El dolor la despertó a las 23:00. Isabel Nazareno, de 45 años, pensó que era algo pasajero. Una hora después, la diarrea la obligó a permanecer en el baño hasta las 03:00.
El domingo amaneció con dolor de cabeza y una sensación de debilidad que no cedía. El lunes decidió acudir al hospital Bicentenario, en el centro de Guayaquil, donde la consulta externa recibe a decenas de pacientes con molestias similares.
Sentada en una de las sillas plásticas de la sala de espera, Isabel repasa lo ocurrido. Trabaja en un comedor y desde el domingo no ha podido presentarse. “Desde que me sentí mal no he ido a trabajar”, explica.
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Durante el fin de semana tomó paracetamol y recurrió a remedios caseros. “Con limón y sal y una matita que me preparó mi mamá”, dice.
La diarrea continúa, aunque con menor intensidad. En su casa nadie más ha presentado síntomas. Ella intenta encontrar una causa. “Uno va y viene con lluvia, pisa agua sucia, tantas cosas”, comenta mientras aprieta las manos sobre el abdomen.
A pocos asientos, Camila, una joven de 26 años, espera sola su turno. Pidió permiso por una hora en su trabajo y planeaba regresar apenas saliera de la consulta. El viernes comió afuera y, según relata, desde esa noche empezó a sentir retortijones. Al día siguiente apareció la diarrea. “Creo que fue algo que comí, capaz una bacteria”, señala en voz baja.
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Cuenta que el sábado y el domingo tomó suero oral porque se sentía deshidratada. La diarrea ha disminuido, pero no logra recuperar el apetito. “No me dan ganas de comer nada y sigo con el estómago revuelto”, explica.
No tiene fiebre ni vómitos, pero sí una sensación persistente de malestar. Vive sola y decidió acudir al hospital para descartar una infección. “Quiero saber qué tengo y si necesito algún tratamiento”, añade mientras revisa la hora en su teléfono.
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En otra zona del ala aguarda Rosa Alarcón, de 66 años, residente en El Recreo, en Durán. Su historia es distinta en el tiempo, aunque similar en el síntoma principal: el dolor abdominal.
Durante semanas sintió una molestia constante en el lado derecho del estómago que le impedía comer con normalidad. “Todo lo que comía me dolía”, recuerda. En las mañanas, incluso, llegó a escupir con algo de sangre, lo que la llevó a buscar atención médica.
Tras los exámenes, recibió un diagnóstico de virus estomacal y un tratamiento farmacológico. “Ya no se ve la sangre ni nada”, dice ahora con alivio.
Explica que el proceso fue largo, pues el dolor se extendió casi dos meses antes de ceder. La experiencia la dejó con temor cada vez que reaparece una punzada en el abdomen. En esta ocasión volvió al hospital para control y seguimiento.
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Asimismo, desde Socio Vivienda llegó Luis Alfredo Torres. Narra que sus nietas, de 4 años y de un año y medio, presentaron diarrea y dolor abdominal. Fueron atendidas en un dispensario y recibieron medicamentos que la familia adquirió por su cuenta. “Lloraban demasiado”, recuerda. El diagnóstico fue una infección intestinal.
Algunos pacientes asocian el inicio de los síntomas a comidas fuera de casa, otros mencionan la temporada de lluvias y el contacto con agua acumulada en calles y veredas.
Hay quienes intentan primero con medicación básica o infusiones tradicionales antes de decidirse por la consulta médica. Desde enero, la red de salud municipal registra 6.252 atenciones por cuadros gastrointestinales en sus unidades. La cifra refleja una demanda sostenida en los servicios públicos de salud. (I)

