Bajo la luna, a orillas de un río montuvio, se escucha a una voz decir: “Soy mata del amorfino,/ y el árbol que me produce; a cualquiera le doy luces,/ hasta a los lectores finos./ Que me escuche un profesor,/ voy a sembrar mi talento,/ voy a pintar una flor,/ con el más pulido acento”, la voz es de Celeste Alvarado Salazar de la hacienda Las Ánimas, Daule. Esa noche de 1985, alguien puntea una guitarra, otro sirve copitas de aguardiente, más allá Robespierre Rivas Ronquillo, grabadora en mano, atrapa uno de esos versos montuvios con los que conformaría Amorfinos costeños, libro del que pronto saldrá su cuarta edición.

















