Durante más de cinco décadas Teresa Páez se paró frente a un curso con la misma convicción de que ningún estudiante suyo debía quedarse atrás. Hoy tiene 79 años y está jubilada desde abril de 2024, pero su casa sigue recibiendo alumnos que llegan a reforzar lectura, escritura o materias escolares.
“Yo trabajo porque amo mi profesión”, dice. Tras 56 años dedicados a la docencia calcula que por sus clases han pasado más de seis mil estudiantes. Muchos todavía la recuerdan. Otros le escriben cada cumpleaños para contarle en qué se convirtieron.
Su historia como maestra comenzó lejos de Guayaquil. A los 8 años su madre, docente, se casó y la llevó a Lima. “Me llevaron contra mi voluntad porque yo era muy pegada a mi abuelita”, recuerda. La adaptación fue compleja. Se enfermó, dejó de asimilar los alimentos y su salud se resintió.
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En Perú tuvo que rendir pruebas ante el Ministerio de Educación porque no contaba con certificados de estudios de Guayaquil. Las aprobó y continuó su formación.
A los 11 años ya cursaba un nivel equivalente al octavo actual. Estudió secundaria comercial: contabilidad, legislación laboral, mecanografía y taquigrafía. A los 16 años obtuvo el título de Contadora Mercantil.
Ingresó a trabajar en una aerolínea peruana. Permaneció poco tiempo. El salario era alto, pero la oficina no la convencía. “Yo quería estudiar medicina”, admite. Su madre no estuvo de acuerdo. La carrera duraba diez años y temía no poder sostener los gastos. En un colegio religioso donde estudiaba, una de las religiosas le sugirió revisar los programas de formación docente.
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No imaginaba que terminaría frente a un curso. Su madre la impulsó a postular al magisterio. Ingresó al colegio Santa María Eufrasia y con el paso de los años entendió que su lugar estaba en las aulas. Reconoce que la medicina no habría sido su camino. “Yo no puedo limpiar una herida, porque me dan nervios”.
Su carrera comenzó en el Colegio San José de Cluny, en Lima. Luego trabajó en el Colegio La Inmaculada, de los jesuitas. Más adelante llegó al Colegio Santa María Eufrasia, institución donde también había sido estudiante.
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En ese colegio permaneció cerca de 24 años. Fue maestra de primaria y luego dictó materias en secundaria. Su manera de enseñar era clara para los estudiantes desde el primer día. “He sido cariñosa, pero muy estricta”, explica.
Renunció cuando su madre sufrió un derrame cerebral y decidió regresar a Ecuador. Diez meses después, su madre falleció. Ya había cerrado su vida en Lima.
En Guayaquil enfrentó otra dificultad, como su título era peruano. La oportunidad llegó cuando una familiar le pidió reemplazarla en el Colegio Hispanoamericano, institución a distancia dirigida a jóvenes y adultos que no habían concluido sus estudios. Inició con dos horas de clase. Luego asumió más carga horaria y más adelante fue designada rectora.
Enseñaba Lengua y Literatura. Acostumbrada a la exigencia académica tuvo que modificar su forma de trabajo. No era igual enseñar a niños que a adultos con jornadas laborales extensas, responsabilidades familiares y trayectorias escolares interrumpidas.
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Aprendió a escuchar con atención y a orientar más allá del contenido. “No solo es dar conocimiento, sino dar una parte de uno mismo”, afirma.
“Había personas que trabajaban 12 o 14 horas al día”, recuerda. Frente a esa realidad decidió concentrarse en dos áreas básicas: lectura y escritura. Preparaba textos breves y ejercicios de ortografía que los estudiantes practicaban cada semana.
Entre sus alumnos hubo historias que la sorprendieron. Uno de ellos tenía 65 años cuando terminó el colegio. Más tarde ingresó a la universidad y se graduó como ingeniero.
Otros continuaron estudios en áreas como enfermería, administración o estética. Para Teresa, ver ese progreso era una de las mayores recompensas de su profesión.
Por sus clases pasaron estudiantes que regresaban al sistema educativo tras largos periodos de ausencia. Madres, trabajadores, jóvenes que habían abandonado el colegio por distintas circunstancias.
Llegaban con el objetivo de obtener el título de bachiller. Algunos continuaron estudios superiores; otros buscaban mejores condiciones laborales. Teresa acompañó esos procesos hasta su retiro formal en 2019.
Después vino la pandemia. Desde casa preparó aspirantes a la universidad y apoyó a niños con dificultades de aprendizaje. En la actualidad atiende a menores con discapacidad acreditada. Tres de sus alumnas ya se graduaron de bachiller.
En abril de 2024 aceptaron su jubilación. Ahora ya tiene 1 año y 10 meses sin ser docente.
Si suma los años, son 56 años dedicados a la enseñanza. Es contadora de formación, pero docente por elección sostenida. La niña que cruzó sola la frontera terminó guiando a generaciones que buscaban cerrar una etapa pendiente.
Después de tantos años frente a un curso, tiene una reflexión clara sobre la educación. Considera que el compromiso del docente sigue siendo la base de todo aprendizaje.
“Hay que ponerse en el lugar del alumno y entender qué le está pasando”, señala. Para ella, el maestro debe buscar caminos distintos cuando un estudiante no logra avanzar.
También cree que la vocación sigue siendo fundamental en la enseñanza. “El maestro sabe que no se va a hacer millonario. Si escogió esta profesión tiene que hacerlo por vocación o por compromiso”.
En su casa ya no hay timbres que anuncien las horas de descanso, ni reuniones escolares. Hay cuadernos abiertos y estudiantes que llegan por recomendación a su puerta.
Mientras alguien necesite apoyo para entender un texto o fortalecer la escritura, Teresa Páez seguirá en ese espacio que encontró por insistencia de su madre, pero que convirtió en el eje de su vida.(I)





