Édison Vera Vásquez, de 65 años, es un alfarero que aún mantiene este oficio ancestral en su taller, en la cdla. Las Trancas, sector San Vicente.

Su padre, Artero Vera Macías, fue alfarero y músico de una banda de pueblo. Édison se graduó de la Universidad de Guayaquil como Químico Farmacéutico, hasta que un amigo ingeniero, que siempre lo veía en el taller de alfarería de su padre, lo introdujo en este oficio cuando tenía 28 años.

Al casarse tuvo que decidir entre trabajar en su profesión de químico farmacéutico o ejercer el oficio de alfarero en el taller de su amigo Julio César Chávez, en Los Esteros, Guayaquil. “Yo aprendí allá”, dice.

La alfarería le interesó por la demanda que existía entonces por objetos de cerámica ornamental y especialmente por los jarrones. “Fue el auge, turistas de Guayaquil venían tras los jarrones y yo aproveché –comenta sin dejar de ordenar unas macetas en el horno–. Ahora lamentablemente no es bien pagada la alfarería, ya está en decadencia”.

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A su criterio, la actual es una época de transición, pues todavía existen personas que buscan las tradicionales piezas de la alfarería, oriunda de Samborondón, y les dan valía al trabajo de un puñado de artesanos de su pueblo.

Trepado en el torno que gira, Édison Vera transforma la masa de barro fresco en macetas que después pondrá a secar al sol y a cocer en su ancestral horno de leña. Explica que actualmente la mayoría de su clientela adquiere las cazuelas, los braseros y las ollas encantadas, aunque las piezas que gozan de mayor demanda son las bases de barro que se utilizan en los arreglos florales.

Vera coloca piezas de barro fresco a secar al sol en el patio de su taller. Ahí dice, con cierta preocupación, que su hijo Eduardo se ha mostrado interesado, pero no lo ha alentado porque cree que este oficio ancestral no tiene futuro.

Explica que algunos alfareros de Samborondón han tratado de que este arte de antaño continúe y han solicitado ayuda a las autoridades municipales, pero no hay interés, sostiene.

“En este momento somos cinco los talleres de alfarería, se los puede rescatar. ¿Imagínese cuando existan tres, cuando sean dos talleres? ¿Querrán o podrán rescatarlos a esas alturas?”, expone.

Cuenta que el buen barro está escaso. Antes se lo conseguía en tierra virgen, pero actualmente casi todo el terreno está contaminado, dice. Otra dificultad es trabajar con horno de leña, ya que esta también escasea. “A mí siempre me ha gustado comprar madera de casas mixtas que están demoliendo y ramas secas”, confiesa.

Añade que con él se termina la tradición, pues no tiene heredero de oficio. (F)

Conmigo se termina esto del lado de los Vera, mi papá falleció a los 86 años, era músico y se dedicaba a la alfarería. No me arrepiento de haber dejado mi carrera universitaria por este oficio”. Édison Vera Vásquez, alfarero de barro de Samborondón.