Los empleados de tiendas de alimentos, los recolectores de basura, los repartidores, las empleadas domésticas, los carteros, entre otros tantos trabajadores, hacen posible la vida en un mundo inmerso en el confinamiento, aunque sus oficios, hoy esenciales, son mal pagados y a menudo invisibles o menospreciados.

Los fotógrafos de la AFP en el mundo han hecho un retrato de estos trabajadores, los llamados soldados de la segunda línea en la guerra contra la COVID-19, indispensables para que la población pueda confinarse.

No son aplaudidos todas las noches como los médicos y enfermeras en Francia o en Italia pero se los mira de otra forma. Ahora la gente les habla más que antes o les agradece su trabajo escribiendo a veces “Gracias” en un basurero o el escaparate de un supermercado.

Del 18 al 25 abril, 55 de esos empleados de 25 países aceptaron posar para AFP en su lugar de trabajo, entre estanterías de verduras o medicamentos, en una carnicería o panadería, frente a un autobús o un contenedor de basura, una cocina o un cementerio. Confiaron su vulnerabilidad, su ira, su misión, su orgullo.

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Uno de ellos es el ecuatoriano Alexis Pereira, quien trabaja en el cementerio municipal Ángel María Canals, en Guayaquil, y siente pena por la cantidad de personas que mueren durante la pandemia. Él y su familia están preocupados por el riesgo que está tomando.

El 23 de abril del 2020 fue fotografiado en su trabajo en medio de la pandemia del coronavirus COVID-19.

Trabajar o pasar hambre

Algunos no tienen opción cuando la paralización de la actividad económica ha dejado millones de desempleados en el mundo y aumentó la desigualdad social.

Es el caso de la afgana Zainab Sharifi, de 45 años y con siete hijos, panadera en Kabul. “El hambre habrá matado a mi familia antes del coronavirus si no trabajo”, dice. O del egipcio Karem Khalafallah, de 21 años, quien reparte en motocicleta verduras en El Cairo: “Es la única forma de sobrevivir”.

“Los riesgos están en todas partes, tenemos miedo de infectarnos, de infectar a los demás”, dice Fatou Traore, marfileña de 43 años, empleada de limpieza en el hospital de Cremone en Italia. En Lisboa, la portuguesa Emilia Lomba, de 64 años, vende pescado en un mercado y teme al intenso intercambio con sus clientes, pero dice que tiene que pagar sus cuentas.

A veces tienen ese sentimiento de ser los sacrificados de la sociedad. “¿Quién quiere trabajar en estas condiciones? Pero no tengo elección, hay desempleo, es mi única fuente de ingreso, tengo un niño de 3 años”, dice la brasileña Larissa Santana, de 26 años, vendedora de buñuelos en Salvador de Brasil.

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Y Eboueur Thierry Pauly, francés de 54 años, sigue recolectando la basura en Mulhouse (este de Francia) en su traje naranja tradicional porque tiene "una conciencia profesional". Pero está enfadado: “Es un oficio de riesgo que no es reconocido”.

El deber cumplido

Trabajar es para otros un deber: garantizar la continuidad de los servicios públicos y de interés general. “Alguien tiene que hacer bien el trabajo. Cada uno elige su profesión y debería llevar su cruz”, dice Sofía Stoyanka Dimitrova, búlgara de 49 años, conductora de tranvía.

La gente necesita su correo, señala la francesa Aline Alemi, de 53 años, cartera en Hayange (este de Francia), quien modifica un poco su horario para encontrarse con menos gente y no entrega los paquetes en la mano.

La británica Jackie Ferney, de 54 años, nunca pensó en cerrar su tienda de comestibles, la única en el pueblo de Glenam, en Irlanda del Norte: "La población cuenta (con ella), es vital para los alimentos frescos, la carne, los productos de limpieza, pagar sus facturas, comprar los periódicos... Algunos son ancianos y quizás sea su única posibilidad de intercambio". Aunque sea a través de un vidrio.

"Es normal (...) de mostrarme responsable ante la sociedad, ante mi familia y ante mí mismo", dice en Belgrado el conductor de autobús serbio Marjan Andjelkovic, de 45 años, que cree tener el equipo necesario para protegerse.

Al igual que Patrick Blake, de 65 años, empresario de pompas fúnebres en Derrylin, Irlanda del Norte: "Es un deber (...) hacer más que las simples formalidades, conceder un contacto cara a cara, consejos, un apoyo a las familias enlutadas".

En guerra contra la pandemia

Trabajar es también un medio de hacer la guerra al virus. Al entregar provisiones en Halat, en Líbano, Anas, sirio de 29 años, tiene “la impresión de estar como los médicos en el frente”.

En Rio, Thiago Firmino, brasileño de 39 años, se ha puesto a desinfectar las calles de su favela Santa Marta. "No voy a quedarme mirando lo que pasa. Mi manera de luchar contra el coronavirus es salir y desinfectar". Necesita dinero para productos químicos, herramientas, protecciones, máscaras. Pero "estoy dispuesto a correr riesgos (...) quiero proteger el lugar donde viven mi familia y mis padres", dice.

Según él, la favela tiene que luchar contra sus propios problemas, ya que el gobierno no lo va a hacer, y el coronavirus es solo otro problema para sus residentes, que mueren por balas perdidas y por la falta de acceso a todo tipo de servicios públicos. Él y su hermano Tandy están tratando de proteger su vecindario por amor, declaró.

O simplemente un acto de humanidad. En Johannesburgo, Rize Jacobs, una maestra de 63 años, se ofreció como voluntaria en un comedor improvisado para niños de la calle porque, dice, "ayudar cuando se puede es una bendición".

Y en Glasgow, Robin Barclay, escocés de 30 años, ofrece los servicios de su empresa de limpieza para limpiar las calles. "Es natural (...) Una cuestión de humanidad y de deber hacia nuestra comunidad. Finalmente, si esto puede hacer que al menos una persona no contraiga el virus, habrá valido la pena". (I)