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Hoy la gambeta es un recurso difunto

Cinco futbolistas de Bangú no pudieron el 1 de mayo de 1986 con Luis Ordóñez, que se cansó de gambetearlos. Barcelona ganó 1-0 por la Copa Libertadores, en el Modelo. Foto: Archivo

Fue en mi barrio que aprendí de niño lo que era la gambeta, esa habilidad individual que ha sido definida como los “movimientos y amagues con diferentes partes del cuerpo (pies, piernas, cadera, brazos o manos) en posesión de la pelota, con el fin de eludir a un contrario y evitar que este le arrebate el balón”. Se la llama también regatear, cabrear, eludir, engañar o driblar. Lo vi y mucho en nuestras calles con la habilidad desbordante de Eduardo Buche Icaza que estuvo en el Panamá y Río Guayas. Y en la pelota de índor que manejaban con destreza Manuel Corcho Suárez, Carlitos Vasconcellos, Nelson Leche Cruz, Neptalí Calle, Alfredo Ramírez y Pepe Macuy, cuya destreza provocaba la ovación de la gente que se agolpaba en la vereda. En cualquier calle de cualquier barrio los ídolos gambeteadores fueron Bailejo y el Loco Pedemonte, admirados amigos a quienes solo identifiqué por sus célebres apodos.

Los más admirados regateadores en nuestro fútbol fueron siempre los punteros, los habitantes de la raya de cal que debían enfrentar y eludir a fieros marcadores para luego enviar al área un “pase de la muerte” al compañero retrasado que entraba al área a velocidad, o elevar un centro para el remate del centrodelantero. Era un niño cuando vi a dos de los mejores de la historia.

Tenía 10 años cuando me provocó el más grande asombro ese mago del amague y el ilusionismo que se llamó Basilio Padrón, alero derecho de Río Guayas, jugando ante Santa Fe de Bogotá. No estuve presente en el viejo Capwell cuando llegó Universidad Católica de Chile, que tenía en sus filas a José Manuel Charro Moreno, una leyenda del balompié mundial. Contaba el periodista Ralph del Campo en una columna que Padrón, a quien apodaban Carapacho, le amagó e hizo un túnel a ese gigante en físico y en fútbol que fue Moreno. El Charro esperó la oportunidad de vengar el desaire. Apenas lo tuvo a tiro lo elevó y mandó a la alambrada. Del Campo entrevistó después a Moreno y le preguntó el porqué de esa actitud violenta ante el frágil Padrón. “Es para que aprenda a respetar a los mayores”, dijo el bigotón gaucho.

En esos primeros años me deslumbraron Guido Andrade, el mítico alero zurdo del Quinteto de Oro de Barcelona, elegante, cercano al arte, exquisito para el dribbling; y Raúl Pío de la Torre, el extremo izquierdo del Norteamérica, campeón de 1952. Andrade estuvo en la Selección del Sudamericano de 1949 y el técnico español José Planas lo recomendó a Boca. El milagreño desechó la propuesta del club argentino. De la Torre estuvo en la selección al Sudamericano de 1953.

Ya Padrón había viajado a Venezuela desde donde fue a España fichado por el Valencia, cuando apareció, en 1954, el más famoso de los gambeteadores nacionales: José Vicente Balseca. Lo apodaron Loco como a la mayoría de los aleros mágicos. Era interior derecho o izquierdo desde 1951 en que Emelec se lo llevó del Huracán federativo, pero la llegada de Carlos Raffo hizo que el técnico Renato Panay lo mandara a la punta derecha. Nació en ese momento el Gran Houdini de nuestro fútbol. Sus amagues, firuletes, vueltas y revueltas sin perder el dominio del balón y sus pases-gol levantaban al público de sus asientos y surgían en las gradas cataratas de aplausos. No ha habido nadie como él y su recuerdo está siempre vigente en la memoria de quienes lo vimos, a quienes nos llaman ‘románticos’ por nuestro respeto a la historia.

Con sus gambetas ganó cuatro títulos de Asoguayas y tres del campeonato nacional con Emelec. Foto: Archivo

Balseca y su marcador rival, Luciano Macías, llenaron los estadios mientras duró su fútbol, algo que hoy los millonarios “paquetes” no pueden ni soñar. Soy un sobreviviente de la multitud que vio a Garrincha en el césped del estadio Alberto Spencer cuando se llamaba Modelo Guayaquil.

La crítica mundial lo ha llamado “el rey universal de la gambeta”. Imposible que hoy alguien pueda dar una exhibición más acabada, genial y admirada de lo que es engaño y la habilidad con un balón. Cada jugada suya era un show magistral imposible de neutralizar. Fue dos veces campeón del mundo y los que jugaron a su lado en Botafogo y en la selección de Brasil se hicieron millonarios, aunque él murió pobre y abandonado.

Refiriéndose a René Houseman, Orestes Omar Corbatta y Garrincha, Jorge Valdano afirma: “Es curioso que a todos ellos se les haya denominado locos. Quizás el problema es de los terrenales que no sabemos entender el ingenio de estos seres nacidos para dibujar una sonrisa en los aficionados. Su capacidad para desbordar sobre un ladrillo y para amagar a los rivales los convirtieron en elegidos de la historia del balompié. Fue un verso suelto en el fútbol setentero, en el que la pierna dura y las tácticas defensivas amenazaban con acabar con la esencia del juego”.

Gambeteadores en el Capwell y el Modelo fueron Enrique Pajarito Cantos y su bicicleta, Daniel Pata de Chivo Pinto, Pedro Gando, apodado Camberra por su velocidad supersónica, Víctor Venado Arteaga, Jorge Bolaños, Enrique Raymondi y Bolívar Merizalde. Después llegó Víctor Ephanor y con Mario Maravilla Tenorio, Luis Palito Ordóñez y Carlos Muñoz se terminaron los eximios regateadores.

Tres veces campeón nacional con Barcelona SC. Su apodo era ‘Maravilla’. Foto: Archivo

En estos tiempos la calle ha desaparecido como escuela formadora de futbolistas. De la calle los juveniles astros iban a las Ligas de Novatos y de allí a los clubes de primera. Habían pasado por esas escuelas de ingenio y picardía, y de recursos para eludir las mañas adversarias. Para Valdano, “esa es la gran ventaja que tenía la calle: cuidaba a los jugadores diferentes. El diferente tenía mucho prestigio en la calle. En cambio, la academia es muy buena para mejorar a los jugadores medianos, y muy mala para cuidar al diferente”.

Hoy el fútbol es distinto, más sistematizado, más físico, más veloz, pero sin inteligencia ni espontaneidad. Más táctico, más defensivo que ofensivo. La táctica moderna prácticamente elimina la participación del hombre más inteligente, del jugador que tiene la lectura más amplia del juego. Jairzinho, campeón mundial, retrata este tiempo en que los DT dejaron de utilizar a los punteros y en que cualquier adefesio de jugador se pone la camiseta número 10: “En Brasil, cualquiera usa el número 10. Antes, en el fútbol de mi generación, en los años 60 o 70, llevar el número 10 era de gran significado. El jugador que lo llevaba era el que marcaba la diferencia, el que hacía el juego más alegre, el que participaba más de la inteligencia de juego, una palabra ya olvidada. Antes, la camiseta 10 era reservada y preservada. Hoy, hay muchos jugadores sin cualidades técnicas que la llevan; yo creo que es una agresión”.

Afirma Galeano (1995) en su libro El Fútbol a sol y sombra: “Por suerte todavía aparecen en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado carasucia que se sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, al juez y al público de las tribunas por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad.” Y agrega: “Yo no soy más que un buen mendigo de buen fútbol. Voy por el mundo sombrero en la mano, y en los estadios suplico: una linda jugadita, por el amor a Dios”. (O)

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