La vida conyugal, se supone, está diseñada para ser el escenario de una infinidad de experiencias felices. Sin embargo, la pareja sabe de antemano que no todo va a ser color de rosas y se fortifican, con base en su amor y solidaridad, para hacerle frente a los eventuales momentos de adversidad.

Pero existen matrimonios (o relaciones) en los que, a pesar de todas las promesas de mutuo apoyo, un miembro de la pareja empieza a influenciar en la mente, razonamiento y emociones de la otra persona, con el fin de desarrollar poder sobre ella y de esta forma someterla a su control, motivado por su inmadurez, inseguridad o complejos.

Son múltiples las formas y mecanismos que el manipulador o manipuladora puede utilizar para confundir a su pareja, pero una de las más comunes es la de hacerla sentir responsable por sus propios cambios de humor (¿te das cuenta de que tu comportamiento me hace sentir triste o enojado?).

O hacerla sentir culpable de sus acciones, aunque no haya motivo (por darte gusto fuimos donde tus padres y no pude ir a visitar a mi amiga enferma que ahora está muy grave. Me desilusionaste con el vestido inapropiado que usaste anoche para la fiesta. Tu falta de etiqueta me causa vergüenza con mis amigos).

Si la persona ofendida protesta, negará en su cara lo que dijo o lo distorsionará o no le dirigirá la palabra para confundirla aún más. También puede proyectarle sus inseguridades (tú sabes que no tolero que hables con hombres en las reuniones; ¡ya fui engañado una vez!).

El propósito final de este sistemático lavado de cerebro es que la otra persona cada día dude más de su propio criterio y empiece a confiar más en el del manipulador, creándose una relación de malsana dependencia. En el caso extremo, logrará que su pareja dude de su propia sanidad mental al llegar a no estar segura de lo que piensa, dice o hace. El estrés producido por esta influencia podría terminar en una crisis de identidad y un colapso emocional.

La forma más eficaz de prevenir esta forma de abuso es confiar en el criterio propio y defenderlo, no dejarse amilanar por amenazas o presiones fuera de lugar, y en casos de duda, hacer un análisis sobrio de la realidad conyugal, lo que se puede lograr mediante el diálogo con personas de confianza o un profesional en consejería matrimonial. (O)