En 2005, Steve Jobs subió al escenario de la Universidad de Stanford y dio un discurso que no parecía un discurso típico. No habló de Apple ni de tecnología. Contó tres historias de su vida. Y la primera, la de “conectar los puntos”, es quizá la que más ha resonado con el paso del tiempo.

Jobs empezó hablando de una decisión que, en su momento, fue difícil y hasta aterradora. “Me retiré del Reed College después de los primeros 6 meses y seguí yendo de modo intermitente otros 18 meses o más antes de renunciar de verdad. Entonces, ¿por qué me retiré?”, se preguntó ante los graduados.

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Para entenderlo, retrocedió incluso más. Contó que fue dado en adopción al nacer, luego de que la familia que inicialmente lo esperaba cambiara de opinión. Sus padres adoptivos, una pareja de clase obrera, prometieron que algún día él iría a la universidad, y esa promesa marcó su destino.

A los 17 años, Jobs ingresó a la universidad. Pero pronto se dio cuenta de que algo no encajaba. “Después de 6 meses yo no era capaz de apreciar el valor de lo anterior. No tenía idea de lo que quería hacer con mi vida y no tenía idea de la manera en que la universidad me iba a ayudar a deducirlo”, relató. Y mientras tanto, veía cómo se gastaban los ahorros de toda la vida de sus padres.

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Así que tomó una decisión arriesgada. “Decidí retirarme y confiar en que todo iba a resultar bien. Fue bastante aterrador en ese momento, pero mirando hacia atrás fue una de las mejores decisiones que tomé.”

Al dejar la universidad formalmente, ganó algo inesperado: libertad. Ya no tenía que asistir a clases obligatorias que no le interesaban. Podía, simplemente, seguir su curiosidad.

No fue una etapa fácil. Él mismo lo dijo sin adornos: “No tenía dormitorio, dormía en el piso de los dormitorios de amigos, llevaba botellas de Coca Cola a los depósitos de 5 centavos para comprar comida y caminaba 11 kilómetros todos los domingos en la noche para conseguir una buena comida a la semana en el templo Hare Krishna.”

Y aun así, lo disfrutaba.

En ese contexto descubrió la caligrafía. Reed College ofrecía una de las mejores formaciones del país, y Jobs decidió asistir a esas clases. Aprendió sobre tipos serif y sans serif, sobre el espacio entre letras, sobre lo que hace que una tipografía sea realmente hermosa. “Fue hermoso, histórico, artísticamente sutil de una manera en que la ciencia no logra capturar”, recordó.

En ese momento, todo aquello parecía no tener ninguna aplicación práctica. Él mismo lo admitió. Pero diez años después, mientras diseñaba la primera computadora Macintosh, todo cobró sentido. “Todo lo diseñamos en la Mac. Fue la primera computadora con una bella tipografía”, explicó. Y fue más allá: si no hubiera tomado aquella clase, las computadoras personales quizá nunca habrían tenido la tipografía que hoy damos por sentada.

Ahí llegó la reflexión central. “Por supuesto, era imposible conectar los puntos mirando hacia el futuro cuando estaba en la universidad. Sin embargo, fue muy, muy claro mirando hacia el pasado diez años después.”

Jobs cerró esa primera historia con una idea que sigue acompañando a millones de personas: “Reitero, no pueden conectar los puntos mirando hacia el futuro; solamente pueden conectarlos mirando hacia el pasado. Por lo tanto, tienen que confiar en que los puntos de alguna manera se conectarán en su futuro.”

Confiar en algo. En el instinto, en la vida, en el camino propio. “Esta perspectiva nunca me ha decepcionado, y ha hecho la diferencia en mi vida”, concluyó.

Una lección simple, directa y profundamente humana. A veces, solo cuando miramos atrás entendemos por qué cada paso valió la pena. (F)