Las molestias aparecían y desaparecían, pero el cuerpo insistía en decir que algo no estaba bien. Jessenia, comerciante de 43 años y oriunda de Quevedo, tardó meses en encontrar una respuesta.
Primero le hablaron de microquistes, luego de infecciones. Los controles parecían normales, pero la incomodidad seguía ahí en su día a día.
Fue una revisión más detallada la que encendió la alerta. La derivaron a Guayaquil. En noviembre de 2024 ingresó a la Sociedad de Lucha Contra el Cáncer (Solca).
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Allí recibió su diagnóstico de cáncer de cuello uterino. “Saber que tienes cáncer no es algo fácil. Siempre uno tiene miedo”, dice ella, al recordar ese momento. La impresión de la noticia la afectó tanto a nivel físico como emocional.
El temor a los resultados, la dificultad de contarlo en casa, el peso de cada tratamiento y la incertidumbre diaria fueron su pan de cada día en los primeros meses. Su proceso incluyó quimioterapia, hospitalizaciones y complicaciones médicas.
Aun así, insiste en que el diagnóstico no significó el final. “Saber que tienes cáncer no significa que ya se acabó tu vida. Es una lucha donde debemos poner muchas ganas”, recuerda la paciente.
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Mientras ella atravesaba ese camino, la cirujana oncóloga Elizabeth Véliz Burgos atendía cada semana a mujeres con historias similares. Desde su consulta observa cómo el cáncer de cuello uterino sigue repitiendo patrones en el país.
“El cáncer de cuello uterino es un problema de salud pública. A pesar de ser una enfermedad prevenible, cada año se diagnostican entre 1.700 y 1.800 casos en Ecuador, y más del 50 % de esas pacientes fallecen”. Para la especialista, el principal desafío es el diagnóstico tardío en las pacientes.
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La enfermedad puede desarrollarse durante años sin señales claras. “No aparece de la noche a la mañana. Desde la infección por el virus del papiloma humano hasta la formación de un tumor pueden pasar hasta diez años”, indica.
En ese periodo, muchas mujeres normalizan molestias o postergan sus controles, dice. Jessenia lo reconoce. “Yo seguía con molestias, pero pensaba que era algo común. Cuando vine aquí ya el tumor estaba avanzado”, cuenta.
“Más del 90 % de los cánceres de cuello uterino se deben al VPH”, precisa la médica. La vacunación temprana, junto con los chequeos ginecológicos y el papanicolaou, siguen siendo lo principal para evitar que la enfermedad avance.
La experiencia clínica también revela las preguntas íntimas que surgen tras el diagnóstico. “La primera duda que muchas pacientes tienen es cuándo se infectaron o quién las contagió. Luego aparece el miedo a morir o la incertidumbre sobre el futuro”, comenta.
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Para la especialista, esa fortaleza es clave, pero no sustituye la prevención. “El papanicolaou no es el final del proceso. Es la puerta que nos permite detectar una lesión a tiempo y tratarla”, explica.
En el caso de Jessenia, cuenta que su miedo se mezcla con la esperanza. Antes de cada consulta llega con ansiedad. Después, cuando escucha que los marcadores han bajado, el alivio toma forma de lágrimas. “Hoy estaba llorando, pero de alegría”, dice.
La enfermedad alteró su vida cotidiana, pero no la detuvo por completo. Continuó trabajando en comercio, encontró apoyo en sus hijos y nietos, y convirtió cada avance médico en una motivación.
Jessenia coincide desde su experiencia. “Siempre tenemos que ser primero con nosotros. Muchas veces nos enfocamos en ser madre, esposa, en todo, menos en nuestra salud”, reflexiona.
Por eso hoy, en el marco del Día Mundial de la Prevención del Cáncer de Cuello Uterino, se invita con urgencia a actuar antes de que la enfermedad avance, realizarse los debidos chequeos.
La medicina ofrece herramientas, pero el primer paso sigue estando en la decisión de acudir a consulta. “Saber que tienes cáncer no significa que ya se acabó tu vida”, comenta.
Y esa frase que la dice con ojos llorosos, pero con una mirada de convicción a continuar la vida, es la que resume el recorrido de miles de mujeres que cada año enfrentan esta enfermedad. (I)


