo, cómo los incorporamos a la magia de la armonía universal de un mundo prodigioso, donde nacimos pegados a una tierra que da la vuelta y cómo esta pequeña raza humana cósmica puede disfrutar de todas estas cosas en común, todo igual, el mismo aire, fuego, sol, estrellas, alimentos, mares, ríos, lluvia, la misma agua que al mismo tiempo nos quita la sed. ¿Qué sería de la vida de los poderosos si nos quedaran solamente cinco minutos de aire?, ¿qué haríamos si nos quedáramos un día sin sol? Todo en la vida está sujeto a cambios y todo es deleznable y nada es eterno, solamente Dios y el amor.

Hay que aprender a observar cómo los grandes productores no se alcanzan a recoger las flores que cada invierno o cada primavera nos regala a manos llenas y cómo las lágrimas de un niño siempre conmueven un poco más que las gotas del rocío que cada mañana se cuelga de la primera flor para hacer posible la primavera.

Así como el más sencillo atavío demuestra la belleza de una mujer hermosa, así la humildad y la prudencia adornan la personalidad de una persona sabia. Aparta tus oídos a tu propia alabanza y deja que otros te alaben y sé el último en descubrir tus propias perfecciones. Observa a los demás y saca provecho de sus experiencias e incluso sus fallas para que así tú no las cometas y puedas vivir en paz. Finalmente, recuerda que no siempre el tonto fue desgraciado ni siempre afortunado el sabio. (O)

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Hugo Alexander Cajas Salvatierra, médico y comunicador social, Milagro