Hay ocho millones de historias en la ciudad desnuda; y hay decenas de leyendas en el fútbol relacionadas con sorteos y bolilleros. El reciente del Mundial las reactualizó. Uno de esos episodios recordables aconteció en 1975 en la Copa América, esa venerable anciana de 106 años que luce espléndida siempre y ha sido pionera de tantos advenimientos futbolísticos. Por primera vez la Copa dejó de disputarse en una sola sede, como había sido tradición desde 1916. Se pasó a jugar a partido y revancha en cada país y se conformaron tres grupos de tres equipos; el primero de cada uno pasaba a semifinales y allí se sumaba el último campeón. Esto redujo su repercusión, se perdía el encanto de reunir a todas las delegaciones durante un mes en un mismo sitio. Como paliativo, el hecho de que Argentina y Brasil integraran una misma zona al menos garantizaba un clásico y confería cierto interés. Adicionalmente, uno quedaría eliminado, lo que daba mayores posibilidades de llegar a la final a las selecciones denominadas chicas. Fue lo que sucedió: definieron el título Perú y Colombia.

Ecuador estaba aún a años luz de este luminoso presente; compartió grupo con Paraguay y Colombia, perdió tres encuentros, empató uno y terminó último. Lo dirigía Roque Máspoli.

Hasta 1967, la asociación que albergaba el torneo asumía todos los gastos e iba a pura pérdida. Por eso nadie pedía organizarla. No estaba desarrollada la televisación del torneo, la cual comenzó en 1987; tampoco el mercadeo. El único ingreso era el de las taquillas de los partidos y, desde luego, un Uruguay-Argentina o un Argentina-Brasil despertaban expectativa, pero luego había choques menos relevantes. Buen ejemplo fue esa edición de 1967 en Uruguay, una copa gris, con escasísimo público y poca repercusión. Dos detalles ilustran la apatía en aquella contienda: uno, en la penúltima fecha se disputó una anodina jornada doble; los cuatro protagonistas saltaron al campo ya sin chance de alcanzar el primero o segundo puesto; Chile empató 0-0 con Bolivia y Paraguay venció 5-3 a Venezuela. Se vendieron apenas 343 entradas, la cifra más baja de la historia para un torneo continental de selecciones mayores. No jugaba la Celeste, fue un día de calor insoportable, en fecha laborable y a las cinco de la tarde. Al desprevenido que pasaba cerca del Centenario lo metían para adentro. Por eso, cuando a uno le cuentan que era todo mejor antes -que lo vivió- no le queda más que reírse.

Desde ese 1967 la Copa entró en un cono de sombras y casi desaparece. Por ocho años no se disputó. Para salvarla, se resolvió ese nuevo formato de grupos y jugando cada uno en su país a partido de ida y vuelta. No pegó en el gusto del aficionado, pero sirvió para mantener viva la competencia. Que volvió en ese 1975.

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En firme campaña, Colombia había alcanzado por primera vez la final luego de tumbar sucesivamente a Ecuador, Paraguay y Uruguay. El Caimán Sánchez había conformado un equipo importante, con Pedro Zape, Willington Ortiz, Diego Umaña, Jairo Arboleda, Víctor Campaz, Ernesto Díaz (goleador de esa copa). Ganó y esperó al vencedor de la otra llave: en Belo Horizonte, Perú dio un sartenazo batiendo a Brasil 3 a 1. Era un Perú bravo, el de Meléndez, Chumpitaz, Cubillas, Oblitas, Cachito Ramírez… Muchos buenos. Aquella de los peruanos no fue una generación, fue una civilización. No era tanto lo que ganaban sino lo que jugaban. Una delicia. Pero Brasil es Brasil siempre: fue a Lima y se impuso 2 a 0. Quedaron igualados en todo. El reglamento tenía un vacío, no hablaba de alargue ni de penales. Debieron recurrir a un sorteo. Y empezó una novela. Los directivos locales comenzaron a hacer tiempo, buscaban dilatar mientras pergeñaban la forma de asegurarse la final. Era una oportunidad imperdible de alcanzar el título, no siempre al alcance de la mano de Perú. La bolilla debía favorecerlo sí o sí. Pero el delegado brasileño se puso firme: “Hacemos el sorteo ahora o nunca, nosotros viajamos esta misma noche”. En el interín empezó a hablarse de bolas frías y calientes, la clásica picardía criolla. Había que poner una bola en el refrigerador urgente. Esa debía contener la palabra Perú y quien la sacara del copón debía estar debidamente instruido.

La tensión se cortaba con tijera. Para mejor, el sorteo iba a realizarse en Perú, el presidente de la Conmebol era un peruano -Teófilo Salinas- y no tuvo mejor idea que apelar a su hija Verónica, una adolescente, para extraer el nombre ganador. Y fue Perú, nomás. Finalista mediante el azar. Pero en fútbol siempre hay más bocas sucias que suciedad: no hubo trampas. Y menos bolas frías ni calientes, porque ni siquiera eran bolas. Se usó un viejo trofeo como urna, se introdujeron dos papelitos y la niña sacó uno. El representante brasileño se retiró con gesto adusto, casi sin saludar, pero no pudo objetar el procedimiento.

En Bogotá, Colombia ganó el primer chico, en la Ciudad Virreinal se tomó desquite Perú 2 a 0 y hubo que ir a un desempate en Caracas, una capital que, hasta ese año, jamás había hospedado un partido de Copa América. Los directivos incaicos entendían que necesitaban un plus para garantizar la corona: ese valor agregado era Hugo Sotil, quien en ese momento brillaba en el FC Barcelona formando una dupla letal con Johan Cruyff. Pero entonces los clubes no estaban obligados por la FIFA, como ahora, a ceder sus jugadores a las selecciones. Y no los daban. Por ello el Cholo no disputó ningún encuentro para su equipo nacional en ese torneo. En los seis días que mediaron entre el segundo cotejo y el tercero, la Federación Peruana movió tierra y aire, le pidió a Sotil que ayudara presionando al presidente del Barça para que le permitieran venir y jugar. Todo era que no y no, hasta que al final el jugador lo consiguió: pidió sólo 72 horas de permiso, tomaría un vuelo directo a Caracas, jugaría y retornaría urgente para estar a disposición del club el fin de semana siguiente. Lo autorizaron. El Cholo llegó al aeropuerto de Maiquetía como una estrella de Hollywood, lukeado a la europea, con un traje cruzado a rayas, anteojos oscuros y sonrisa de un millón de dólares. Y cumplió como estrella: desensilló, entró al campo, anotó el único gol de la noche, besó el trofeo y se volvió a Barcelona. En el único partido que jugó en su vida por la Copa América. (O)