El camino a aceptar la infidelidad de tu pareja

El camino a aceptar la infidelidad de tu pareja
El camino a aceptar la infidelidad de tu pareja
The New York Times
11 de Marzo, 2019 - 18h34
11 Mar 2019 - 18:34

Terminé de nuevo en el mundo de las citas en línea después de recibir un mensaje de Facebook en el primer día de una vacación familiar con mi pareja, David, y con nuestro hijo. Había sido una mañana ajetreada. Cuando estábamos poniendo más combustible al auto camino a la playa aproveché el respiro para revisar mis mensajes.

Había uno de alguien desconocido que solo decía: “Dile a tu esposo que me deje en paz”.

Me quedé confundida: No reconocía el nombre masculino de quien lo envió y David y yo no estábamos casados. ¿Acaso era un error?

Pero pronto caí en cuenta. Sentí el cortisol enfriándome todo el cuerpo al cumplirse mi peor temor, justo cuando empezábamos una vacación familiar y con mi hijo pequeño en asiento trasero.

El mensaje era de una mujer cuyo apodo parece un nombre masculino; me dijo que ella y David estaban teniendo un amorío casi exclusivamente virtual después de conocerse en una convención hace casi dos años. Algo claramente había interrumpido esa relación por la web y resultado en su mensaje audaz.

Cuando David se volvió a meter al auto, solamente le pasé en silencio mi teléfono con el mensaje.

Se quedó congelado. “No es tan malo como parece”, dijo en un susurro.

No: suele ser peor.

Y lo sé porque yo le dije lo mismo quince años antes al hombre con quien estaba en una relación comprometida en ese entonces. Le fui infiel y después, lo peor, intenté negarlo. Hasta hoy en día él, comprensiblemente, no quiere nada que ver conmigo; es la única persona importante de mi pasado con quien no estoy en contacto. Pero su continuo juicio silencioso hacia mí palidece en comparación al castigo que me he autoimpuesto por ser alguien débil y egoísta que hirió así a alguien más. Me tardé mucho tiempo en poder perdonarme.

David y yo intentamos ir a terapia de pareja pero, para mí, lo poco que lográbamos cada vez se esfumaba el día siguiente. Después de una realización especialmente esclarecedora de lo inútil de los esfuerzos me despedí de la fantasía de que nos quedáramos juntos solo para que nuestro hijo tuviera a sus dos padres en casa y me enfoqué más bien en un plan para disolver la relación.

Mi estándar iba a ser creer lo que me dijeran los hombres a menos que o hasta que tuviera razón para no hacerlo.

David parecía estar confundido porque no quería retractarme de las amenazas que intercambiamos, como había hecho en el pasado. Entonces empezó a salir en citas como si encontrar pronto un remplazo fuera su único objetivo. Un mes después ya estaba saliendo con alguien de manera exclusiva.

Tras poco tiempo yo decidí también salir de citas, después de once años de no hacerlo. La tecnología había cambiado tanto y estaba curiosa sobre la transición de sitios web con sistemas de mensajería torpes a aplicaciones móviles que requieren solo deslizar el dedo. La premisa, no obstante, era la misma: se trata de revisar una biblioteca humana donde se juzga a los libros por sus portadas.

Determiné que mi única expectativa debía ser conocer a gente nueva. No quería encontrar a una pareja a largo plazo. Me aboqué a pasármela bien y lo que quería era la atención; atención sexual de un hombre que no había tenido desde que nació mi hijo.

Fue entonces que hice una conexión con un hombre, con una comunicación que rápidamente se tornó sexual a pesar de que dije que no me interesaba el sexo virtual.

Jens dijo que vivía en Noruega, llevaba seis meses separado, viajaba mucho por su trabajo y que pasaba cerca de mi ciudad cada dos meses. Y, de hecho, estaba ahí justo en ese momento y quería que nos reuniéramos. Pero yo no tenía disponibilidad y al final tomó su vuelo de regreso.

Seguimos en contacto; pronto empezamos a intercambiar fotos y mensajes lascivos y de coqueteo. Me dijo que era hermosa, atractiva, deseable; todo lo que no había oído en años. Su afirmación de que visitaba la zona cada dos meses se volvió una broma al transcurrir tres meses sin la visita y luego cuatro. Por fin me mandó un mensaje de texto para avisar que visitaría dentro de una semana.

“¿En serio!”, le escribí.

“En serio en serio”, respondió.

Cuando llegó, su proximidad avivó la tensión sexual. Iba a estar durante tres noches. La primera tenía una cena de trabajo; en la segunda íbamos a reunirnos, pero canceló de último minuto sin dar razón, y la tercera también canceló, de nuevo sin excusa: “Perdón, pero no puedo verte. No puedo explicar por qué. Realmente lo siento”.

Estaba atónita; quedé sorprendida de que pudiera sentirme azotada por alguien a quien nunca había conocido en persona. Cuando has compartido tantas cuestiones íntimas en línea, ¿la presencia física es superflua para sentirse así?

Discutí la situación con una amistad y concluimos que lo más probable es que tuviera una esposa.

“Igual y mintió sobre su separación”, me dijo. “Tú sabes que casi todos los hombres en estos sitios son casados”.

“Posiblemente. Probablemente”, comenté. Había decidido desde un inicio que mi estándar iba a ser creer lo que me dijeran los hombres a menos que o hasta que tuviera razón para no hacerlo. La alternativa, creer que todos mienten, no me parecía la actitud más positiva en este trayecto personal.

“Si eligen mentirme, la culpa es suya”, le dije a mi amiga. Estoy segura de que pensó que era una idiota, pero se aguantó comentármelo.

La comunicación con Jens terminó por ser prácticamente nula. Hubo algunos mensajes de “¿Cómo estás?” tras semanas de silencio. Respondí a uno de ellos: “¿Dónde estás?”.

“En Estados Unidos”, dijo Jens.

“En serio”.

“En serio en serio”.

“¿Me vas a invitar a salir?”.

“Eso haré”, me respondió.

“¿Ya estás listo para decirme qué pasó?”.

“Todavía no”.

No me invitó a salir. Hablamos algo por mensajes, pero de manera tentativa, como si ahora hubiera una línea tal que no se tornó sexual o de coqueteo. Había tenido algunas citas promisorias con un hombre llamado Marc, pero aún era nuevo y frágil. Temía que Jens podía acaparar mis pensamientos y quería darle una oportunidad a Marc. Jens se fue sin que nos reuniéramos.

Envió un mensaje un mes después para decirme que iba a regresar pronto en lo que sería su última visita laboral a Estados Unidos por un tiempo; su empresa se iba a enfocar en otros mercados. Y dijo que estaba listo para decirme por qué había cancelado.

Sí, seguía casado y su esposa se enteró de sus andanzas en línea casi al mismo tiempo que iba a ser nuestra cita; por ello la cancelación abrupta y críptica. Intentaron reconciliarse pero no lo lograron.

Debo perdonar a todos los que han sido infieles, porque juzgar a otros por algo que yo misma hice es infinitamente hipócrita.

“No me sorprende”, le dije. “El que siguieras comunicándote conmigo indica que realmente no estabas tan comprometido con la reconciliación”.

Admitió que quizá no y agregó que ahora era libre. Y estaba listo para que nos reuniéramos.

Me sentí conflictuada. Seguía viendo a Marc, felizmente, pero no estaba segura de a dónde iba eso. Mis amigas no entendían por qué siquiera pensaba en reunirme con alguien que me había mentido y que estaba dispuesto a engañar a su esposa conmigo.

“Siento que tenemos asuntos pendientes”, dije. Habían pasado ocho meses desde que Jens y yo empezamos a intercambiar mensajes. Sabía que podía terminar en punto muerto, pero tenía curiosidad de ver cara a cara a la persona cuya atención me había mantenido a flote en momentos difíciles.

Lo que es más importante, según me di cuenta cuando por fin decidí perdonarme por mi infidelidad hace quince años, es que perdonar conlleva otra responsabilidad: Debo perdonar a todos los que han sido infieles, porque juzgar a otros por algo que yo misma hice es infinitamente hipócrita.

Por eso también perdoné a David. Sé por qué buscó la atención de otra mujer porque yo hice algo similar, yo también estuve en esa posición de estar frustrada y a la vez sentir como que no había otra manera de mantener la vida que quería si también buscaba emociones que sabía que ya no estaban ahí. Lo comprendo. El miedo, la pasión, el riesgo y la excitación. Lo comprendo todo.

Entender la mala conducta de alguien es una bendición y maldición al mismo tiempo. La bendición es que comprenderlo impide juzgarlo. El lado negativo es que a veces termino teniendo que defender a gente que se comportó de maneras que merecen juzgarla. Pero estar justamente indignada con otros requiere mucha energía y es muy corrosivo para el alma, un precio que no estoy dispuesta a pagar.

No me reuní con Jens en su último viaje. Marc y yo tuvimos un hito en nuestra relación: habíamos estado saliendo de manera casual, pero después decidió borrar su perfil de Tinder por mí. De reunirme con Jens en esa situación me habría sentido deshonesta. Marc merecía el mejor yo que puedo ofrecer. Así que le envié un último mensaje a Jens para despedirme y, con solo deslizar el dedo, borré todo nuestro historial. (F)

El camino a aceptar la infidelidad de tu pareja
Sociedad
2019-03-11T18:34:10-05:00
David y yo intentamos ir a terapia de pareja pero, para mí, lo poco que lográbamos cada vez se esfumaba el día siguiente.
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