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Personas de África y Asia vienen a Latinoamérica para emprender una larga travesía hacia Estados Unidos

Cada año, medio millón de bangladesíes se ven obligados a abandonar su país por la violencia religiosa que persigue a las minorías o por la crisis económica que se agrava con el cambio climático.

Un migrante camerunés refugiado en un campamento de Tapachula (México). Foto: redaccion

Cada año, medio millón de bangladesíes se ven obligados a abandonar su país por la violencia religiosa que persigue a las minorías o por la crisis económica que se agrava con el cambio climático.

Algunos no se quedan en los países vecinos sino que deciden atravesar el océano Atlántico y venir a América. A veces lo hacen para pedir asilo, como en Brasil, que entre enero de 2017 y marzo de 2019, recibió 1608 solicitudes de refugio de oriundos de Bangladés. Otras llegan para emprender un recorrido de miles de kilómetros por tierra –en buses, lanchas rápidas o a pie– hacia Estados Unidos o Canadá. A lo largo de 2019, los bangladesíes estaban entre los africanos y asiáticos que más tomaron esta ruta.

Una migración inusual porque la ruta es demasiado larga y llena de peligros. Son migrantes de otro mundo. Saben que están expuestos a la estafa de los coyotes, a la hostilidad en los puestos migratorios, a la extorsión, a los asaltos, a la cárcel o a la muerte. No hablan español ni portugués y, a veces, los coyotes que los estafan son migrantes de su misma nacionalidad ya residentes o nacionalizados en países latinoamericanos.

Contar su historia ha sido el producto de una colaboración investigativa y transfronteriza, en la que participaron 18 medios periodísticos en catorce países, entre ellos Diario EL UNIVERSO.

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Una travesía en la que muchos encuentran la muerte. Se han registrado varios naufragios en el paso de El Darién, entre Colombia y Panamá, en la región del Golfo de Urabá. En la región del Chocó existe un camposanto de migrantes, de los que no siempre se logra saber su identidad.

Su único medio de comunicación son los teléfonos, donde tienen Facebook y WhatsApp para avisar a sus familiares lo que les pasa a lo largo del camino. Hilan redes por nacionalidades como, por ejemplo, las de malíes y senegaleses en Brasil y Argentina desde fines de los noventa.

Una vez que alguien encuentra tierra donde echar raíces, llama a los otros, y esos a otros más. Siempre la humanidad lo ha hecho así, migrar en racimos.

Esta gran travesía también es posible porque, aunque ellos no sean bienvenidos en casi ningún lado, su dinero es apetecido en todas partes. Fluye fácil desde las cuentas de Karachi en Pakistán y Duala en Camerún hasta Cruzeiro do Oeste y Sao Paulo, en Brasil, o a Apartadó en Colombia; cruza todas las fronteras con muy poco papeleo, a través de múltiples servicios internacionales de giros instantáneos.

A partir de 2008, cuando Ecuador adoptó la ciudadanía universal con la nueva Constitución, el país se convirtió en un centro de llegada de migrantes asiáticos y africanos. Las reglas han ido cambiando desde entonces. En los últimos doce años se ha impuesto visa para muchos países, pero Ecuador sigue siendo un lugar de paso. Muchos llegan en avión desde Brasil o a pie desde Perú. Acá los esperan en hostales para descansar un poco y luego emprender la ruta hacia el norte.

En este proyecto Migrantes de Otro Mundo han participado más de 40 periodistas, camarógrafos, traductores y fotógrafos, productores y creativos, programadores y desarrolladores.

El objetivo: ponerles carne y hueso a estos migrantes que a los ojos del mundo han sido casi invisibles. Incluso en los informes anuales de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), apenas si asoman. Sus historias solo se publican cuando les ocurren tragedias, mientras que sus victimarios casi nunca son descubiertos. (I)

Redacción
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