La Marina estadounidense reconoció recientemente que algunos de sus superportaaviones enfrentaron una amenaza más inmediata y menos visible que los misiles enemigos: la contaminación interna del agua potable.
De acuerdo al portal 1945, mientras el debate militar se enfoca en armas hipersónicas y riesgos externos, investigaciones oficiales revelaron que fallas de mantenimiento pusieron en peligro directo la salud de las tripulaciones del USS Nimitz y el USS Abraham Lincoln.
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Las vulnerabilidades que nadie ve
Por décadas, los portaaviones han sido el pilar de la proyección de poder naval estadounidense, reemplazando a los acorazados desde la Segunda Guerra Mundial y consolidando su dominio con la llegada de los superportaaviones nucleares.
No obstante, en el actual contexto de competencia entre grandes potencias, su supremacía no solo se ve cuestionada por nuevas armas, sino también por vulnerabilidades internas que afectan su operatividad básica.
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Caso del USS Nimitz
Una investigación de la Marina determinó que se filtró combustible para aviones JP-5 en el sistema de agua potable, provocando enfermedades en al menos 11 marineros, un incidente que expuso un problema que arrastra desde hace años: más de un tercio de los tanques de agua potable estaban fuera de servicio y no habían sido limpiados ni reparados adecuadamente por falta de tiempo y recursos durante mantenimientos previos.
El informe reveló que la tripulación intentó resolver por su cuenta la restauración de varios tanques contaminados, sin saber que uno de ellos contenía JP-5 y no solo agua de mar, como se asumía.
Caso del USS Abraham Lincoln
Aunque es una situación distinta, no deja de ser preocupante: cinco tanques de agua potable dieron positivo por contaminación con la bacteria E. coli, debido a que una tubería de ventilación corroída permitió la entrada de agua de sentina cuando el nivel de esta subió.
No se reportaron marineros enfermos, pero el incidente dejó en evidencia problemas prolongados en la gestión de la calidad del agua.
En conclusión, las investigaciones encontraron que la complacencia, las fallas de comunicación y la minimización de señales de alerta -como reportes de “sabor extraño” en el agua- contribuyeron a que los problemas se agravaran.
(I)
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