Las noches de lluvia en Guayaquil volvieron a llenarse de un sonido insistente. En patios, balcones y veredas, los grillos reaparecieron en grandes cantidades.
Aunque para muchos se trata de una molestia doméstica, para la ciencia este fenómeno reveló un capítulo recurrente del ciclo natural que se intensifica con el crecimiento urbano y los cambios en el paisaje.
La profesora investigadora Lisbeth Espinoza, de la Facultad de Ciencias de la Vida de la Escuela Superior Politécnica del Litoral (Espol), explicó que la especie que se observó en exteriores durante la temporada lluviosa correspondió a grillos domésticos silvestres (Acheta spp), distintos de los criados en laboratorio para producción y ensayos.
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“Los grillos que se crían para harinas o consumo humano son especies más domesticadas, mientras que los que aparecen en patios y calles son poblaciones nativas adaptadas al ambiente”, señaló.
Espinoza destacó que estos insectos forman parte esencial del ecosistema. Habitan bosques, zonas húmedas y manglares, donde integran la cadena trófica como alimento de aves, reptiles y otros insectos.
Su presencia es necesaria para el equilibrio ecológico, pues contribuyen a procesos evolutivos y a la dinámica natural de los ambientes tropicales.
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La investigadora señaló que la aparición masiva de grillos en Guayaquil es un fenómeno cíclico que se repite entre diciembre y enero, cuando las primeras lluvias coinciden con temperaturas más altas.
Durante ese periodo, los huevos y crías que permanecen en el suelo emergen al encontrar condiciones favorables de humedad y alimento. Los adultos se reproducen, depositan sus huevos y luego mueren, cerrando un ciclo que no se mantiene durante todo el año.
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Este patrón se observó en la ciudad desde el año 2000. En aquella época, sectores como La Atarazana registraron abundantes poblaciones, con postes de luz cubiertos por insectos.
Con el paso de los años, la presencia disminuyó en esa zona y se desplazó hacia otros puntos. En años recientes se reportan concentraciones en Samborondón y en urbanizaciones en zonas recientemente constituidas.
Según Espinoza, la migración de los grillos está directamente relacionada con la actividad humana. En zonas densamente urbanizadas, los insectos no encuentran plantas, agua ni suelo adecuado para dejar sus huevos, por lo que se desplazaron hacia áreas con vegetación y espacios abiertos.
La expansión de Guayaquil hacia Daule y Salitre, donde se urbanizaron pastizales y terrenos agrícolas, obligó a estas poblaciones a buscar nuevos hábitats, generando molestias en ciudadelas y barrios recientes.
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“Actualmente, hay un brote considerable en las zonas periféricas de la ciudad, donde se encuentran nuevas urbanizaciones que antes eran arrozales o bosques", dijo.
Contrario a temores populares, los grillos no representan un riesgo sanitario. No transmiten enfermedades ni pican a las personas. Sin embargo, las grandes poblaciones ingresan a viviendas, producen ruido y dañan mallas, prendas, cortinas y calzado.
Al mismo tiempo, estos insectos sirven como fuente de proteína para gallinas y aves silvestres. Espinoza recordó que existen empresas que los crían para producir alimento balanceado para camarones y pollos, e incluso para consumo humano, un sector que ha despertado interés por su potencial nutricional y ambiental.
La especialista explicó que controlar brotes masivos es complicado. Productos caseros difundidos en redes sociales, como detergente, vinagre o bórax, no ofrecen soluciones definitivas.
El fenómeno, dijo, es temporal y dura dos o tres semanas, por lo que la recomendación es tomar medidas preventivas y evitar fumigaciones que pudieran causar daños colaterales a mascotas, aves o personas.
Entre las medidas preventivas se incluyen apagar luces durante la noche, instalar burletes en puertas, cerrar ventanas, usar cortinas y sacudirse antes de ingresar a casa. Estas acciones reducen el ingreso de insectos sin afectar el equilibrio ambiental.
Espinoza detalló que la producción de harina de grillo implica criarlos en grandes áreas, cosecharlos en la adultez, someterlos a procesos de secado y pasteurización y, posteriormente, molerlos para extraer compuestos proteicos.
Esta harina se utiliza en alimentos balanceados y, en algunos casos, en productos para consumo humano, siempre bajo registros sanitarios y estándares estrictos de calidad.
El interés en los insectos como alimento alternativo ha crecido por su alto contenido proteico y menor huella de carbono frente a la ganadería tradicional.
En México, el consumo de grillos forma parte de la cultura gastronómica desde hace décadas, y en Ecuador ya se elaboran snacks con harina de estos insectos.
El ciclo de vida del grillo adulto dura entre 30 y 45 días. Tras aparearse, las hembras depositan entre 50 y 200 huevos en el suelo, lo que explica las explosiones poblacionales.
Espinoza señaló que la deforestación y la pérdida de depredadores naturales, como aves y sapos, han contribuido a un desbalance biológico. En el entorno urbano, los principales depredadores son gatos y humanos.
Durante la temporada lluviosa, otros insectos también protagonizan su propio ciclo reproductivo. Hormigas y termitas voladoras realizan vuelos nupciales, mientras luciérnagas muestran una disminución en sus poblaciones.
Los llamados “manichos”, escarabajos del género Phyllophaga, emergen atraídos por la luz ultravioleta.
Estos insectos pasan meses bajo tierra como larvas, alimentándose de materia orgánica y raíces, contribuyendo a la fertilidad del suelo. Su vida adulta es breve, de una a dos semanas, enfocada exclusivamente en la reproducción.
La presencia masiva de grillos y otros insectos en Guayaquil no es un evento aislado, sino un recordatorio del vínculo entre la expansión urbana y los procesos naturales.
Espinoza insistió en que aprender a convivir con estas especies resulta clave para reducir conflictos y evitar prácticas perjudiciales para el ambiente. (I)























