Hasta llegar el nuevo milenio (Corea y Japón 2002), los Mundiales no salieron de Europa o América. El fútbol de alto nivel se circunscribía apenas a la UEFA y la Conmebol. Todo lo demás eran expresiones muy menores.
Por eso se turnaban en la organización de las Copas del Mundo. Después de Suiza ’54, le tocaba a América del Sur hospedarla. Y a Argentina en especial, que la venía reclamando de largo tiempo atrás.
Argentina es el octavo país más grande del mundo, el más futbolero y la primera asociación fuera de Europa afiliada a la FIFA; no obstante, sus desencuentros con la entidad matriz duraron más de un siglo.
Y el Viejo Continente montó su cuarto Mundial, esta vez en Escandinavia. Suecia presentó un amplio listado de 12 estadios, sin gran aforo, aunque modernos. Ese fue un argumento de peso para ganar la sede.
Se inscribieron para participar 55 países (récord), lo que da una pauta: la pasión por el fútbol aumentaba y los Mundiales comenzaban a ser un evento universal esperado con alta expectativa.
Que en Suecia recibiría un envión de popularidad excepcional. Hubo sorpresas entre los 16 participantes: quedaron fuera dos bicampeones mundiales, Italia y Uruguay.
También faltaron Bélgica, Holanda y España, pero aún no eran lo que son actualmente. Y por primera y única vez compitieron las cuatro unidades políticas del Reino Unido: Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte. También hizo su estreno mundialista la gigantesca Unión Soviética.
Después de 24 años de automarginarse (28 si contamos con que en 1934 presentó un equipo amateur), volvió Argentina a los Mundiales. Que salió de Buenos Aires con un aire triunfal, pues el año anterior había ganado el Sudamericano de Lima con un fútbol fantástico, y había goleado a Brasil con Garrincha en el campo.
Pero no llevó a ninguna de las estrellas campeonas, pues el terceto central -Maschio, Angelillo y Sívori- había sido transferido en sumas millonarias al fútbol italiano. También Grillo, otro crack. Y no fueron tenidos en cuenta.
Su participación fue tan lamentable que quedó grabada para siempre como “El desastre de Suecia”. Fue eliminado en primera fase, perdió 3-1 con Alemania, que ya se perfilaba como potencia, y 6 a 1 con Checoslovaquia. Los jugadores fueron recibidos en Ezeiza con insultos y monedazos. Pipo Rossi, para reflejar lo mal preparados que estaban, señaló: “Yo tenía reuma, jugaba con un alambre de cobre rodeándome la cintura”.

Dos sucesos se unieron en Suecia para cambiar el curso de la historia del fútbol: en enero de 1957 asumió la presidencia del fútbol brasileño el empresario Joao Havelage, un dirigente histórico, que inyectó orden, planificación, seriedad competitiva.
Sabía que Brasil poseía grandes talentos, pero carecía de organización. Brasil venía de la catástrofe de Maracaná en 1950, y de una deshonrosa eliminación en 1954, con una batalla campal jamás igualada contra Hungría.
El otro punto fue la aparición de Edson Arantes do Nascimento, un muchachito de 17 años que revolucionó el fútbol mundial.
Hasta su aparición, el brasileño era un fútbol considerable, aunque estaba un escalón por debajo del argentino o el uruguayo en el mapa continental; a partir de Pelé se convirtió en el más ganador del mundo. Mejor que eso, en el más admirado, por su estilo preciosista y contundente.
Le quedará a Suecia, para siempre, el honor de haber puesto marco al advenimiento del primer rey del fútbol. Y, en adelante, todos los amantes del juego seríamos sus súbditos.
Europa enloqueció con el chico del Santos, que no jugó los dos primeros partidos. En el tercero, tras un opaco empate 0 a 0 con Inglaterra, el técnico Vicente Feola mandó al campo a Pelé y Garrincha y nació un binomio explosivo.
Con ellos en cancha, nunca perdería un partido la Verdeamarilla. Garrincha era la gambeta impredecible, el desborde, el centro letal, el desequilibrio más absoluto. Pelé era la frescura, la magia, la técnica, el gol. O, para sintetizarlo, el futbolista perfecto. Fue el primer atleta global de la historia.
El fútbol no había sido universalizado aún (eso fue obra justamente de João Havelange, que lo introdujo hasta en los últimos confines del África, el Asia y Oceanía), pero incluso los países más exóticos y no futbolizados reclamaban su presencia de Pelé.
Y O Rei llevó su encanto y su sonrisa. Reivindicó a su raza, reyes rubios se rindieron ante él. Lo contó en “Mi legado”, su libro autobiográfico: “Durante el Mundial de 1958, los niños suecos solían tocarme la cara para comprobar si no estaba pintado, nunca habían visto a nadie de raza negra; no me molestó para nadao, eso es parte de la inocencia y la pureza de los chicos”. Se transformó en un adjetivo; cuando alguien era muy bueno en algo se decía “Es Pelé”. O en contrario, para reprobarlo: “¿Quién se cree que es, Pelé…?”

El 10 en su espalda conllevó una equivocación generalizada: que ocupaba la función de volante ofensivo; error, aunque no era un 9 de área como Romario o Gerd Müller, jugaba de delantero puro.
Seguramente fue el futbolista más completo de la historia por técnica, clase, temperamento y objetividad. Jamás hizo un firulete de más, todo era para ganar. Tenía el pecho de gomaespuma, lo hundía para docilizar el balón y lo dormía.
En el toque corto, triangulando, fue sensacional, sorteaba la espesura del área con precisión quirúrgica. Sus paredes con Coutinho en el Santos fueron antológicas.
De respetable remate, mejor direccionado que potente, su cabezazo era excepcional: maravillosa elevación, arqueo del torso hacia atrás para dar fuerza al golpeo e impacto perfecto, artístico, con potencia y dirección.
Transformaba su cabeza en un martillo. Sin la misma habilidad o dominio de Maradona o Messi, deslumbraba igual. Era manso si los marcadores mostraban lealtad, si elegían pegar despertaban el carácter indomable de Edson Arantes. A malo, malo y medio.
En su debut ante la URSS, fue victoria 2-0 con dos goles Vavá, pero luego hubo una seguidilla sensacional de Pelé: marcó el 1-0 a Gales en cuartos de final, 3 tantos en el 5 a 2 a Francia en semis y dos más en la final con Suecia, también finalizado en 5 a 2. Seis goles de calidad, aunque se recuerda especialmente el anotado a Gales, una exquisitez. Todo con 17 años.

Suecia no llegó a la definición sólo por ser local. Era un fútbol amateur que pagaba a sus jugadores con trabajos bien remunerados. Había ganado los Juegos Olímpicos de Londres en 1948, fue tercero en el Mundial de 1950 y medalla de bronce en la Olimpíadas de 1952.
Brillaba el célebre trío Gre-No-Li, compuesto por Gunnar Gren, Gunnar Nordahl y Nils Liedholm.
Los tres pasarían casi inmediatamente al Milan de Italia, donde fueron campeones y estrellas, sobre todo Nordahl, quien es el cuarto goleador histórico del Calcio, aunque él no tomó parte del Mundial ‘58.
La selección sueca hizo méritos, venció a México, Hungría, Unión Soviética y tumbó al campeón vigente, Alemania, con un rotundo 3 a 1.
En la final, Suecia no tuvo chance alguna ante un Brasil maravilloso, que no era sólo Pelé y Garrincha.
Didí fue un estratega iluminado, en el medio hubo cátedras de Zito, Vavá era un 9 rápido, rebotero y astuto. Y una defensa muy sólida con Djalma Santos, Bellini, Orlando y Nilton Santos.
Ahí nació la era dorada del pentacampeón, la selección más mundialista de todas. Y el jogo bonito conquistó a todos los públicos. (O)























