Nadie desea lo que ya tiene… Excepto James Rodríguez. Es un hombre inmensamente rico, pero va por más. El Al Rayyan le permite incrementar su ya fabuloso salario con menos responsabilidades y, naturalmente, sin demasiado esfuerzo. El Everton le pagaba honorarios de superstar, pero había que demostrar, en cambio la liga catarí, notablemente menos rigurosa que la inglesa, compra notoriedad: le ofrece tres años relajados con un opíparo contrato. Fuentes evertonianas afirmaron que James percibía 200.000 libras semanales, unos 14,248 millones de dólares anuales, sueldo de megacrack. En Catar se lo habrían mejorado.

Su agente, el portugués Jorge Mendes, lo tiene claro: lo que cotiza es la fama, no el rendimiento. Su método infalible para mantener su mercadería en el estante de arriba es que se hable todo el tiempo de ella, en los medios y en las redes. Da resultado: hay millones que disfrutan leyendo cada artículo sobre su héroe. Aunque no juegue, eso no tiene la menor importancia. Pero que se hable, de sus contratos, del número de seguidores en Instagram, del yate, de la modelo, de los autos de lujo… Esto explica que aparezcan tres, cuatro, cinco notas de prensa diarias de un futbolista que no actúa hace casi cinco meses (aunque cobra puntualmente, de aquí o de allá). Ni Messi ni Cristiano Ronaldo gozan de tales caricias de la prensa.

Su decisión de irse de Inglaterra a los 30 años es incomprensible a los efectos deportivos, pero perfectamente respetable desde lo personal. Es dueño de su carrera. Lo significativo es que, inversamente proporcional al declive de su rendimiento en el campo, aumentan su salario y su popularidad. Ya van seis años que la flecha de su parábola futbolística desciende sin parar. Es la curiosa realidad de los jugadores de redes sociales: gran éxito de la raya de cal hacia afuera, pobre respuesta dentro. Un caso similar al de José Mourinho, cuanto peor le va, más rico es: a la par de cobrar estruendosas indemnizaciones por despido (a causa de malas campañas), lo contrata otro club por una suma sideral en la esperanza de que vuelva a ser el técnico ganador de antaño.

Esa parábola no solo marca su escasa aportación en el campo, también dice que juega poquito, mucho menos que la mayoría. En sus 12 temporadas en Europa, desde octubre de 2010 hasta hoy (esta ya empezó), el volante cucuteño disputó 24.417 minutos en sus cinco clubes: Porto, Mónaco, Real Madrid, Bayern Munich, Everton. Esto se traduce en 271,3 partidos reales, o sea de 90 minutos. A su vez registra 80 presentaciones en Selección Colombia. Total: 351 cotejos. Cristiano Ronaldo, ya cercano a los 37 años, contabiliza en el mismo lapso 520 juegos en clubes más 104 en la selección de Portugal. Redondeando: 624. Casi no ha tenido lesiones CR7 porque se cuida científicamente, tiene alma de número uno. Por su parte Messi, con 34 calendarios encima, suma 534 en clubes y 97 con la camiseta nacional, 631 entre ambos. Otro que llega dos horas antes al entrenamiento, tiene un gimnasio en su casa y una cancha para practicar tiros libres. Cotejado con dos profesionales de mucha más edad y ultramillonarios, pero con hambre de gloria, James pierde feo: los viejitos lo doblan en presencias y siempre están disponibles, no se quieren perder ni un minuto de ningún partido.

La gélida despedida del Everton, a donde lo llevaron como estrella, es similar a su salida del Madrid y del Bayern. No lo extrañarán. Los medios no afines a Mendes hablan sin rodeos: “fracaso”, “Calamity James”. Culpar a Rafa Benítez de su salida tiene poco sustento, como no lo tenía demonizar a Zinedine Zidane o Niko Kovač. Ningún técnico juega en contra de sus propios intereses; el que tiene un crack, lo pone. Quien no la va a tener fácil ahora será Reinaldo Rueda. El entorno James y el grupo Mendes lo someterán a una presión feroz para que lo incluya en la Selección y esté en Catar 2022, porque desde ahora la Selección será su único canal de visibilidad. Y porque no se puede jugar el Mundial en el pequeño emirato con el 10 en la tribuna. Deberá incluirlo o las redes sociales hostigarán duro al técnico caleño.

“Indisciplinado”, “farrero”, “agrandado”, “no entrena”… Son algunas de las etiquetas que sus críticos le cuelgan a James. No adherimos. No nos consta. Y nunca, en más de cuarenta años de periodismo, nos hemos permitido cuestionar la vida privada de un deportista. ¿Quiénes somos los periodistas para hacerlo…? ¿Quién cuestiona nuestras vidas…? Pero el rectángulo es otra cosa. Allí salta el atleta a ofrecer su espectáculo y el trabajo del hombre de prensa es opinar de lo que ve, es libre de hacerlo. Desde aquel gol sensacional a Uruguay en Brasil 2014 -todos saben cuál-, se instaló en el imaginario popular que estábamos frente a un grande del fútbol; todos supusimos (también el Real Madrid) en ese mismo instante que había un nuevo supercrack. Nunca lo refrendó. Esa maniobra bellísima y perfecta lo depositó en la élite, y Mendes se encargó de amplificarlo, le consiguió sueldo de élite, pero en el césped no logró demostrar ser parte de ella. No tuvo la actitud, se fue apoltronando. Y la actitud es una de las condiciones esenciales. No tiene nada de malo, simplemente no es aplaudible. Se conformó con la fama y los ingresos. Está bien, es su elección.

Nunca un gol facturó tanto. Porque lo que todos compramos fue ese gol. Nadie hace semejante gesto técnico si no es muy bueno. Sin embargo, resultó como el escritor de una sola novela, que asombró al público y luego no volvió a sentarse ante la máquina de escribir.

James Rodríguez. Foto: -- -

Liverpool Echo, un medio seguramente vinculado a Mendes, hablaba de números excepcionales de James en Everton. Una irrealidad (por no decir otra cosa). La verdad es que con el paso de los años cada vez fueron menos partidos jugados, menos minutos, menos goles y asistencias, menos recorrido en campo y menos incidencia en el juego. Solo algunos de sus centros fantásticos, algunas pelotas filtradas brillantes, chispazos y poco más.

La última: Falcao. Tiene el mismo representante que James. También pudo haberle dicho: “No seas malo, consígueme Catar a doce kilos por año”. Pero eligió el Rayo Vallecano, una opción más deportiva, volver a una liga de máxima resonancia como la española. Cada gol ahí vale por cinco en el mundo árabe. Resignó muchísimo dinero. El Rayo apenas llega a fin de mes. Pero se lo ve feliz al goleador. Y cada gol suyo lo festejamos como nuestro. Ojalá las lesiones no lo damnifiquen. Y ojalá James lea esta nota, se llene de rabia y nos quiera demostrar. Lo celebraremos también. (O)