Deberíamos estar acostumbrados a sentir el manotón humillante en los cachetes cada vez que nos toca debutar en Copa América. Antes porque éramos principiantes; luego porque íbamos sin preparación, sin experiencia, sin cuidados médicos, viajando por tierra, por barco y algunas veces por avión, como en 1949, cuando volamos 24 horas rumbo a Brasil y jugábamos sin tiempo a reponernos físicamente.

Nuestros jugadores no eran profesionales; eran estudiantes, empleados u obreros que tenían al fútbol como actividad económica complementaria. Así participamos por muchos años, hasta que Carlos Coello Martínez, recordado presidente de la Federación Ecuatoriana de Fútbol, trajo en 1988 al montenegrino Dussan Draskovic y todo empezó a cambiar. Era otra generación. Los seleccionados ganaban bien y fueron sometidos a una preparación física y técnica moderna, aparte de los nuevos valores que descubrió en recónditos lugares del país. Ellos fueron la base para la clasificación al Mundial 2002.

Analizar el partido perdido (2-1) contra Venezuela es un ejercicio inútil. Fue más de lo mismo. Un arquero que dio un rebote en un balón que inquietaba poco; dos centrales que fallaron en los momentos decisivos y que recibieron deficiente colaboración de los volantes de marca. ¿Dónde estaba Moisés Caicedo, tan publicitado por propagandistas vociferantes que lo proponen para ganar el Balón de Oro?

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Un ocurrente amigo que ve muy bien el fútbol y lo jugó mejor propone bautizarlo como Houdini, el ilusionista austrohúngaro que desaparecía del escenario ante el asombro del público. Salomón Rondón, el veterano artillero, estaba solo en el área cuando puso un pase gol y luego cabeceó el esférico en palomita, que luego dejó escapar Domínguez para el ingreso del delantero vinotinto que encontró a un Willian Pacho soñando en pájaros preñados para regalar el gol de la victoria de los llaneros.

La torpe acción de Enner Valencia, que provocó su expulsión, nos dejó sin opciones. ¿Qué quedaba para Ecuador? Defenderse con orden, sin renunciar al ataque. No pudo hacerlo porque nadie piensa ni marca en la Selección. El gol de Jeremy Sarmiento, el más activo en el acarreo, fue un obsequio de Venezuela. Un despeje le permitió resolver bien. Una regla del fútbol ordena que un equipo en inferioridad numérica debe tratar de mantener la posesión del balón, pero ello exige contar con jugadores hábiles e inteligentes.

Sarmiento quiso ser uno de ellos, pero no tuvo colaboración en Kendry Páez, que volvió a fracasar. Félix Sánchez Bas dispuso que Ecuador se replegara y dejara a Venezuela el comando de las acciones. Sacó a Sarmiento y entró Carlos Gruezo, que debe tener un representante ‘palo grueso’ por su influencia para que lo convoquen siempre.

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Hoy estamos con la soga en el cuello. Hay que vencer a Jamaica y México sin contar con hombre de ataque. Nombrar a Kevin Rodríguez y a Jordy Caicedo para esa función parece broma. Tampoco tenemos marca y creación en los volantes, y pocas variantes en la defensa. Únicamente queda la ilusión de revertir la historia y la estadística en una Copa América que son bochornosas. Lo publicó EL UNIVERSO: solo hemos ganado tres partidos en el siglo XXI, y el último triunfo ante un rival de Conmebol fue en Colombia 2001.

La prédica triunfalista de algunos seleccionados, de exfutbolistas y de periodistas serviciales está en receso hasta el partido ante Jamaica, equipo modesto, pero que exhibió alguna peligrosidad ante México. Queda la esperanza de que ese Ford modelo T año 1930 que es Ecuador logre subir la empinada cuesta de la Copa América. El motor tose más que la protagonista de La dama de las camelias (novela de Alejandro Dumas, dato para periodistillos que han confesado que no leen ni Condorito) y el conductor no puede con los cambios, el freno y embrague.

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A propósito de estos raros especímenes que presumen de sabios, varios de ellos llaman a estos futbolistas que se rodaron las escaleras ante Venezuela “generación dorada”. ¿Cuál es el origen de este calificativo tan repetido en el estercolero de redes sociales por una muchachada que tampoco se distingue por su afición a la lectura y odia la ilustración?

Leí hace muchos años que esto de generación dorada, o generación de oro, nació en la década de los años 50 y fue atribuida a la selección de Hungría, un equipo al que se considera el precursor del fútbol total. Fue una escuadra excepcional formado por Gusztáv Sebes y tenía como base al famoso Honved. Ganó 42 partidos, empató 7 y perdió solo una vez ante Alemania.

Cumplía con una regla fundamental en el análisis de un equipo: para calificarlo de “generación dorada” debían ser todos estrellas, desde el arquero hasta el alero zurdo. Y basta nombrar a algunos de ellos: Ferenc Puskás, Zoltán Czibor, Sándor Kocsis, Nándor Hidegkuti, Ferenc Szusza, József Bozsik y Gyula Grosics.

Puskás, a quien tuve la oportunidad de ver con Real Madrid en 1961 en el estadio Modelo, era un prodigio: marcó 802 goles en 792 partidos. Kocsis, otro goleador sensacional, fue calificado así por un periodista español durante su estancia en FC Barcelona: “Es la mejor cabeza de Europa, después de Winston Churchill”.

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Aquello de “generación dorada” parece haber nacido en nuestro novicio periodismo, tan adicto a la exageración, tomado de la denominación dada en Chile a su selección desde 2007. El padre de ese equipo es Marcelo Bielsa, quien transformó todo el andamiaje técnico y anímico de los jugadores y cambió una historia de fracasos y decepciones. El Loco, que no tiene nada de tal, dejó un sello indeleble en el balompié chileno. Aunque no cosechó títulos, sembró la semilla de una generación dorada.

Como en cada lugar que pisa, Bielsa no deja a nadie indiferente y en Chile dejó a un pueblo enamorado del hombre transformado en ídolo. Jóvenes como Claudio Bravo, Arturo Vidal, Charles Aránguiz, Gary Medel y Alexis Sánchez dieron a Chile la Copa América del 2015, con Jorge Sampaoli en la conducción, y la del 2016, con Juan Antonio Pizzi como DT.

¿Qué han hecho nuestros jugadores para que los aplaudidores de siempre llamen “generación dorada” a nuestra Selección? Nada. La nada más absoluta hasta hoy. Llegaron a Qatar 2022 porque hoy las eliminatorias se juegan durante tres años en 18 partidos, no como hasta antes de 1998, cuando se definían en un mes en cuatro partidos, con dos o tres cupos para Conmebol. Para Ecuador la Copa América sigue siendo un fiasco, y presentaciones como la del último sábado son vergonzosas.

El periodismo crítico, sin compromisos dirigenciales, tiene el deber de frenar tanta exageración ridícula y sospechosa. El optimismo debe basarse en realidades, no en sueños de perro, parodiando a un maestro vicentino que usó la fuerte expresión cuando incursionó en la política.

Todos aspiramos a una actuación meritoria de la Selección, pero repudiamos la lambisconería que oculta un hecho irrefutable: hay algunos jugadores rescatables y ninguna estrella en la Tri. Hasta voluntad faltó cuando Rondón pivoteaba solo en el área nacional y provocaba jugadas de gol. (O)