¡Terremoto, terremoto, terremoto, es el fin del mundo; salgan, salgan, salgan! Juana Guacho Pilco gritaba desesperada a las 18:58 del sábado 16 de abril. Estaba en la puerta de su almacén, ubicado en la primera planta de su hotel La Elegancia, de cuatro pisos. En la edificación estaban sus dos hijas, otros tres familiares, cuatro empleados y unos diez hospedantes.

El miércoles 12 de octubre y seis meses después de ese día trágico, Juana, de 45 años, relata con lágrimas lo que vivió aquel anochecer en que el terremoto de 7,8 Richter causó destrozos en gran parte de Manabí y el sur de Esmeraldas.

Rememora ese episodio mientras atiende un puesto de venta de zapatos, ropa y artículos del hogar instalado en una carpa, en un terreno junto al área donde estaba su hotel, en la esquina del parque de Pedernales, cantón del norte manabita localizado a solo 20 kilómetros del epicentro. Donde era el hotel solo hay un hueco y tierra revuelta. Juana mira ese lugar a cada momento y se entristece.

Sus gritos de aquel anochecer no fueron suficientes para salvar a una de sus hijas, Gisley Jareth, de 6 años, y a seis pasajeros del hotel, quienes murieron aplastados cuando la edificación se desplomó. Su otra hija, Jenny, de 14 años, quedó atrapada en la recepción, debajo de un armario, y pudo ser rescatada horas después.

Hoy Juana sufre aún por la partida de su hija, pero también por haber quedado en la calle. Perdió el hotel, que hace 12 años lo compró en $ 180 mil con una hipoteca, la que terminó de pagar ocho meses antes del terremoto. Se queja porque no ha recibido ninguna ayuda estatal. “Ni siquiera consto en la lista de damnificados, así me dijeron en el Miduvi”, dice. (I)