“Hay momentos en que siento que ya no puedo… pero algo me levanta”. El peso de la cruz no se prueba antes. El peso llega el mismo día cuando sale en la procesión.

Cada Viernes Santo, cuando el reloj da las nueve de la mañana, Gonzalo Zúñiga toma la cruz por primera vez desde el año anterior. No la carga en los ensayos. No recorre las calles antes. El contacto real con la madera, con el calor, con el trayecto largo entre el tránsito detenido del centro de Guayaquil, ocurre solo cuando comienza el viacrucis viviente que organiza la iglesia San Agustín. Este año será el 3 de abril.

Ocho años representando a Jesús

Tiene 26 años, estudia Economía, trabaja en la venta de víveres y desde hace ocho años representa a Jesús. La decisión no fue una meta personal ni una aspiración en su momento para Gonzalo. Surgió cuando el joven que realizaba el papel enfermó y no pudo cumplir para ese año. Entre varios participantes, su nombre fue mencionado y aceptó sin comprender del todo lo que implicaba.

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“Solo le pedí a Dios que me ayudara. No sabía si iba a poder”, recuerda ahora, con la naturalidad de quien ha repetido la experiencia lo suficiente como para reconocer sus límites físicos.

El proceso comienza semanas antes. El grupo se reúne para ensayar cada escena. Se definen posiciones, recorridos, momentos de caída. La preparación es colectiva, organizada, constante. Lo único que no se repite hasta el día central es la caminata completa con la cruz. Gonzalo insiste en que ese momento no puede anticiparse.

“La primera vez que la cargué sentí el peso y pensé: ‘Dios mío, ¿en qué me metí?’”, confiesa.

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Entre estudios y trabajo, su participación anual se sostiene en la fe inculcada desde la infancia. Foto: José Beltrán

El impacto físico del recorrido

El recorrido se extiende por varias cuadras del centro, desde Luis Urdaneta y 6 de Marzo, pasando por Santa Elena, Aguirre, Chimborazo, hasta retornar al templo cerca de la una de la tarde. Durante esas horas, el cuerpo se convierte en el principal territorio de resistencia. Camina descalzo. El asfalto caliente deja marcas que luego se convierten en llagas que dice no siente hasta después del trayecto.

“Termino deshidratado, con heridas en los pies, con llagas en la boca. Es fuerte, pero es algo mínimo comparado con lo que él vivió”.

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La representación incluye golpes que no son simulados. Los latigazos forman parte del protocolo y, aunque el grupo mantiene coordinación, el dolor es real.

“Los soldados sí pegan. Hay momentos en que estás en el suelo y siguen. Ahí solo queda rezar y levantarse”.

Durante el trayecto, Gonzalo mantiene la mirada baja. No observa a quienes lo rodean. Su concentración se dirige a la oración, a sostener el peso sobre los hombros, a continuar incluso cuando el cuerpo pierde estabilidad.

“Yo voy llorando. No miro a la gente. Solo cuando ya estoy en la cruz veo a todos”, indica emocionado.

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Ese instante final transforma la percepción del recorrido. Desde la altura, observa rostros con lágrimas, personas que rezan, familias completas que siguen la representación. “Solo cuando ya estoy colgado en la cruz me doy cuenta de que muchos lloran. Y uno también siente todo eso, es muy bonito”.

El ayuno forma parte de la preparación. No es total, pero sí restrictivo. Antes de salir, toma aunque sea un jugo. Sabe que el trayecto exige energía, pero también considera que la privación tiene sentido dentro de la experiencia espiritual.

“Es duro caminar tantas horas así, pero es parte de lo que significa”.

La vestimenta también forma parte de la historia personal que ha construido con el paso de los años. El traje y la peluca fueron ajustados para adaptarse a su contextura. Al inicio no encajaban correctamente.

“Se mandaron a arreglar para que me quedaran. Ya tienen años conmigo”, afirma.

La perspectiva de su madre, Edith Cruz

Su madre, Edith Cruz, participa en la representación como la Virgen María. Para ella, cada edición implica una carga emocional distinta. Observa a su hijo caer, levantarse, avanzar entre la multitud.

“Cuando lo veo en el suelo, corro a abrazarlo. Me sacan porque tienen que seguir con la escena, pero es inevitable”.

Asegura que el sentimentalismo del momento no disminuye con el tiempo. Aunque se trate de una dramatización, la intensidad permanece.

Con 26 años, mantiene desde la adolescencia la responsabilidad de cargar la cruz durante la Semana Santa. Foto: José Beltrán

“La gente llora porque siente lo que pudo haber sido ese momento. Uno también se transporta”, relata.

La representación del viacrucis adquiere una dimensión colectiva que Gonzalo considera esencial. “Se trata de que el mensaje llegue. Con que una persona reflexione, ya vale”.

La fe más allá de Semana Santa

Fuera de la Semana Santa, su vida continúa con actividades de cualquier joven. Asiste a la universidad, trabaja, comparte con su familia. No percibe el papel como una separación entre lo religioso y lo personal. “La fe está en todo. No solo en el viacrucis”.

Desde niño estuvo vinculado a la iglesia. Fue monaguillo, participó en retiros y actividades comunitarias. Cree que esa constancia lo preparó para asumir el rol que hoy mantiene.

“Mi mamá siempre nos llevó. Eso influye”.

Cada edición presenta imprevistos logísticos. Cambios de ruta, dificultades técnicas, ajustes de último momento. Aun así, el grupo logra completar el recorrido. Al finalizar, regresan al templo, realizan una oración de agradecimiento y comparten alimentos sencillos.

Gonzalo no fija un límite para continuar. “Si se da la oportunidad, seguiré. No es algo que uno decide, es algo que se va dando”.

Cuando el viacrucis concluye, la cruz vuelve a su lugar dentro del templo. Las calles recuperan su dinámica habitual. Para él, sin embargo, la experiencia permanece.

“Hay momentos en que sientes que ya no puedes… pero algo te levanta”.

Y cada año, vuelve a caminar. (I)