El reloj marca las 18:00 y empiezan los gritos. Hay abrazos, y dentro del público congregado en el centro de convenciones Costa Salguero, muy cerca del río de la Plata, una mujer salta y mira a las cámaras de televisión que están alineadas en primera fila. Las observa con los ojos vidriosos, al borde de las lágrimas, gritando: “Se siente, se siente, Mauricio presidente”.

Ya, a esa hora, al cierre de los comicios, los boca de urna han dado la noticia: Mauricio Macri, el candidato de Cambiemos, ha derrotado al oficialista Daniel Scioli, del Frente para la Victoria, poniendo fin a 12 años de gobierno kirchnerista. El expresidente de Boca Juniors ha dado el golpe final en un proceso electoral en el que hace tan solo dos meses esta opción se vislumbraba como una posibilidad lejana.

Los boca de urna se convierten luego en resultados oficiales. Con el 97,82% de mesas escrutadas, Macri conseguía el 51,54% frente al 48,46% de Scioli, cifras que demuestran el mapa de una Argentina polarizada, en la que la gobernabilidad será un asunto que requerirá de una fuerte habilidad política del nuevo oficialismo.

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Gritos en el búnker de Cambiemos al cierre de las votaciones. "Se siente, se siente, Mauricio presidente", dicen. pic.twitter.com/IUGKQ0mBIX

Costa Salguero es una fiesta. "Chao Cámpora", le dice una mujer a otra mientras la abraza, refiriéndose al polémico grupo político fundado por Máximo Kirchner, el hijo de la presidenta saliente de la Argentina, cuyos militantes han tenido gran presencia en la burocracia estatal, incluso en los últimos días, cuando varios medios argentinos han informado sobre el reparto de miles de cargos a semanas de la entrega del poder.

"Estamos muy felices porque es un triunfo importante para la democracia. Se termina con un período de descenso, de crisis", afirma Gabriel Valenzuela, presidente nacional de la Juventud Evópoli (Evolución Política) de Chile, quien ha venido a Buenos Aires y se mezcla con los militantes de Cambiemos.

La celebración de los simpatizantes de Cambiemos en la capital Buenos Aires.  (AFP)

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Justamente esa mirada regional es la que ha puesto mucho más en el foco a estas elecciones argentinas, la que varios analistas vaticinan como estratégica para la región. Un ejemplo clave de ello es la ya anunciada postura crítica de Macri frente al tema de los presos políticos en Venezuela. Se viene, así, un giro diplomático que se topará con los gobiernos del socialismo del siglo XXI.

Macri aparece a las 22:00, luego de que veinte minutos antes Scioli admitiera su derrota y pidiera “que Dios ilumine” a su contrincante. El candidato de Cambiemos habla de un “cambio de época”, una transformación que “no puede detenerse en revanchas o ajustes de cuentas”. Repasa sus agradecimientos por la campaña y luego tiene palabras para la región: “Queremos tener buenas relaciones con todos los países y esperamos encontrar una agenda de cooperación”.

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Macri está feliz. Se elevan globos y el papel picado se mezcla con el agitar de banderas albicelestes. Ahora baila con el ritmo de Tan Biónica y su Ciudad Mágica. Es el momento de la felicidad antes de enfrentarse a un monstruo de dificultades económicas y al reto de ser el primer presidente no peronista que, en más de 50 años y luego de ser elegido democráticamente, termine su mandato. (I)