¿Sensación…? ¿Fracaso…? ¿Oferta puramente marketinera…? Sólo el tiempo lo dirá. Sin brillo, dejando a medio mundo con las ganas de ver más, debutó el miércoles el nuevo y rimbombante tridente de ataque armado por el Paris Saint Germain: Messi, Neymar y Mbappé. Tal fue el grado de expectativa que, habiendo choques más jerárquicos como Liverpool-Milan o Inter-Real Madrid, el compromiso inicial del PSG en Champions ante el Brujas fue transmisión central en casi todos los continentes. Entre Liverpool y Milan reúnen 13 títulos europeos, en tanto Inter y el Madrid suman 16. Brujas y PSG ninguno, pero la promesa de espectáculo pudo más que la tradición. Es lo que despiertan los genios, los grandes talentos cuando comparten las tablas.

Fue propiamente un acto fallido. Mbappé, de buen presente, recibió un golpe en el tobillo en el primer tiempo, se mostraba muy dolorido, intentó seguir en campo, pero ante un nuevo impacto salió en el minuto 50. Gracias a un desborde suyo en velocidad (su arma destructora, la aceleración y potencia), llegó el gol de Ander Herrera. Neymar, casi una sombra del fenómeno que conocemos, sin respaldo físico para su habilidad, perdió todos los duelos individuales mostrando el mismo inquietante nivel por el cual lo critican en Brasil cuando juega en la Selección. Y Messi hacía su estreno como titular en el equipo. Leo fue el más parejo: metió un zurdazo en el travesaño, le dio un pase-gol a Mbappé que este definió al cuerpo de Mignolet y en el segundo tiempo se hizo cargo de la conducción del PSG, permitiendo los tibios mejores momentos de los parisinos. Sumado todo, muy poquito, apenas unas monedas.

Pero recién empieza el trío a compartir cartelera; se puede esperar muchísimo más. Neymar debería levantar un trescientos por ciento, Mbappé entenderse con Messi (a Ney ya lo conoce) y Leo encontrar su mejor ubicación y los caminos por donde explotar el vértigo del francés y las paredes con el brasileño. Messi es un jugador de asociación, por eso y por su característica de tocador, integró ya cuatro tridentes fantásticos: Xavi-Iniesta-Messi, Ronaldinho-Eto’o-Messi, Messi-Eto’o-Henry y, en materia ofensiva, el trío cumbre, la MSN: Messi, Neymar y Suárez. También logró un dúo magistral con Dani Alves y otro muy redituable con Jordi Alba. Messi-Iniesta-Xavi fue un deleite para la vista, juego veloz a un toque, en corto y con altísima precisión; Messi, Neymar y Suárez, a su vez, letal en el área.

En teoría, el nuevo MNM debe combinar el mutuo conocimiento y la fantasía de los dos primeros con el pique a los espacios de Mbappé, que podría hacerse un festín con los pases filtrados de sus dos socios. Veremos qué dan. La sola reunión de nombres no garantiza eficacia, aunque la amalgama entusiasma.

En materia de tríos ofensivos hubo, desde luego, muchos trinomios estelares o de alto goleo a través de la historia. No obstante, cuatro están en el olimpo de la evocación por grado de entendimiento, contundencia, títulos ganados y, sobre todo, por sus movimientos artísticos y la hermosura de sus combinaciones. El primero, sin duda, el del Real Madrid de las copas de Europa de finales de los ‘50: Di Stéfano, Puskas y Gento. Alfredo era la multiplicidad, el gol, el carácter ganador; el húngaro la zurda genial y picante; Gento un rayo tipo Mbappé. Quedaron en la historia.

Luego vinieron otros tres fenómenos: Coutinho, Pelé y Pepe. Los tres surgidos de la cantera santista. Sin contar la exquisitez de sus tabelinhas (paredes), jugando juntos, entre los tres marcaron 1.300 goles oficiales y más de 2.000 contando las giras del Santos. Trece años compartieron camarín en Vila Belmiro. Pasaban la bola por el agujero de una aguja. Probablemente algo irrepetible. Contemporáneo a ese ballet blanco, hizo furor en Inglaterra el trío Bobby Charlton-Dennis Law-George Best. Bobby, volante-delantero excepcional, técnico, era el cerebro, aunque llegaba mucho a la red; Law el artillero puro, y Best la gambeta, la verticalidad, la inspiración, quien hacía delirar a los hinchas del Manchester United. Una estatua los perpetúa en el frente del estadio de Old Trafford.

Y la última demostración de altísima belleza asociada al triunfo fue la ya mencionada del FC Barcelona: Messi-Suárez-Neymar. Tres amigos que conjuntaron sus fabulosas aptitudes para armar verdaderos festivales de fútbol. Jugaban a ojos cerrados, fueron la sublimación del espectáculo. Los interminables abrazos y sonrisas en la celebración de cada gol reflejaban la amistad y el placer de jugar juntos y hacer diabluras, un factor fundamental en el armado de un gran trinomio. No alcanza con la calidad. Además, esta última iluminación futbolística (Messi-Suárez-Neymar) tiene el mérito agregado de haber hecho las maravillas que hizo en un contexto mucho más difícil que hace sesenta o setenta años, cuando el fútbol era más estático, más lento, con menos prevenciones defensivas y ofrecía más espacios; había más tiempo para resolver. A los tres del Barça siempre los estaban esperando dos líneas de cuatro, con defensores que eran atletas y con grandes dispositivos tácticos de defensa. Pero pasaban igual.

En el mismo lapso, el Madrid armó la BBC, Bale-Benzema-Cristiano, con el objeto de competir con la trinidad barcelonista, pero, aunque los tres son buenos y ganaron títulos, no alcanzaron ni por asomo el placer estético del tridente sudamericano azulgrana. Eran más efectividad que arte.

Uno tiene la casi irrefrenable intención de agregar a Gullit, Van Basten y Rijkaard, inolvidable tridente holandés del Milan en los años ‘80, sin embargo estamos recordando tríos puramente ofensivos y Rijkaard era un centromedio defensivo, aunque también sumaba su enorme categoría al ataque. Por lo mismo que no incluimos a Xavi-Iniesta-Messi, seguramente la mayor expresión de preciosismo de todos los tiempos sobre un rectángulo. Xavi e Iniesta eran volantes.

Para que se dé algo como Coutinho, Pelé y Pepe, Di Stéfano, Puskas y Gento, Charlton-Law- Best o Messi, Neymar y Suárez deben confluir un sinnúmero de virtudes y elementos, en el campo y también en el vestuario. La del Paris Saint Germain es, por ahora, una incógnita, ilusión de hinchas. (O)