Le pido a mi amiga que nos encontremos en el supermercado. En la casa me hace falta pollo, hongos y hierba luisa. Vamos a vernos porque su relación terminó hace unas semanas y, como suele pasar cuando el dolor todavía está fresco, no encuentro palabras que le sirvan. Así que hago lo único que sé hacer cuando alguien que quiero está triste: cocinar. Se dice que las sopas de pollo son clásicas para curarlo todo.

Quiero algo que la sorprenda, que le pique un poco, pero no tanto. Lo que quiero es animarla. Así, troceo los champiñones, abro mi cajón lleno de especias y busco la galanga y las hojas de lima kaffir y empiezo mi Tom Yum, mientras pienso que hay penas que necesitan tiempo para escuchar consejos, pero siempre estarán listas para una comida que reconforte.

Cocinar es una forma de decir “estoy aquí” sin necesidad de un discurso de autoayuda. Una pica, sofríe, machaca, y traslada el ánimo al plato. La cocina tiene ese poder. Lo aprendí entre los fogones de mi tía abuela, pero también de Tita, la protagonista de Como agua para chocolate, de Laura Esquivel.

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En la novela, la historia la cuenta su sobrina nieta, muchos años después. Mamá Elena, que arrastra una historia de desamor, desplaza ese dolor hacia sus hijas. Tita, la menor, fue obligada a quedarse soltera para cuidarla hasta la muerte. Rosaura acepta todos los mandatos y lo aprendido quiere reproducirlo con su hija Esperanza. Gertrudis es la única que tiene el valor de huir.

En ese universo femenino, los nacimientos, las penas, las alegrías suceden en la cocina que se convierte en bastión y confesionario. Tita no puede decir lo que siente, pero puede cocinarlo. Y contagia su tristeza, su rabia o su pasión a quienes prueban sus platillos.

Que la voz narrativa de esta novela sea una descendiente de estas mujeres importa, porque significa que esas historias sobrevivieron. Que alguien las escuchó. Que alguien entendió que las recetas guardan testimonios y que al reproducirlas, hay una forma de justicia para ellas. Que la tradición que aprisionó a Tita se convirtió, generaciones después, en un relato. Y ese relato les permitirá a las siguientes generaciones liberarse.

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Del libro al streaming

Volví a esa historia recientemente, esta vez desde la pantalla. La serie Como agua para chocolate (HBO Max) es una adaptación realizada a partir de dos de los tres libros que escribió Esquivel sobre esta familia. Aún faltan algunos capítulos por estrenarse, pero lo que he visto me hace querer ver la representación del final.

Releer esta novela, cerca del Día de la Mujer, me hace reflexionar. No propone heroínas impecables, más bien nos muestra a un grupo de mujeres atravesadas por lo que se esperaba de ellas en su tiempo. Ninguna es un modelo perfecto. Ninguna está obligada a serlo. No todas podemos irnos a caballo con un general revolucionario. No todas las revoluciones hacen ruido.

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De vuelta a la realidad

Baño los cuencos con un poco de zumo de limón antes de servir mi Tom Yum y pienso en esa cadena invisible de las mujeres de mi familia, que me contaban historias en la cocina. Así como hubo risas, hubo historias de desamor.

Mi amiga sorbe el caldo caliente, le encanta la consistencia de los hongos y, por un momento, la veo sonreír. No le he dado consejos. Aún no. He puesto frente a ella una sopa. Ya estará lista para contarme su historia. Y ahí estaré yo.

En México, estar “como agua para chocolate” es estar al borde del hervor. Ese punto exacto en el que el agua comienza a vibrar antes de transformarse. Así han vivido muchas: contenidas por fuera, incendiadas por dentro. No todas gritan. No todas se marchan. Algunas esperan el momento en que el calor cambie su estado. (O)

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