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Italia cayó hace años, España lo sigue

Duelo clásico entre Cristiano Ronaldo, cuando jugaba en el Madrid, y Lionel Messi, del Barcelona, en la liga española del 2016, cuando este torneo relucía más que ahora. Foto: Archivo

Pocas veces una fase de torneo suele ser tan reveladora como estos octavos de final de la Liga de Campeones de Europa. En ocho encuentros hubo siete victorias visitantes: Borussia Moenchengladbach 0, Manchester City 2; Lazio 1, Bayern Munich 4; Atlético de Madrid 0, Chelsea 1; Leipzig 0, Liverpool 2; Barcelona 1, PSG 4; Sevilla 2, Borussia Dortmund 3; y Atalanta 0, Real Madrid 1. El único triunfo local fue el del Porto sobre Juventus por 2-1.

Esto revela tres confirmaciones: 1) la ausencia de público en los partidos aumenta las posibilidades de la visita, que no siente presión del público local; esto se viene reflejando en todas las competiciones. 2) Con más o con menos, todos los equipos se atreven a ganar en cualquier cancha. 2) Hay pocos empates, porque no se los busca como negocio, al uso antiguo, empatar afuera y ganar adentro. El gol de visitante ayudó mucho. Otra comprobación: el retroceso del fútbol español, gran dominador universal en los últimos quince años. En ese lapso, España ganó un título mundial (2010), dos Eurocopas (2008-2012) y los clubes españoles conquistaron 8 Champions (4 Barcelona y 4 Real Madrid) y 7 Europa League (4 Sevilla y 3 Atlético de Madrid). Más allá de los laureles, dio una camada excepcional de jugadores como Casillas, Puyol, Piqué, Sergio Ramos, Busquets, Xavi, Iniesta, David Villa, el Niño Torres. De ser un fútbol eminentemente importador pasó a ser fuerte exportador, de jugadores y técnicos. Y la gema que coronó tanto esplendor: el Barcelona de Guardiola, el mejor equipo de la historia del fútbol, la exquisitez de la mano de la contundencia, acompañadas por la regularidad: no duró seis partidos, fueron años de festivales, goleadas magistrales y el toque con precisión en velocidad como culto. Virtuosismo al máximo nivel.

Eso generó un estilo: el tiqui taca, que logró sepultar para siempre a la Furia, aquella forma basada en el músculo, el sudor y la reciedumbre. Pero viene aflojando el fútbol español. De sus cuatro representantes en Champions, tres perdieron –de local– y tienen muy reducidas posibilidades de revertirlo en la revancha. La del Barça directamente es remota. Y el Real Madrid, para ganar al modesto Atalanta por la mínima, se benefició de su eterna fortuna con los arbitrajes (en Italia prefirieron calificarlo como “robo”, “vergüenza”, “indecencia”). El juez alemán expulsó a un jugador italiano al minuto 18 por una falta normal que se saldaba con una amarilla. Atalanta debió afrontar 76 minutos con un hombre menos, que con la incidencia física actual es demasiada ventaja. La Liga Española, número uno del mundo por más de una década y la más apetecida en TV junto con la inglesa, estaba llena de estrellas. Ahora, sin Neymar y Cristiano Ronaldo, solo queda Messi como atracción. Las otras luminarias actuales –Lewandowski, Haaland, Mbappé, Salah– iluminan en otras latitudes. Incluso los entrenadores de mayor prestigio como Guardiola, Klopp, Flick, Mourinho, Conte, Pochettino trabajan fuera de la península ibérica. Los clubes, especialmente los dos acorazados –Barcelona y Real Madrid– han gastado toneladas de millones en fichajes que no funcionaron y no hacen diferencia ni contra equipos de ligas menos potentes en juego y en presupuesto.

Idéntica situación vivieron los clubes italianos. El Inter ya había decepcionado siendo último en la fase de grupos, ahora cayeron Juventus, Lazio y Atalanta. Por eso, Iván Zazzaroni, director del Corriere dello Sport ironizó sobre la expulsión del zaguero del Atalanta Freuler: “UEFA, somos capaces de eliminarnos solos”, escribió en su editorial. Italia fue la cumbre del fútbol a partir de 1982, cuando reabrió sus fronteras a los futbolistas extranjeros –cerradas muchos años–. No hubo crack que surgiera en el mundo que no recalara en la península. Maradona, Passarella, Gullit, Van Basten, Platini, Zidane, Rummenigge, Batistuta, Matthäus, Klinsmann, Zico, Aldair, Falcão, Ronaldo, Kaká, Shevchenko, Bergkamp, Ibrahimovic, Michael Laudrup, Preben Elkjaer Larsen (¡Qué dos fenómenos los daneses…!). El sueño era llegar al Calcio. Allí estaba el poder económico y deportivo. Y también Paolo Rossi, Baresi, Roberto Baggio, Pirlo. Nos levantábamos tempranito los domingos para ver los grandes partidos.

Ya había declinado completamente el nivel futbolístico del país del catenaccio cuando obtuvo su cuarta medalla mundialista gracias más a la genialidad del técnico Marcello Lippi que a la de sus Materazzis y Cannavaros. El Milan de Arrigo Sacchi, Juventus, Inter, Napoli, Parma fueron perdiendo luz y ahora miran con la ñata contra el vidrio. Incluso la Juve, con todo su poder financiero, político y mediático, ve pasar la gloria en manos extranjeras. El fútbol, como la vida, es dinámico, va mutando. Sus movimientos son como la rotación de la tierra o el de las agujas del reloj, no se perciben, tampoco se detienen. Primero fue el tiempo del fútbol húngaro, luego del brasileño, hubo un fulgor argentino desde los años 70 a los 90, la meca italiana y por último el dominio español. Ahora hay un panorama diversificado.

El Paris Saint Germain hace punta por Francia, siempre segundón (o tercerón) en lides internacionales. El Bayern clava con fuerza la bandera alemana, a veces acompañado por el Dortmund; se le ve con energía al cuadro de Müller y Beckenbauer para mantenerse por años en la élite. Y está la Premier, el riquísimo fútbol inglés que cuenta, como ningún otro, con muchos grandes, los dos Manchester, Liverpool, Chelsea, Tottenham, Arsenal. El zarpazo que puedan dar cada tanto el Ajax y el Porto, que a veces muestra las uñas también. Pese a ser un medio pequeño, produce muchos jugadores Portugal y suele dar sus tarascones. Ha tenido dos campeones europeos –Benfica y Porto– y es el último campeón de la Eurocopa.

No hay un dominador actual. Sí está claro que España ya dejó el timón. (O)

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