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El Joker menos chistoso; la sociedad (en caos) más real

Ciudad Gótica y el Joker son una muestra de cómo un personaje puede prender la chispa del caos en una sociedad.

'Joker', protagonizada por Joaquin Phoenix. Foto: redaccion

Una sociedad encendida. Una sociedad cansada de la desidia de los gobernantes, agonizando en su propio egoísmo. ¿Le resulta familiar?

En medio de un país convulsionado por las protestas originadas por las medidas económicas, es difícil no hacer la comparación con el escenario en el que se desarrolla el Joker.

Joker no es una historia de superhéroes ni de las peleas del payaso del crimen contra Batman, sino un drama sobre Ciudad Gótica y Arthur Fleck, un payaso aspirante a comediante, argumento tomado del cómic 'Batman: The Killing Joke', escrita por Allan Moore.

Es la degradación de un hombre trastornado, despojado de su ternura desde que tiene memoria. “No he sido feliz ni un solo día”, reza. Recibe violencia, burlas y críticas. Arthur, que es un individuo, pero encarna a toda una masa, es mofa de los ricos y poderosos, que quieren siempre más poder. Del servicio social, con su ineptitud. De los medios en su afán por sintonía. Pero también de sus colegas, que solo exponen sus propias miserias en esas risas.

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Encima es malo para la comedia. No se puede hacer buena comedia si desconoces el entorno y Arthur es un desadaptado. ¿Quién no se ha sentido Arthur alguna vez, ajeno e incapaz de entender lo que ocurre alrededor? Por eso, al menos al comienzo, nos ponemos en su bando.

Pero a medida que la realidad lo golpea y deja de medicarse, ebulle la cucharacha de 'La Metamorfosis', el Edward Hyde de Stevenson.

De actuación hiperreal, Joaquin Phoenix irrumpe en los sentidos del espectador con su delgadez extrema y su molestosa carcajada enferma. Con el sonido de un violonchelo lastimero de fondo encuentra sus movimientos, deja de ser un fantasma y la visibilidad se convierte en su nueva droga.

Como el robo de los 'Dalí' en 'La Casa de Papel', pero en una versión más violenta, los actos del payaso renegado son la chispa que desata la revolución social en Ciudad Gótica. Los que no tiene nada se van contra los que lo tienen todo. La lucha antisistema.

El Joker se convierte en una especie de ídolo para los habitantes. Su camino ya no es una larga y oscura escalera que tiene que escalar. Ahora baila en unos iluminados escalones camino al caos y la venganza.

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Nosotros, que queremos tener claro que no se puede estar del lado del payaso, hasta sentimos ganas de bailar con él, porque los límites entre el bien y el mal se diluyen, como la pintura entre las lágrimas que caen del rostro triste de Arthur cuando se mira al espejo y simula una risa.

Arthur no es un héroe, a ratos es tan cliché que podría protagonizar un video de 'Soy rebelde' de Jeanette. Pero es reflejo del individuo actual, poco empático, aislado y falto de afecto, simulando sonrisas y posturas sociales que no entiende, solo por intentar calzar.

La Ciudad Gótica que idearon Todd Phillips -director y guionista-, y el coguionista Scott Silver es deprimente pero tangible. Esa es su verdadera violencia, no las armas ni la sangre. Saber que cuando abres las puertas de casa y sales a tu ciudad, a cualquier ciudad, vives inmerso en la misma desesperanza del filme. Como cuando hay saqueos a grandes escalas políticas y hordas robando en las farmacias de los barrios. O como cuando cada vez es más difícil saber cuál es el bien y cuál es el mal. Cuáles son los buenos y cuáles son los malos. (O)

 

Redacción
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