Estas reflexiones han nacido de una foto colocada por mi colega y amigo Tito Jurado en su página de Facebook a propósito del cumpleaños de un buen zaguero de los años 60: Abdón Echanique. La plantilla de Barcelona de finales de 1969 posa al pie de la concentración del club, en el hoy desaparecido Reed Park. Están en la gráfica astros de la época que hoy son parte de la leyenda: Vicente Lecaro, Luciano Macías, Miguel Bustamante, Walter Cárdenas, Víctor Peláez, Wacho Muñoz, Pedro Jet Álvarez, el arquero Carlos Medrano (estuvo en el FC Barcelona de España antes de llegar a Guayaquil), Abdón Echanique, y un campeón mundial (sí, sorpréndanse: ¡un campeón mundial!): el siempre admirado y bien recordado Moacyr Claudino Pinto, uno de los que alzó la Copa Jules Rimet con Brasil, en Suecia 1958.

Lo que se muestra atrás es una construcción de madera a la que se llamó ‘la concentración’ y era habitada por los jugadores del ídolo del Astillero antes de los partidos. Es una historia nacida de la falta de medios económicos para pagar hoteles de lujo. Aun con estadios repletos de una hinchada enfervorizada, pero con entradas muy baratas, las finanzas estaban siempre en rojo y se solventaban con el aporte de los dirigentes.

¿Cómo surgió la idea? Para los que no la conocen el Reed Park, un estadio de béisbol construido por el empresario John Mark Reed, se levantaba en el sector de La Atarazana, donde hoy está un hospital. Fue inaugurado en 1946 y allí se jugaban los campeonatos federativos y varios encuentros internacionales. Contaba con un diamante reglamentario de césped y arcilla, una cancha de básquet y otra de fútbol. Se usó hasta 1959, cuando la pelota chica regresó al estadio Capwell que fue construido inicialmente para este deporte y fue ganado luego por el fútbol. Luego fue al primer Yeyo Úraga con graderías de madera, transformado más tarde en un escenario con gradas de cemento gracias al trabajo del inolvidable beisbolista, basquetbolista y gran dirigente que fue Juvenal Sáenz Gil.

En los años 60, cuando el Reed Park estaba ya abandonado, Barcelona lo alquiló para que sirva de sitio de entrenamiento y más tarde de alojamiento de los jugadores que comprendieron que las finanzas canarias no daban para hoteles cinco estrellas. Fue una muestra de humildad, pese a la grandeza de la historia torera. Allí se concentraban para rivalizar con equipos mundialmente famosos como Real Madrid, FC Barcelona, Milan, Benfica, Dínamo de Moscú, Borussia Mönchengladbach, por citar unos cuantos elencos consagrados. Igual lo hacían para el torneo nacional, los clásicos del Astillero y la Copa Libertadores. Antes de la Hazaña de La Plata allí estuvo el plantel y de ese modesto lugar salió para Argentina a enfrentar en 1971 a Estudiantes, triple campeón de la Libertadores y monarca intercontinental.

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Se alienta la degeneración del gusto por la estética.

Cuando se forjó la idolatría, a partir de 1947, Barcelona seguía siendo un club de limitados recursos y su sede era un chalet de caña en la esquina suroeste de Chile y Francisco de Marcos, arrendado por el entonces presidente Wilfrido Rumbea León a la familia Vallarino. En 1948, cuando llegaron los beisbolistas panameños encabezados por el famoso Calazán Hernández, en el viejo local se construyó un altillo y se colocaron unas camas para vivienda de los peloteros. Se amplió luego y allí se concentraron los futbolistas la noche previa al encuentro con Millonarios, en la victoriosa jornada del 31 de agosto de 1949 en que se vio caer al elenco bogotano con todos sus astros, entre ellos Di Stéfano.

El entonces alcalde Rafael Guerrero Valenzuela prometió donar un solar para que Barcelona tuviera su sede propia, y, cosa extraña para un político, cumplió. El que fue sede en la calle Maldonado se construyó en la presidencia del popular Luis Rulimán Guerrero, mediante una colecta entre los socios y el aporte de Miguel Salem Dibo, antiguo socio y expresidente torero. Fue inaugurado en 1954, pero hoy ya no es propiedad de Barcelona: un presuntuoso dirigente lo entregó como parte de pago de deuda a un paquete argentino que él había contratado. La pérdida de ese símbolo del barcelonismo fue una muestra de desprecio a la historia, gesto que no importó cuando el club le erigió un busto con una placa llena de faltas de ortografía.

Por el lado de Emelec, pese a su mote de millonarios, la situación era parecida, pero menos dramática. Lo sostenían dirigentes de recursos que entregaban parte de su fortuna por amor al club. A inicios de los 60 habilitó en los bajos de la tribuna del Capwell una residencial para concentrarse y para que sirviera de vivienda para jugadores extranjeros y nacionales. Cuando llegó don Fernando Paternoster, el inmortal Marqués, no pidió una mansión con piscina, personal doméstico, ni auto de lujo con chofer. Se alojó en los bajos de la tribuna con algunos extranjeros como Cirilo Fernández (quien nos contó hermosas historias una noche en que lo invitamos a Barcelona Astillero), Henry Magri, quien jugó en River Plate; y el paraguayo Lucio Calonga. Paternoster vino solo, sin esa corte de ayudantes de campo y otras fichas que incluyen, a veces, podólogos expertos en tratamiento de callos y juanetes, hasta un coreógrafo que instruye a los jugadores en las danzas individuales y colectivas para festejar los goles.

El Clásico del astillero ya no es una fiesta popular.

En la misma condición arribó otro gran maestro: Francisco Souza Ferreira, Gradym, reconocido en su país, Brasil, como un técnico de categoría. Paternoster creó el segundo Ballet Azul y la artillería de Los Cinco Reyes Magos, que vive en la memoria sin olvidos de los viejos seguidores eléctricos; mientras, el brasileño armaba un Barcelona multicampeón. Los futbolistas de ambos clubes ganaban sueldos modestos que no pueden compararse con los alucinantes emolumentos de hoy pagados a jugadores que no pueden parar un balón y a quienes, en el caso de los extranjeros, nadie conoce en su país.

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Todos estaban comprometidos con el espectáculo que el pueblo pagaba por ver. ¿Cómo pueden expresar ciertos comentaristas que a nadie le interesa el espectáculo sino solo el resultado y que el que quiera asistir a uno que compre una entrada al circo? Eso es un atentado al buen gusto y contribuye al embrutecimiento general y a la degeneración del gusto por la estética. Son los partidarios del ‘como sea’, seguidores tardíos de Maquiavelo -un autor que jamás han leído ni leerán-, quien aseguraba que “el fin justifica los medios”. ¿Cuál es ese fin?: El triunfo ‘como sea’. ¿Una muestra?: el último Clásico del Astillero en el que predominó la violencia, la más execrable simulación y un total irrespeto al público. El Clásico ha perdido la nota de una fiesta popular en la que todos los jugadores mostraban un amor indeclinable por la camiseta, un enorme fervor en busca de la victoria, y era una vergüenza echarse al piso fingiendo una falta.

Todo eso se ha perdido en nuestro fútbol y a quienes reclamamos por las detestables costumbres que vemos hoy, los fanáticos del ‘como sea nos llaman “románticos”, adjetivo que, de virtud, se ha transformado en insulto. (O)