En la mente de Mariana Baque retumban a cada momento los gritos que oía en la penumbra, bajo los escombros de un hotel de cinco pisos que se había derrumbado por el terremoto de 7,8 grados, el 16 de abril de 2016. Era el llamado agonizante y desesperado, casi jadeante, de su nieta, Elina Ruiz, de 3 años. “La niña me gritaba, me llamaba y me decía: ‘Mamita, sácame de aquí’. Y yo, sin poder hacer nada, sin poder ni moverme, aplastada”, se lamenta. Y las lágrimas fluyen una vez más por su arrugado rostro.

Aquel clamor lo había escuchado desde minutos después de la estruendosa caída de la edificación, ubicada en la calle Filomena Hernández, a unas cuatro cuadras de la playa de Canoa, parroquia del cantón manabita de San Vicente. El clamor se repetía cada vez más lento hasta eso de las cuatro de la mañana, cuando silenció. “Se fue quedando y quedando y ya no dijo más nada”, relata. Calcula que era esa hora porque, señala, empezaron a cantar unas aves que en la campiña manabita las conocen como guacharacas.

En ese instante, solo Mariana quedaba como la única sobreviviente de entre los ocho asistentes al culto de la iglesia evangélica Apostólica del nombre de Jesús, en el piso bajo del hotel. A las 18:57 habían comenzado a orar. Un minuto más tarde se dio el remezón, que solo en Canoa dejó 34 muertos, cinco de ellos familiares directos de la mujer, de 64 años.

“Era como una gelatina, que temblaba. En eso vino como una ola que nos sopló para adentro. No pudimos salir y eso (edificio) se desprendió por completo. Se vino todito de una. Yo me quedé debajo de dos sillas de plástico. Quedé como boca abajo sin poder virarme”, relata, sin dejar de llorar.

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Todo era oscuro y silencioso, respiraba polvo. Como no escuchaba nada, empezó a gritar. No oía a su esposo, Melesio Valásquez, de 70 años; ni a dos de sus ocho hijos, Miriam y William, de 34 y 35 años, y su yerno, Elvis Mendieta, de 36. Tampoco respondían Paola Mendieta, la predicadora de esa noche, ni Franklin Avilés. Habían muerto aplastados al mismo momento de la caída de la edificación.

Mariana gritaba y pedía a Dios que le enviara “un ángel de la guarda” a sacarla. Nadie le respondía. Y llamaba a sus compañeros de oración: “Yo les gritaba, Miriam, Miriam, nada; Paola, Paola, y nada; Avilés, Avilés y nunca me contestaron. El teléfono sonaba por ahí y decía, hijita, contesta. Y nada”.

Reitera que solo la niña le pedía auxilio. Entonces también clamaba, saquen a la niña. Estima que lloró y gritó toda la noche y no se dejó dominar por el sueño. “Para mí era un calvario interminable. Oraba y oraba y sentía que alguien estaba conmigo ahí, Yo sabía que Dios estaba conmigo... Nunca perdí el conocimiento. Oraba y gritaba”.

Calcula que amaneció porque empezó a oír que pasaban gente y carros. El balneario había sido duramente golpeado por el terremoto que en Manabí y Esmeraldas dejó 660 víctimas y aún no cuantificados daños materiales. No había energía eléctrica ni señal telefónica.

Los pobladores locales y turistas que salieron ilesos fueron los primeros rescatistas. Sacaban a vivos y muertos, con ayuda de unos policías. Fotografías captadas por los primeros equipos de prensa que llegaron al amanecer del domingo, entre ellos uno de este Diario, muestran, por ejemplo, la mano de una víctima aprisionada por las columnas de un hotel.

Entre los rescatadores estaba Brando Valencia, un colombiano que ayudaba a la familia de Mariana en un tanquero que vendía agua en el pueblo. Ella lo llama Colombia. Y Colombia, que rescató a unas seis personas vivas, escuchó los gritos de la mujer y empezó a escarbar entre los escombros. “Cuando me escucharon, alumbraron como con una linterna. Colombia dijo, entonces, ya, Mariana, ya te sacamos”.

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Utilizaron combos para romper las columnas y losas que aprisionaban a la mujer. Después de casi tres horas de trabajo la extrajeron y la llevaron al centro de salud local, donde la mujer solo ha recibido tratamiento ambulatorio.

Es el segundo terremoto que golpea a Mariana. En 1998, cuando se dio aquel con epicentro en Bahía de Caráquez, perdió su vivienda allí en Canoa, donde radica por 36 años. Recibió después una casa tipo Hogar de Cristo y se reinstaló con su esposo. “Con él tuve como 45 años de casada y nunca fue un mal hombre, nunca me maltrató. En el 98 podíamos habernos ido a su tierra (Loja), pero no. Él dijo que solo muerto lo sacarían de Canoa, y así fue”, gime.

Dice que ya no tiene lágrimas para llorar, y lo hace. Agradece el apoyo de sus hermanos de iglesia. “No he ido a pedir nada del Gobierno. Nadie ha venido y ha dicho algo”. Su mensaje: “Doy gracias a Dios porque él me tiene aquí. Por algo me ha dejado el Señor. Reviví de entre los muertos y me he quedado como testimonio para decir que existe el milagro de Dios”. (I)

Mariana Baque
Edad: 64 años
Es madre de nueve hijos, dos de ellos murieron en el terremoto, además de su esposo, su yerno y una nieta.
Reside en Canoa, desde hace 36 años.
Petición: Solicita apoyo para construir una iglesia evangélica en su sector.
Contacto: 0993320577