Todos los historiadores concuerdan que los mayores azotes que sufrió la ciudad de Guayaquil en el transcurso de su historia fueron los incendios, los ataques piratas y las pestes. De esta última, la ciudad se convirtió en blanco de muchas enfermedades que diezmaron inclementemente su población. Una de ellas fue la epidemia de la fiebre amarilla de 1842, que estuvo a punto de destruir la ciudad y que solo por su fuerza y perseverancia resurgió de su calamidad.

En esa época Guayaquil era descrita por viajeros extranjeros como una ciudad pintoresca y provista de todos los productos tropicales como el café, azúcar, tabaco, algodón y cacao. Además contaba con unos excelentes astilleros y una rica producción maderera. El diplomático sueco, Carl Gosselman, escribía en sus notas de viaje sobre la prosperidad económica de la ciudad: "El tipo de interés está entre el 2% y el 6% mensual, el precio del cacao oscila entre 2 pesos hasta 4 pesos por carga de 81 libras. Después del cacao, el sombrero de paja es el artículo más importante de exportación. El valor depende de la calidad que va entre 1 hasta 17 pesos por sombrero".

La ciudad crecía y sus casas señoriales eran de maderas finas, las calles tenían un empedrado de mala calidad, y se contaba con un excelente alumbrado público que para 1842 contaba con 600 faroles de aceite. Para el censo de 1840, Guayaquil tenía 13.000 habitantes.

En septiembre de 1842 arribó al puerto la goleta Reina Victoria procedente de Panamá. Uno de sus marineros había contraído la enfermedad y contagió a la mayoría de la tripulación. La embarcación fue declarada en cuarentena pero el mal se propagó rápidamente.

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Al principio las autoridades sanitarias dudaron que se tratara de la temida fiebre amarilla y no supieron cómo combatirla. Mientras, el mal se extendió por el barrio del Astillero y se transmitió a la ciudad vieja que es en la actualidad la parroquia Carbo-Concepción. A fines de noviembre, la fiebre había llegado a Samborondón, Bodegas, Daule , El Morro y la provincia de Manabí.

Síntomas y realidad

Los síntomas del mal eran dolor de cabeza, escalofríos, fiebre alta, color amarillo en el cuello y pecho, náuseas, somnolencia, hemorragias y vómito negro, por ese motivo se conocía a la enfermedad como "el vómito prieto". El periodo de desarrollo de la enfermedad estaba entre los siete y once días.

Las víctimas se contaban por decenas y era común que en cada casa al menos uno de los miembros de la familia estuviera contagiado. Las escenas en las calles eran terribles, los enfermos en mal estado eran abandonados. El Hospital de la Caridad estaba atiborrado de pacientes y colapsó, incluso muchos de los médicos que atendían a los enfermos también murieron por el contagio, como el caso del doctor Bernal, director de ese centro de salud.

En las noches, los enseres y ropa de los pacientes muertos eran quemados en grandes piras para evitar la propagación del mal, en escenas verdaderamente dantescas.

Vicente Rocafuerte, el líder

Las autoridades de la provincia del Guayas, encabezada por el gobernador, Vicente Rocafuerte, afrontaron con firmeza la epidemia para evitar su propagación. Rocafuerte ordenó la construcción de un hospital especial para atender a los afectados por la fiebre, dictó un reglamento de higiene que contenía los siguientes puntos:

-Secar los pantanos, que forman el Estero Salado

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- Poner lavaderos públicos en el río, para que no se lave la ropa en casa y se conserven los patios limpios y secos

- Limpiar los esteros

- Prohibir el establecimiento de alambiques en la ciudad

- Arreglar el sistema de letrinas

- Asear las calles de la ciudad

- Crear un nuevo panteón

- Crear una policía militar disciplinada para poner orden y hacer cumplir las disposiciones sanitarias

- Poner fuente en la ciudad para dar agua pura y buena a los pobres y no exponerlos a beber agua salada

Rocafuerte también se encargaría de evitar que la ciudad no quedara desabastecida de alimentos y medicinas básicas, además castigó con el fusilamiento a los especuladores.

Vicente Rocafuerte.

A pesar de perder a varios de sus familiares por la enfermedad, entre ellos su hermana y su sobrino, Rocafuerte salía montado a caballo a recorrer las calles de la ciudad, ayudando a los enfermos y reuniéndose con los médicos para estar al tanto de lo que ocurría con los pacientes.

Parecía que su energía no tenía límites. Producto de la enfermedad decenas de personas no iban a trabajar, los negocios estaban cerrados y la aduana vio desplomarse sus ingresos a casi cero, por lo que la caja fiscal de la ciudad quedo casi vacía.

El expresidente también enfrentó la crisis económica de la provincia, para eso emitió sin respaldo miles de billetes para atender la emergencia sanitaria y económica. Creó una junta de beneficencia especial y recaudó 4.000 pesos que fueron distribuidos entre la población más pobre.

El mismo Rocafuerte describiría la distribución: ‘’Todos los días se socorren 100 pobres, a razón de dos reales y las familias de poca fortuna que en el día con nada cuentan, reciben socorro de 2,3,4 reales según el número de enfermos que tienen en sus casas. Establecido este régimen, y contando con los fondos necesarios para el pago de tropas, mantenimiento de hospitales y sueldos de los civiles, cualquiera puede seguir la senda trazada; y en caso de enfermedad o morirme, a lo que estoy resuelto antes de abandonar mi puesto….’’.

La fortaleza y valentía de Vicente Rocafuerte durante la emergencia de la epidemia de la fiebre amarilla fue alabada por Francisco Mariano de Miranda en su libro Memoria sobre la epidemia de fiebre amarilla en Guayaquil de la siguiente manera: "El dolor que oprimía su corazón no le hizo desmayar de modo alguno en su constante esmero hacia el alivio general: fue un genio consolador en medio de la tempestad".

Los médicos comenzaron a tratar el mal con lancetas, el uso de sanguijuelas, bebidas emolientes y temperantes, lavativas, baños de pies con agua caliente, mostaza, sal y ceniza, y estímulos de pies. Además de bebida con aceite, limón y consumo de cítricos como piñas y naranjas.

Para 1843 el mal fue decreciendo hasta su total erradicación. El saldo de la terrible epidemia fue de 2454 muertos y más de 8000 infectados, se debe contar la emigración o huida de la ciudad de 1500 personas. Fue una de las epidemias más devastadores de la historia de Guayaquil.

Bibliografía

- Guía Histórica de Guayaquil, de Julio Estrada

Vicente Rocafuerte, de Kent Mecum

Memoria sobre la epidemia de fiebre amarilla en Guayaquil, de Francisco Mariano de Miranda. (I)