Empecé a ver fútbol hace 72 años y tengo en mi memoria miles de recuerdos gratos, y de los otros. Perduran —eso sí— los primeros porque el balompié tenía ingredientes que no se pueden encontrar hoy en nuestro medio: nobleza en sus protagonistas, lo que se mostraba en la identidad del corazón y la camiseta. “Tenían más corazón que pecho”, dijo una vez Ricardo Chacón García, periodista de verdad que llegó a la redacción de diarios y a las cabinas radiales directamente de los campos deportivos, a diferencia de lo que ocurre hoy.

La entrega fervorosa y aguerrida hacía nacer el fanatismo en las graderías. Barcelona se hizo ídolo desde 1947 sin haber logrado ningún título, el que llegó recién, por primera vez, en 1950. Con jóvenes que habían llegado de las filas del Panamá SC, sorprendió al igualar o vencer a sus rivales utilizando solo jugadores criollos. Enfrentó dos veces al Deportivo Cali, poco antes del inicio de El Dorado colombiano, y remontó marcadores adversos gracias al coraje de sus hombres y a los goles inolvidables de Sigifredo Chuchuca, el arquitecto supremo de la idolatría torera.

Igual fue con Libertad de Costa Rica, que sufrió las anotaciones del Cholo, un centrodelantero “hecho de mangle y picardía”, como lo describió alguna vez Ricardo Chacón. Después vino lo de Millonarios, un capítulo heroico que los sabios de micrófono aluden con sorna. Norteamérica era igual; con pocos recursos, sus dirigentes armaron desde 1946 un plantel que le disputaba el amor de la afición a los del Astillero. Fue campeón en 1947 y 1945; al llegar al profesionalismo logró el cetro de 1952 con puros criollos y lo estrenó venciendo a Racing de Avellaneda, subcampeón de Argentina, en el viejo estadio Capwell.

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Era el apogeo de aquel fútbol sin mayores ataduras tácticas. Mandaban en la cancha los que lucían la camiseta número ‘10′. De sus botines nacían los desplazamientos veloces de los punteros, hoy desaparecidos, y los duelos con los marcadores. Quien vio aquella disputa entre Luciano Macías y José Vicente Balseca no la podrá olvidar jamás. Y es más: no se repetirá, porque murieron los punteros y los marcadores no marcan. Todo en nombre de esa indigestión venenosa que se llama “táctica y estrategia”, que prohíbe la inspiración y coarta la libertad. “El orden es necesario, pero no puede ser el principio y el fin de todas las cosas”, escribió Jorge Valdano, que supuestamente sabe mucho menos que las catarnicas googleras que niegan la sabiduría de un campeón del mundo jugando fútbol, pensando y escribiendo como el mejor de los ensayistas.

El poder de los directores técnicos, a partir del argentino Helenio Herrera desde mediados de los años 60, hizo que se proscribiera la gambeta, que “son mentiras que se cuentan con el cuerpo”, en otra definición de Valdano. Aquella prodigiosa habilidad que llevó a la fama a Enrique Pajarito Cantos, a Daniel Pata de Chivo Pinto y a Jorge Pibe de Oro Bolaños, por citar solo tres nombres, no se ve más. El mandato irrestricto de jugar a dos toques conlleva la prohibición de gambetear, que es lo único que puede romper un cerco defensivo.

A regatear se aprendía en la calle o en los descampados (los llamados “potreros”). En el interesante portal de la revista Panenka el periodista español Jordi Cardero anota que “en la calle se aprende un juego distinto. En los parques el balón habla otra lengua y tan solo unos pocos consiguen domarla y trasladarla al verde. En las calles nacían y crecían supervivientes al arte del engaño, del regate. Pero los hábitos han cambiado y cada vez son menos niños los que viven la cultura del potrero. Nacen menos regateadores y el fútbol llora”.

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En su nota, titulada ‘Se va la gambeta, muere el fútbol’, Cardera agregó esto, en mayo eel 2021: “El olvido del fútbol callejero y la apología de la táctica en categorías formativas han contribuido a resquebrajar al regateador, a lesionar la gambeta. El hecho de que se haya querido hacer la matemática del fútbol, también tiene que ver con que la gambeta haya desaparecido. Llevar el fútbol a todo lo que es matemático convierte a los jugadores en robots. Y los futbolistas se valoran por sus características individuales, no por lo que hagan tácticamente”.

Aclaro que el fútbol en sí no ha dejado de gustarme. Siento emoción al ver al Manchester City de Pep Guardiola, o al Real Madrid de Carlos Ancellotti. Siento nostalgia de aquel FC Barcelona incomparable de Lionel Messi, Andrés Iniesta, Xavi Hernández y Sergio Busquets, y conservo grabado aquel partido en que venció 5-0 a los merengues. Creo que fue el partido perfecto. José Mourinho ordenó hacha y machete de sus carniceros. Todos en media cancha para inmovilizar a los ángeles alados de Guardiola, pero le fue imposible contenerlos. ¿Cómo se rompió el muro? Con los regates incontenibles de los culés.

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Si bien sigo buscando los placeres del fútbol bien jugado, me resisto a seguir viendo el campeonato nacional. Por su paupérrima calidad, esta edición del 2024 es la peor de todas las jugadas en lo que va del siglo XXI. Hay muy escasa diferencia entre Independiente del Valle, Barcelona, Emelec y Liga de Quito, que se afirman son los mejores, con Delfín, Orense, Mushuc Runa, Deportivo Cuenca, Cumbayá, Libertad y no sé cuántos más. Prevalece una mediocridad absoluta. Si alguien va al fútbol por primera vez, atraído por la propaganda “del deporte más hermoso del mundo”, seguro que, luego de un partido entre dos de los equipos mencionados, no vuelve jamás a un estadio.

A la vulgaridad del espectáculo se agregan los graves problemas que afectan a la frágil ‘estabilidad con bigotes financiera’ de los equipos, endeudados hasta el cogote a causa de sueldos de primera para jugadores de cuarta; la contratación de hasta ocho extranjeros (por cada escuadra) de rendimiento tan deprimente que años atrás no habrían jugado ni en el barrio; los graves problemas arbitrales; la constante aparición de “niños con bigotes” y de falsa nacionalidad; el anunciado fracaso del contrato con GolTV, algo que en el 2017 denunciamos que ocurriría, dados los antecedentes del mandamás de esa cadena uruguaya; la inhabilitación a clubes —impuesta por la FIFA— para hacer incorporaciones y las feroces pugnas entre dirigentes.

Guardamos un alto respeto por la Federación Internacional de Historia y Estadística del Fútbol (IFFHS), pero eso no basta para entender con base en qué algoritmos, o cómo se llame lo que emplean, este organismo evalúa una liga. La organización del campeonato nacional, por la LigaPro, no justifica que se la ubique entre las 20 mejores ligas del mundo. Nuestro torneo nacional debe estar, seguramente, al nivel técnico, a la par del de Bolivia o Haití, por no citar más países.

Pero somos mundialistas, alegan los relacionistas públicos disfrazados de periodistas. Sí, pero la selección nacional no es el reflejo de la calidad y organización de nuestro fútbol. Hay muchos factores que inciden en que la Selección haya tenido un nivel distinto de lo que muestra nuestro torneo interno. Argentina es campeón del mundo, pero la liga de ese país no es la mejor del planeta. La MLS no tiene la altura de la selección de Estados Unidos, por más que esté hoy llena de astros. Hay mucha diferencia, como ocurre en Ecuador. (O)

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