El atardecer cae en Puerto Ayora y en el malecón de la cabecera cantonal de Santa Cruz, Miguel Andagana da los retoques finales a una de sus últimas obras: Un albatros. No es una creación cualquiera. La figura del ave, a base de colillas de cigarrillos, es un SOS artístico que hace don Miguicho para concienciar a las personas hacia el cuidado del ecosistema.

Toma con el dedo un poco de pegamento y con cuidado lo coloca en la pata derecha, mientras Juan Carlos, un niño de la localidad, lo observa con curiosidad. A primera vista, parece que el albatros está completo, pero Miguicho mira cuidadosamente y hace otros arreglos, a la vez que cuenta cómo surgió esta idea.

Todo inició en 1985, cuando en las Islas Encantadas la fauna y la flora eran abundantes, recuerda. Su memoria viaja en el tiempo y rememora que ese año naufragó con su barco Intrépido, cuando había salido a pescar; 77 días a la deriva. Llegó a Costa Rica (esta historia es contada en el libro Bitácora sin destino, de Miguel Andagana).

En esa travesía, junto a seis acompañantes, se dio cuenta de la importancia del agua: “Moría de sed. Solo pedíamos un vaso de agua para sobrevivir”, relata el ambateño, nacido un 2 de agosto de 1949, tres días antes del terremoto que prácticamente acabó esa ciudad, y donde murió su madre, cuenta. A su regreso a la isla, las autoridades lo arrestaron y quitaron su licencia de navegar. La depresión lo inundó. Cayó en el alcoholismo y el tabaquismo por más de 15 años, relata.

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“Gracias a mi Dios salí de esa forma de vida. Tenía 52 años. Me dediqué a aprender a leer porque era analfabeto. Ya recuperado busqué la forma de ayudar a mis amigos alcohólicos”, prosigue, mientras se incorpora y agrega: “Quiero que la gente tome conciencia y deje de contaminar”.

“Uno camina y se encuentra cualquier cantidad de colillas. Los que fuman no se dan cuenta de que esto mata a las especies, contamina el agua, envenena todo. Antes, uno en Galápagos podía tocar algunos animales con las manos, hoy –en cambio– hay que ir con una lupa para encontrarlos”, reflexiona.

La tarea de recolectar colillas se inició en 2013. Desde esa fecha ha recorrido calles, terrenos o cualquier espacio de Santa Cruz. Lleva más de 500 libras en cinco años, es decir, más de 1.600 filtros, explica.

Ahí, en el malecón, ubicado en la avenida Charles Darwin, donde muchos turistas –en especial extranjeros– se acercan a conversar con él, Miguel tiene unos 10 bultos –de 14 libras cada uno– llenos de colillas.

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Además, le acompañan Nico y Tina (por la nicotina que contienen los cigarrillos), personajes flacos, anémicos, desganados, que, según dice, representan a quienes “se envenenan” con el consumo de tabaco. (I)

Más datos
SOBRE SU PROYECTO

Contaminación
Según organizaciones ambientalistas, una colilla contamina unos 50 litros de agua dulce y unos 10 de mar. Además, afecta a los nutrientes del suelo y su degradación puede durar entre 5 y 10 años. “La idea es salvar el agua, el planeta, la vida”, reflexiona Andagana.