La visión de aquel instante memorable de nuestras vidas, que significó la adopción de una profesión a la que nos parecía estar destinados, la compartimos con emoción y nostalgia Luigi Pescarolo y yo cuando parados en la entrada de Diario EL UNIVERSO, nuestro joven entrevistador, Antonio Romero, pidió que se abriera la puerta de acceso al añoso edificio de la calle Escobedo. Nos saltó vertiginoso el corazón porque esos peldaños guardaban la memoria de nuestros primeros pasos. Por ellos ascendimos de novatos aspirantes en la profesión más bella del mundo a veteranos periodistas hoy, muchas décadas después de aquel primer acceso. El edificio fue primero templo masónico y EL UNIVERSO lo adquirió en 1931.

Para quienes laboramos allí siguió siendo un templo en que practicamos con integridad y responsabilidad toda la liturgia de la información veraz, solo comprometida con la verdad y el benéfico interés social. Estaremos hasta el 16 de septiembre de 2022 celebrando el año del centenario. El aniversario no ha pasado. Recién empieza y en mi columna anterior resucité algunos nombres de quienes dirigieron el Diario y escribieron en él. Hice una breve referencia a nuestros compañeros de redacción, de modo especial, pero se quedaron sin mencionar otros que formaron parte importante de la vida, logros y popularidad de nuestro rotativo, pero cuyos nombres han caído en el olvido porque no escribían y tampoco eran fotógrafos. Muy pronto supimos que, sin el regente, linotipistas, tipógrafos, armadores, los de fotomecánica, correctores de pruebas, choferes y más personal, el Diario no habría podido circular y nuestros artículos, notas, columnas jamás se habrían publicado.

Toda esa colectividad produce un medio de comunicación, desde los altos jefes, periodistas, gente de talleres, personal de administración, de publicidad y un enjambre de colaboradores. Hablo de talleres y es posible que los que hacen hoy el aprendizaje de comunicación social y los jóvenes no sepan a qué me refiero, y les explico. Los periodistas de antaño nacimos a la profesión en la “era del plomo”, no de pistolas humeantes, sino de linotipos que escribían el material periodístico en moles muy pesadas.

En el rocoso edificio del centro, en el último piso, en donde estaba la sección Talleres, había trece linotipos y cada uno pesaba una tonelada. Un recipiente de plomo hirviente, al ritmo del tecleo del linotipista, iba produciendo la ‘galera’, una columna de plomo donde estaba el artículo. Terminada esta fase, la galera pasaba a los ‘armadores’, quienes la colocaban en un marco del tamaño de página del periódico y cuando esto estaba listo, entintaban la galera y le pasaban un rodillo sobre una hoja. El artículo impreso iba a los correctores, que previamente habían revisado la ‘cuartilla’, una hoja rectangular de papel periódico donde escribíamos nuestros artículos en las máquinas de escribir de la época. Si había un error, volvía al linotipista para su corrección. Hoy que cada periodista pone títulos y maneja todo el proceso de producción de su página, les parecerá que narro una clase de arqueología, pero esa fue nuestra experiencia. Los títulos los manejaban los tipógrafos, que tenían cajas de toda clase de tipos y tamaños. Listas las páginas iban a un proceso de fotomecánica y se procesaban hasta formar un cilindro de plomo que se insertaba en la rotativa, una gran impresora que producía todas las páginas hasta completar el Diario.

Para los que vivimos la era del plomo y los primeros de la modernización son parte de un hermoso recuerdo regentes como Antonio Ricaurte y más cercano en el tiempo Rafael Latorre (grato personaje colombiano al que el incorregible Jaime Piña Rodríguez bautizó acertadamente como Pavo), y Galo Peña. De los más queribles compañeros de linotipos es necesario traer al recuerdo a Jorge Álvarez; Juan Lozada, Jorge Intriago, Guillermo Ruiz y Teófilo Ruiz, algunos de ellos, nuestros consejeros en periodismo y hasta psicólogos empíricos cuando los más jóvenes les consultábamos problemas personales. Entre los armadores imposible olvidar a Eduardo Vargas, Humberto Apolinario y Vicente Mujica. Los más cercanos entre los armadores fueron Kléber Segovia (fallecido en plena juventud) y Jorge Purito Reyes (también ausente para siempre). En fotomecánica nuestros amigos más recordados son Jacinto Apolinario e Ignacio Chimbo. Talleres formaba un equipo de índor llamado 13 Linotipos, siempre campeón, con el espectacular Jorge Pelado Álvarez.

Gabino Rojas era el líder de los correctores y por allí pasaron el célebre caricaturista y hoy docente de la Facso Julián García, Vicente Caicedo, José Haz del Peso y Alejandro Chavarría. Muy destacados fueron Pancho Medina y Luis Ramírez Chiquito. Los dos fueron parte importante de la redacción. Cuando llegó Ramírez estaba en el apogeo de su fama un futbolista peruano del mismo apellido al que apodaban Cachito. No más saberlo, Jaime Rodríguez lo bautizó así y es hasta hoy Cachito Ramírez.

Nuestra gratitud será eterna para Lucho Arévalo y Humberto Parra, fotógrafos que fueron parte de numerosas expediciones dentro del país, llevados con gran seguridad por dos de los conductores más famosos Gonzalo Laaz y Víctor Fittipaldi Pazmiño. Uno de los más celebres personajes fue Octavio Chavito Flores, excelente periodista lleno de humor quien nos mantenía al día en los cachos de todos los tonos. Alrededor de él siempre se oían las más sonoras carcajadas.

El equipo de Redacción en un torneo interno de EL UNIVERSO en los años 80. Aparecen, entre otros, Bolívar Valenzuela, Alejandro Chavarría, Leonardo Montoya (Leomon), Mario Valdez, Jaime Rodríguez, Luis ‘Cachito’ Ramírez, Hector Rodríguez, Nelson Herrera, Washington Kenezevich y Sandra Tapia (madrina). Foto: Cortesía

Hasta Carlos Pérez Perasso acudía al grupo y le pedía: “A ver, Chavito, cuéntate el último”, y al final todo terminaba en una risa generalizada. Don Carlos Pérez proclamaba a viva voz que el café que colaba Fausto Caicedo era el mejor del mundo. Piña Rodríguez bautizó a Caicedo como Ñato, por las proporciones de la nariz. A golpe de 19:00 anunciaba: “Se viene el café”, y tomaba los pedidos. No cobraba, pero anotaba en una libreta. En la quincena pasaba cobrando por cada escritorio. Eran tiempos en que no había transmisiones del fútbol por TV y la única manera de recordar los goles era ver los dibujos con que el querido River reconstruía paso a paso la anotación. Como caricaturista llenó toda una época de 1962 hasta 2019, en que falleció.

Cuántas evocaciones. Los ‘cuarenteros’ en las guardias: Luigi Pescarolo, Jaime Véliz Litardo, Oswaldo Ávila, Jaime Díaz; las coplas y las fotonovelas de Francisco Pancholín Romero Albán; las anécdotas que nos contaban en los ratos libres Luis Chocolatín Hungría y Víctor Caballito Zevallos, que están en la historia brillante del deporte ecuatoriano. ¡Cuántos recuerdos, cuántas lecciones, cuánta nostalgia! (O)