Hacía tiempo que no iba a un matrimonio en Buenos Aires, así que pregunté a una millennial cómo hay que ir: 

–En Uber, me contestó. 

–Me refería a la ropa... aclaré.

–Ah, ¡cada uno va como quiere!, replicó pasmada con mi pregunta.

Publicidad

Fui en taxi para evitar las torturas que tienen reservadas los taxistas para los que se saltan sus privilegios. Y de terno oscuro, pero con zapatos y corbata (los hay que van de terno pero con zapatillas y sin corbata). No desentoné: en mi mesa todos los señores estaban de terno y corbata y las señoras de gran vestido de fiesta. Así era cuando los varones no competíamos y por eso íbamos a las fiestas de terno oscuro, o uniformados por el frac, el chaqué o el esmoquin. Me lo explicó mi padre mientras nos poníamos un traje de pingüino alquilado para el matrimonio de alguno de mis hermanos mayores: “es para resaltar la belleza de las mujeres”. 

A veces pareciera que los matrimonios se hacen para las fotos... Bueno, como las cumbres mundiales, la graduación de licenciado en marketing del poroto, o las audiencias con el papa... en todos los casos lo que importa es la foto. Pasó que en este matrimonio estaba todo muy lindo, todos muy elegantes, la iglesia muy bien decorada, las mesas arregladas y la comida muy rica... Todo menos el fotógrafo, que parecía un estibador del puerto deambulando entre reyes y princesas. 

Me acordé entonces de Erich Salomon (1886-1944), el fotógrafo alemán que en los años 30 del siglo pasado se vestía como los protagonistas de sus historias: si tenía que fotografiar un cóctel de ministros iba vestido de ministro. No desentonaba ni en las reuniones más encumbradas a pesar de llevar su cámara colgada del cuello. Salomon estableció una de las reglas básicas del fotoperiodismo que debe aplicarse también a cualquiera que haga de la fotografía una profesión: el aspecto –la buena educación, al fin y al cabo– abre más puertas que la credencial. Algo fundamental para cualquier periodista, pero especialmente para los fotógrafos, ya que son los periodistas que más deben acercarse a los hechos que testimonian. También para los que con el tiempo aprendimos que la credencial sirve para encerrarnos en un corral más que para facilitar nuestro trabajo. 

Bien vestido y con suficiente determinación, se puede entrar hasta a la boda del príncipe de Gales. Es cierto que hay que ser un poco caradura, pero también es cierto que el mundo es de los audaces. No se trata de entrar a donde a uno no lo llamaron, pero sí de aprender que siempre se puede llegar más lejos cuando parece que ya no queda espacio. Y no lo logran los que desentonan por exceso o por defecto. Es que a los Yo-me-amo que están siempre diciendo “aquí estoy yo” se les cierran más puertas que a los que se afeitan todos los días. (O) 

gonzalopeltzer@gmail.com