España ’82 presentó una de las innovaciones más grandes de los Mundiales hasta ese momento: pasó 16 a 24 participantes. Se amplió el número en un 50%. Estaba justificado. Al comenzar los Mundiales en 1930 FIFA tenía 41 asociaciones y sólo 13 se inscribieron para competir en el Mundial. Cincuenta y dos años después eran 153 miembros y 109 se anotaron en la Eliminatoria. El planeta fútbol empezaba a estar mejor representado: ya había dos selecciones africanas, dos de Concacaf, una de Asia y otra de Oceanía.
Catorce ciudades y 17 estadios presentó la patria de Cervantes, una cifra inigualada, desmesurada para 52 partidos. En 2026 se jugará en tres países enormes, con 48 equipos, 104 cotejos y serán 16 escenarios. Lo que le sobró a España fue tiempo para prepararse: le asignaron la sede dieciséis años antes, en Londres 1966.
Muchos sucesos acontecieron en ese Mundial. Argentina, defensora del título, inauguró el torneo ante Bélgica el 13 de junio. Al día siguiente se dio por terminada formalmente la Guerra de Malvinas contra Inglaterra.
Argentina llegó a España con el mejor plantel de su historia. A Fillol, Kempes, Bertoni, Ardiles, Passarella, Tarantini, se habían sumado Maradona con 21 años, Ramón Díaz con 22 (un crack fenomenal), Olarticoechea con 23, Valdano con 27… Material como para repetir el plato. A poco del arribo, el zaguero Jorge Olguín exteriorizó un pensamiento que resumía el de sus compañeros y del técnico Menotti: “No tenemos nada que demostrar, somos los campeones del mundo”. Unos pocos días después la selección albiceleste debutó en el Camp Nou ante 95.000 personas perdiendo contra Bélgica 1 a 0, jugando feo y mal. No era la Bélgica de Lukaku, Hazard, De Bruyne, Mertens, Courtois… Aquella era una Bélgica oficinesca, desabrida y sin estrellas. Siempre hay que demostrar. El primer Mundial de Maradona no resultó idílico: no brilló y cerró su actuación siendo expulsado ante Brasil.

La brillante Francia de Platini, Giresse, Genghini y otros cracks que había despuntado en 1978 fue la revelación del torneo. Jugó un partido épico ante Alemania en semifinales. Igualaron 1-1 en tiempo normal, en el suplementario iba 3 a 1 arriba, pero en una reacción típicamente germana, le empataron 3 a 3, debieron ir a los penales y ahí ganaron los Panzers. Fue la primera vez que se definió por esta vía en las Copas del Mundo.
En ese partido se produjo un suceso del alto dramatismo: la salvaje agresión del arquero alemán Schumacher al lateral francés Patrick Battiston. Quizás nunca un futbolista estuvo tan cerca de morir en un campo de juego a causa de una falta rival. Battiston, inocente como un colegial, picó por el centro a buscar una bola al vacío puesta por Platini, entrevió la posibilidad del gol, iba embalado y no miró otra cosa que el balón, midiendo dónde caería. No vio la salida del arquero, un sujeto hosco y superentrenado de 80 kilos. Schumacher ni intentó atrapar la pelota, que siguió de largo, fue directo a embestirlo. Lo midió con premeditación, se afirmó bien y lo tumbó dándole con su codo en el cuello y con la cadera en el pecho. Una brutalidad jamás vista. Battiston cayó desplomado y ahí quedó, como muerto. Se lo llevaron del césped al hospital, inconsciente y con riesgo de vida: conmoción cerebral, lesiones cervicales, fractura de costillas, dos dientes menos y escoriaciones diversas. Platini dijo más tarde que pensó que Battiston estaba muerto, porque “no tenía pulso y se veía pálido”.
El árbitro holandés Charles Corver no expulsó a Schumacher, ni siquiera cobró falta. Schumacher tomó la pelota y la puso en el vértice de su área para hacer el saque de arco, indiferente mientras atendían al infortunado francés. En la tanda de penales Schumacher tapó dos y Alemania pasó a la final. De haber habido VAR era penal y expulsión, y casi con seguridad Francia iba al partido decisivo con Italia. Hasta podía ser campeón. Una encuesta de un periódico francés preguntó una vez quién era el hombre más odiado en Francia. Schumacher quedó primero, Adolf Hitler segundo.
En Perú habían deslizado que en el partido perdido 6 a 0 con Argentina en 1978 habían pasado “cosas raras”. Cuatro años después, en La Coruña, también pasó algo raro: Polonia le marcó cinco goles en 21 minutos, un récord en los Mundiales. Cayó 5 a 1. Y esta vez no estaba eliminado, empatando clasificaba a segunda fase.
En Elche hubo once goles en un partido, de por sí un hecho inusual, pero diez de ellos fueron del mismo equipo: Hungría aplastó a El Salvador 10 a 1. Es la goleada más atroz de estos torneos y tal vez nunca se repita, el fútbol se ha equiparado notablemente. Pese a tan estrepitoso debut, la selección centroamericana presentó un jugador deslumbrante: Jorge González El Mágico, un puntero de una habilidad endemoniada, casi inexplicable. Los defensas argentinos no podían pararlo. Pero era un náufrago en una isla desierta.

Pese a su localía, España aún era La Furia, una expresión futbolística menor. Pura fuerza física y entrega. Le tocó un grupo muy accesible y aún así pasó a segunda fase con angustia y por diferencia de un gol. En su estreno apenas igualó con Honduras (1-1), venció a Yugoslavia (2-1) y perdió ante Irlanda del Norte (1-0). En la ronda siguiente compartió grupo con Inglaterra y Alemania. Fue último. Llegó hasta donde podía. No era todavía la España del tiki taka, herencia barcelonista de Johan Cruyff y Pep Guardiola. Estaba a años luz de su estilo actual.
La gran frustración del Mundial -y de varios Mundiales- fue del Brasil de Telé Santana, por el juego exquisito que desplegaban Falcao, Zico, Sócrates, Junior, Toninho Cerezo, Leandro, Eder… Una constelación. Había ganado su grupo (que era bastante sencillo, eso sí) con autoridad y juego. Y arrancó la segunda fase venciendo 3-1 a Argentina. Parecía que nadie podría impedirle llegar al título, pero se estrelló contra una Italia oportunísima, letal. Y un Paolo Rossi mortífero. Paolo, que no había convertido en los duelos anteriores, marcó los tres goles del triunfo itálico: 3-2 e Italia a semifinales. Allí se encontró con Polonia y fue 2-0, otra vez con dos tantos del delantero de Juventus. Y en la final pasó por encima de Alemania: 3 a 1 en una actuación inolvidable, redonda, con otro gol de Rossi. Paolo en ese Mundial fue como un francotirador ruso: cada bala iba al corazón del enemigo.

Era la Italia que había seducido en Argentina ’78 siendo cuarta y venciendo al campeón. Para 1982 gozaba de una camada de notables intérpretes, pero el equipo no armonizaba, no convencía. Para peor, hizo una primera fase paupérrima con tres empates. Enzo Bearzot mantenía un enfrentamiento feroz con la prensa italiana, pero tenía las ideas claras. Y hubieron de pedirle perdón de una manera digna: al presentarse en la rueda de prensa posterior a la final, todos los periodistas italianos se pusieron de pie y le tributaron un sostenido y respetuoso aplauso. No hubo necesidad de palabras.
“Llegamos a la victoria por el espíritu de equipo”, declaró Bearzot con acierto: fueron un colectivo solidario, compacto. Y con una retaguardia excepcional, tanto que Franco Baresi, posiblemente el mejor central de la historia de este deporte, fue suplente y no pudo entrar ni un minuto en siete partidos. Lo sentaron Bergomi, Gentile, Scirea, Collovati y Cabrini, la línea de cinco que paró Bearzot en la final. Una Italia preciosa, la mejor de sus cuatro títulos. (O)