Solo dos tradiciones deportivas sobreviven en el difunto deporte guayaquileño, que un día fue el motor del progreso deportivo del país: el Clásico del Astillero y la regata a Posorja. La tercera, la travesía a nado Durán-Guayaquil, murió hace rato como la natación competitiva.

Acompañé a las yolas navegando por el río y mar abierto por medio siglo, reportando para EL UNIVERSO la epopeya de los remeros en sus frágiles yolas desafiando el cansancio de siete y más horas de continuo esfuerzo de brazos y piernas, de equilibrio y orientación, todo ello en medio de la oscuridad de las madrugadas, la marea en contra, embravecida a veces, los peligros del vare en Los Callejones, la lluvia y el oleaje tumultuoso de Cascajal.

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A la salida de Los Callejones, entre la bruma, apenas se veían las luces de Posorja.

Venía entonces la parte más brava de la lucha. Primero, la pericia del timonel para escoger la mejor vía de entrada a Posorja; luego, el evidente cansancio que se intentaba vencer mascando raspadura (las bebidas energéticas vinieron mucho después).

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Esos músculos a veces se rendían entre los gritos del timonel y los otros bogas. Había que cambiar: el timonel ocupaba el canalete y el remero desfalleciente agarraba la piola del timón.

El cambio era un prodigio digno de un equilibrista de circo. Una descoordinación y la yola se iba a pique. Se reanudaba la lucha; las lanchas ya habían salido de Posorja para alentar a los deportistas, que obsesionados por el ansia de victoria no reparaban en sus piernas acalambradas y sus manos llagadas y sangrantes.

Con esta ilustración, River acompañó la crónica de la regata de 1996. Foto: Archivo

Hasta que —al fin— la meta ponía fin a la hazaña de remar hasta Posorja, el balneario que hace un siglo era el predilecto de los guayaquileños.

Todo eso quedó durante medio siglo en las páginas de este Diario, en crónicas bellamente ilustradas por la pluma genial del mejor caricaturista deportivo de la historia de nuestro periodismo: Washington Rivadeneira (River), mi inolvidable compañero desde la primera a la última regata entre 1968 y 2019.

Primero viajábamos en las embarcaciones que ponía Charny Dager Abifandy, con mesa bien servida, espumantes y un conjunto, todo para aliviar la madrugada. Después nos acogió la tropa de Andes de Carlos y Vicente Gómez con su familia históricamente ligada a la regata.

Hasta que un día Alex Wiesner y Jacinto Flor decidieron dar nueva vida a la yola de Liga Deportiva Estudiantil.

Se formó entonces un grupo incomparable. Zarpábamos a la partida de las yolas y, después de espectar los esfuerzos de los primeros kilómetros, partíamos al primer control en Punta de Piedra.

Mientras esperábamos, nuestro recordado compañero Walter Cavero sacaba su equipo y sus pistas y empezaba la primera serenata.

Las más bellas composiciones en la voz de un artista porteño de fama internacional, triunfador en Estados Unidos y México, que un día fue invitado a integrar el famoso trío Los Panchos.

Luego de mirar el desempeño de nuestra yola de LDE al mando de Braulio Baldeón, prendíamos lo motores hacia el faro de Alcatraz, donde se repetía la serenata.

Allí ya había aparecido la temida “contra” y las yolas pasaban junto a nuestra embarcación. Podíamos ver el esfuerzo de los remeros para vencer la naturaleza.

Venía entonces la ruta hacia Los Chupadores para cruzar a Puerto Arturo, último control, y entrada a los temidos Callejones en los que podía decidirse la carrera.

Al filo de la mañana, las yolas y sus acompañantes salían a mar abierto y podía admirarse todo el fragor de la competencia, cuyo destino victorioso estaba en la mejor entrada a Posorja elegida por timoneles sabios, como fueron un día Alfredo Caballero Colombo y Juan Chivo Villamar con Andes y Lorenzo Game Peña en una épica regata al timón de Cleveland.

Cuando todos pensaban que luego de semejante travesía los remeros iban a caer exánimes, ellos celebraban en el agua, sacaban al hombro su yola, recibían un diploma y buscaban recuperación, no en una perezosa ni un sofá. Era común verlos bailando y celebrando la heroica gesta.

Nosotros, los de la caravana, éramos recibidos en casa del patriarca posorjeño Candelario Rodríguez Mirabá con un suculento almuerzo marinero, música de guitarras y bebidas heladas.

Muchos años duró ese gesto de don Candelario, sus hijos, su nuera y el chef Panchito Crespín.

Hoy leo las escasas noticias que se difunden acerca de esa hazaña de gente de nuestro pueblo que entrena en las madrugadas para ir luego a su trabajo, que compite con equipos poderosos financiados con dinero oficial que sirve para importar remos de grafito y yolas de aluminio, mientras los de menos recursos trabajan en sus yolas y canaletes de madera y muchas veces ganan a las yolas aniñadas.

He renunciado a repetir las madrugadas regateras desde que falleció mi inseparable compañero de aventuras Wacho Rivadeneira (River). Sin su fraternidad, su buen humor y su hermandad, la travesía, para mí, no volverá a ser la misma. (D)