El santuario de la Comunidad de Schoenstatt, ubicado en Ciudad Celeste, Samborondón, respira un ambiente distinto. Hay silencio, oración y una expectativa serena.

El próximo 1 de octubre de 2026, la comunidad celebrará cien años desde su fundación, ocurrida el 1 de octubre de 1926 por inspiración del padre José Kentenich.

El centenario no solo marca una fecha histórica, sino un recorrido espiritual que hoy se renueva con fuerza en Ecuador, donde las Hermanas de María llevan 59 años de servicio ininterrumpido.

Publicidad

Un siglo de Schoenstatt en el mundo

Durante la visita al santuario, las hermanas Ingrid Aspiazu, María Gracia Bambino y Melissa Álaba compartieron su mirada sobre este año especial, sus historias personales de vocación y el sentido profundo de su misión.

“Es un año de gratitud inmensa”, resumió la hermana María Gracia Bambino, quien trabaja con la juventud femenina en Samborondón y acompaña a las hermanas que sirven en la obra de Schoenstatt en el país.

Para ella, el centenario es, ante todo, una acción de gracias a Dios, al fundador y a todas las Hermanas de María que, desde distintas partes del mundo, hicieron posible que la semilla de Schoenstatt llegara al Ecuador.

Publicidad

La hermana Ingrid Aspiazu, superiora de las Hermanas de María en Ecuador, coincide en que estos cien años representan también un nuevo comienzo. “Es un año de volver a decidirse por la vocación, de renovar la entrega y la misión”, explicó.

Desde su perspectiva, ser María implica ayudar a que las personas se encuentren con Cristo y aportar a la construcción de un mundo más humano y más cristiano, en medio de un contexto social marcado por tensiones, inseguridad y miedo.

Publicidad

La alegría es otro de los sentimientos que atraviesan este aniversario. Así lo expresó la hermana Melissa Álaba, quien gestiona los bienes materiales de la comunidad.

Para ella, pertenecer a esta familia religiosa y asumir una misión tan necesaria en el tiempo actual es motivo de profunda felicidad, una alegría que nace de la gratitud y del saberse llamada.

La visión de las hermanas sobre el centenario

Las Hermanas de María de Schoenstatt en Ecuador miran al futuro tras un siglo de vocaciones y esperanza. Foto: Carlos Barros

Las historias personales de vocación de las tres hermanas se entrelazan con la presencia del santuario y el contacto temprano con la juventud femenina de Schoenstatt.

La hermana Ingrid, con 24 años en la comunidad, recordaba que su camino comenzó precisamente allí, en la vivencia cotidiana y en la alianza de amor con María.

Publicidad

“Sentí que mi vida podía ser distinta, que no estaba sola”, relató. Esa experiencia, marcada por la cercanía de María en lo cotidiano, la llevó a consagrar su vida a esta misión.

Para la hermana María Gracia, un momento decisivo fue la peregrinación de mayo al santuario, una celebración que hoy convoca a más de diez mil personas.

Aquel encuentro, casi forzado por una invitación familiar, terminó cautivando su alma.

Ver a tantos jóvenes y vivir la experiencia de Iglesia en el santuario despertó en ella el deseo de servir y de acercar “un poco más el cielo a la tierra”, como lo definió.

En el caso de la hermana Melissa, el llamado fue creciendo de manera progresiva. La entrega en pequeñas tareas, primero como estudiante y luego como universitaria, le permitió descubrir que, mientras más se vinculaba con Schoenstatt, más plena se sentía.

“Era evidente que Dios me llamaba aquí”, afirmó, convencida de que su vida podía entregarse de manera más fecunda como Hermana de María.

Historias personales de vocación

El trabajo con la juventud ocupa un lugar central en la misión de la comunidad. Para la hermana María Gracia, acompañar a jóvenes en una etapa de grandes ideales es uno de los regalos más grandes de su vocación.

Escuchar, orientar y ayudar a descubrir la mejor versión de cada persona forma parte de ese servicio, que se extiende también a la pastoral juvenil arquidiocesana y a encuentros internacionales.

Todo ello se resume en una frase del padre Kentenich que guía su labor: “Dios y las almas”.

Ser María en medio del mundo tiene, además, una dimensión concreta y cotidiana. La hermana Melissa destaca el valor de ser un signo religioso en espacios comunes, como un banco o un centro comercial.

Allí, explicó, la mirada de las personas y las peticiones espontáneas de oración recuerdan que su presencia puede convertirse en un puente entre el cielo y la Tierra.

Esa idea se refuerza con las palabras de la hermana Ingrid, quien definió a María como una luz de esperanza. Ser María hoy, sostuvo, es estar cerca, consolar y acompañar, ofreciendo alegría y confianza en Dios en un mundo atravesado por dificultades.

La misión de Schoenstatt en el mundo actual

La reciente concesión de la indulgencia plenaria por parte del papa León XIV ha sido otro motivo de profunda alegría para la comunidad. La noticia llegó a través de una carta de la superiora general desde Alemania y fue recibida como un signo de gracia.

Las indulgencias plenarias podrán recibirse durante un año en los santuarios de Schoenstatt de Guayaquil (avenida Juan Tanca Marengo), Samborondón (Ciudad Celeste) y Alangasí, en Quito, así como en las capillas de las casas de la comunidad y en la casa de retiros junto al santuario nacional.

De cara al futuro, las Hermanas de María miran más allá del centenario. Sueñan con más vocaciones y con extender la consagración a María en todo el país.

En un Ecuador golpeado por la violencia y la corrupción, su anhelo es que la transformación comience desde los corazones, con la esperanza de que, a través de María, vuelva la paz. (I)