Todo comenzó en un ordinario compromiso de liga frente al Groningen de visita. El Ajax ni siquiera peleaba la punta. En realidad, sí tenía algo de especial: su hermano Stanley, que llevaba un tiempo viviendo en Canadá, de pronto se enteró que Marco se había convertido en futbolista profesional. Y que al parecer era bueno. Había vuelto a Holanda para verlo y estaba en la tribuna junto a su padre. Él quería demostrar. “Esos partidos no te los regalan, hay que ganarlos a pulso”, dice Marco. Y sigue: “Perdí una pelota en mediocampo y entonces hice esa entrada en nuestra propia mitad, junto a la línea de banda, contra Edwin Olde Riekerink. Le entré con fuerza. Estaba irritado. Enseguida noté dolor en el tobillo derecho. Normalmente uno piensa ‘uf’ y luego sigue, pero el dolor no se iba. Tuve que abandonar el campo al cabo de media hora. No era algo que me sucediera a menudo, apenas me lesionaba”.

Fue el 7 de diciembre de 1986. Marco Van Basten no lo olvidará nunca. Estaba estrenando sus 22 años y ya era triple goleador de la Primera División de Holanda. Sin embargo, en ese tonto e imprudente cruce a los pies de Riekerink se iniciaba un martirio que marcaría toda su carrera, incluso su vida. La gloria que aún le esperaba estaría atravesada siempre por un persistente y maldito dolor que acabaría retirándolo del fútbol con apenas 28 años, estando en la cima y con muchos más goles y triunfos por delante. Allí empezó un largo calvario de tratamientos, operaciones, rehabilitaciones, fracasos, experimentos, consultas, siempre conviviendo con el dolor. Aquella misma tarde fue con el médico del Ajax a hacerse una radiografía porque sentía demasiado dolor, le dijeron que no era nada especial, que esperara un poco. Casualmente, una semana después lo operarían del otro tobillo, el izquierdo. Ya llevaba todo ese año 1986 con molestias en ese tobillo, pero su drama sería el otro.

Marco Van Basten fue, después de Joahn Cruyff, el más grande futbolista holandés de la historia. No es poco al tratarse de un fútbol que ha dado tantos cracks. Tres veces Balón de Oro, ganador de 6 ligas (3 con Ajax y 3 con Milan), 2 Champions y una decena de títulos más, máximo goleador en seis ocasiones -4 en Holanda, 2 en Italia-. Y todo lo consiguió sin estar en la plenitud física. Los aficionados del mundo nos dimos cuenta del fenomenal jugador que era en aquella final de la Eurocopa de 1988 frente a Unión Soviética cuando tomó un centro largo, alto y, así como venía, de volea, y en el aire sacó una bomba que se incrustó en el arco de Rinat Dasayev, No es normal ver un gol así, con tal potencia, dirección y desde un ángulo sesgadísimo. Era incluso osado rematar desde ahí. “¿Y éste quién es…?”, pensamos. Era un individuo que jugaba con cara de enojado, serio, pero con una elegancia desusada para un número 9. Estábamos demasiado habituados al típico centrodelantero de fuerza, oportuno, incluso troncón.

Cuando todos los grandes clubes quisieron reparar en él, ya estaba en el Milan, que se había anticipado y lo pagó a precio de saldo: 2,5 millones de dólares. Van Basten era Haaland + Mbappé + Benzema. Con una mente superior a la de los tres. Pero la fortaleza que le sobraba en la cabeza le escaseaba en las piernas. En noviembre pasado lanzó su libro.

“Siento que es un buen momento para contar mi historia. La historia que jamás he contado. No tendré piedad de nadie. Y menos aún de mí mismo”. Así arranca Marco Van Basten en el prólogo de su autobiografía, titulada Basta en su holandés original, Frágil en español, una de las maravillosas lecturas que cada tanto nos pone al alcance Roca Editorial a través de su sello Córner. Otras han sido Puskas sobre Puskas, Cómo leer el fútbol (Ruud Gullit), Liderazgo (Alex Ferguson), que también hemos disfrutado.

Marco se describe a sí mismo casi como un tipo hosco, casi inamistoso. “Los periodistas, los fans, los focos y la admiración, todo me parecía exagerado, una carga, incluso me irritaba… Todo eso me apartaba de mi objetivo: ser el mejor. Y me refiero a ser el mejor de todos, del mundo. Dejé todo a un lado para alcanzar esa meta y me pasé… me dejé llevar por un ansia ciega, derribando lo que se interpusiera en mi camino”.

Cuenta que su gran amigo Johan Cruyff, a quien le tocó reemplazar en el Ajax, era su técnico en 1986 y necesitaba mostrar resultados. “El PSV era una máquina y ya no podíamos pelearle el campeonato, así que nos centramos en la Recopa de Europa, donde teníamos buenas posibilidades. Johan estaba obsesionado con eso”, relata Marco hoy, a los 56 años. En un momento es como que Cruyff no le creía lo de los dolores. Le pidió una reunión personal y le dijo que, si no quería entrenar, que no lo hiciera, si no quería jugar, lo mismo. “Descansa, recupérate, pero te pido algo, y quiero ser muy claro: tienes que ganar la Recopa para nosotros. Y si no la ganas, te mato”.

La final fue en mayo de 1987 ante el Lokomotive Leipzig en Atenas. Ajax ganó 1 a 0 con gol de Van Basten. “Antes del partido me paré frente a un espejo y me dije: olvídate del tobillo, esta noche tienes que hacerlo”. Ya estaba vendido al Milan. La primera temporada fue prácticamente en blanco, casi no jugó, pero el Milan lo respaldó y escondió el tema porque decir que había fichado un jugador lesionado era muy mala propaganda. Y antes de final de año, cuando ya no daba más, lo llevaron con el doctor René Marti, suizo, número uno de tobillos en Europa. El diagnóstico fue cruento: “No tiene buena pinta, seguramente llevas un año jugando con los ligamentos del tobillo rotos. Lo que encontrado es una carnicería, el daño es irreparable”.

Tenía 23 años y era un crack sensacional. Siguió por su juventud, por sus ganas. Nunca estuvo al cien por cien. Pese a todo, construyó un amor mutuo con el Milan e hizo una carrera fantástica. Hasta que no pudo más. El título de su libro resume todo: Basta. (O)