A finales del siglo XIX e inicios del siglo XX, la actual calle Julián Coronel era conocida como de la Amargura, pues estaban ubicados el Hospital Civil (hoy Luis Vernaza), el cementerio general (patrimonial), el Hospicio Corazón de Jesús y la antigua cárcel municipal de Guayaquil.

Ubicada a la altura de la calle Baquerizo Moreno, el otrora reclusorio fue edificado en 1886 por el arquitecto italiano Rocco Queirolo. En 1881, el profesional había culminado los planos de este nuevo sitio para empezar la construcción. Diez años después de su construcción, en el gran incendio de 1896 que destruyó un tercio de Guayaquil, la cárcel quedó en ruinas.

En 1903, el ingeniero venezolano Francisco Manrique volvió a construirla. Este profesional también edificó otros inmuebles considerados patrimoniales en la urbe, como la vivienda de Alejandro Tola Pareja, en 9 de Octubre y Escobedo, centro de Guayaquil.

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Según Fernando Mancero, integrante de la fundación Bienvenido Guayaquil, la antigua cárcel municipal fue el primer edificio de mampostería que se hizo en la ciudad. El material con el que se construyó el sitio fue importado desde Génova, Italia.

Su diseño está compuesto por un gran patio y a su alrededor más de 40 celdas, donde estaban albergados los más peligrosos criminales del país.

Originalmente tenía una capacidad para casi 200 personas, pero con el tiempo surgieron problemas de hacinamiento. Sus pilares fueron elaborados con arcos de medio punto, también se diseñaron varios acabados en las bases.

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Para las paredes y bóvedas se utilizaron piedras, y ladrillos para los arcos y la fachada.

Por ser la primera edificación con mampostería en Guayaquil, la antigua cárcel fue declarada patrimonial.

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De este reclusorio se han contado múltiples historias. Algunos vecinos de la zona indicaron que hasta hace algunos años incluso se escuchaban gritos en el interior de la cárcel, actualmente abandonada.

Ernesto Valero, de 78 años, es morador del cerro del Carmen, sitio aledaño a la cárcel. “Por ahí pasó el famoso Comemuerto, que era un personaje que entraba por las noches al cementerio y robaba los vestidos de los finados”, indicó.

En el interior de la antigua cárcel existía un lugar conocido como “infiernillo”, donde ingresaban a reos para someterlos a castigos o torturas. Junto a la prisión también había una pared de fusilamiento.

El periodista Justino Cornejo en su libro Celda carcelaria plasmó sus vivencias en ese reclusorio en el año 1953, luego de haber sido enviado por razones políticas en el gobierno de José María Velasco Ibarra, señala la Enciclopedia del Ecuador, de Efrén Pino Avilés.

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Allí Cornejo recogió los testimonios de reos. Muchos de ellos aseguraron que en el sitio se escuchaban gritos de otros internos que habían fallecido ya hace mucho tiempo. Otros relataban haber visto apariciones.

Algunas versiones hablaban de escuchar las voces de presos que fueron asesinados dentro del reclusorio porteño.

En el año 2004, la fachada del sitio fue restaurada por el cabildo local durante la administración de Jaime Nebot.

Aunque hubo planes de administraciones gubernamentales anteriores para rescatarlo y convertirlo en área de hospedaje para familiares de enfermos, o en centro artístico, la antigua cárcel no registra actividad. En ocasiones, la antigua cárcel es solicitada para realizar sesiones de fotos o videos musicales. En noviembre del 2010, el sitio fue escenario de un desfile de modas.

El reclusorio, declarado patrimonial, dejó de funcionar a mediados de los años 50, en el siglo pasado.

Hace casi dos décadas existió un plan para convertir el antiguo reclusorio en un centro médico, consultorio jurídico y sitio para capacitar a microemprendedores. El proyecto finalmente no se desarrolló.

Hoy, el pasillo interior de ingreso a la antigua cárcel está lleno de basura y el óxido está cubriendo su puerta principal y las ventanas, elaboradas con barrotes de hierro. Hojas secas caen sobre el patio del reclusorio, que registró decenas de historias de dolor, muerte y sufrimiento de los reos. (I)

Placa en homenaje a marino ejecutado

En el pasillo de entrada a la antigua cárcel está instalada una placa en honor al subteniente de Infantería Amador Viteri. Según reseñas del extinto historiador Hugo Delgado Cepeda, Viteri fue ejecutado en ese sitio en 1888, en el gobierno conservador de José María Plácido Caamaño. (I)