A las tres de la tarde del 17 de junio de 1994, hora del puntapié inicial de Estados Unidos 1994, hacía más de 45 grados en las gradas (en el campo eran 50, según informaron).

A orillas del lago Michigan la sofocante humedad tornaba irrespirable la tarde. Nunca vivimos algo igual. Fue el día del cotejo inaugural, cuando el Mundial desembarcó en el único país que le dio obstinadamente la espalda al fútbol.

Los gigantescos estadios norteamericanos eran casi todos de una sola bandeja y no tenían una mínima visera que protegiera del sol. En la tribuna de enfrente, los presidentes de Estados Unidos, Bill Clinton, y de Bolivia, Gonzalo de Losada, hasta se quitaron el saco, se aflojaron la corbata y se arremangaron para soportar el bochorno.

Abajo, Alemania y Bolivia hicieron un partido soso, comprensible por la infernal temperatura. Fue la mejor Bolivia que hayamos visto. Muy competitiva, la del vasco Azkargorta.

La de Etcheverry, Baldivieso, Platiní Sánchez, Melgar… Era todo parejo hasta que un infortunado resbalón del arquero Trucco le dejó el gol servido a Jurgen Klinsmann y ganó el campeón del mundo 1 a 0.

La asistencia plena de 63.117 espectadores fue una muestra de lo que vendría: EE. UU. 94 es, hasta hoy, el Mundial con mayor cantidad de público de los 22 disputados, con 3′587.538 boletos vendidos en 52 partidos (68.991 por partido).

De Uruguay 1930, en que el torneo se jugó en veinte cuadras a la redonda, se pasó a EE. UU: 94 en un territorio muy vasto, con nueve sedes, algunas a distancias increíbles de otras, como Boston y San Francisco separadas por 4.338 kilómetros y 5 horas y media de avión. Como si un partido se jugara en Buenos Aires y el siguiente en Bogotá.

Semejante lejanía hizo que el evento se desmembrara y cada contingente de hinchas y periodistas se instalara junto a la delegación de su país. Difícil y caro viajar para seguir a los equipos.

Electrocables Barraza

Se lo promocionó como el Mundial del modernismo y la tecnología, pero resultó mucho más modesto de lo imaginado.

A diferencia de los anteriores, no lo asumió el país sino empresas privadas, y no se gastó un solo dólar en arreglos o remodelaciones específicas para la Copa.

Austeridad, instalaciones precarias, baños químicos… La inversión fue nula, se utilizaron estadios de fútbol americano ya existentes.

Recordamos a Andrés Mendoza, colega ecuatoriano, director de radio Atalaya, quien llegó a San Francisco en el último tramo de la competencia; su primera sensación fue de estupor: “Nunca hubiese imaginado que los estadios fueran tan feos. El de Los Ángeles es absolutamente común, sin la menor espectacularidad, pero el de San Francisco es feo y viejo. Viéndolos por televisión pensé que eran fantásticos, pero este es de madera, apoyada sobre tierra. Los accesos son malos, con caminos de tierra polvorienta. Increíble”.

En efecto, el coloso de Stanford, en Palo Alto, era íntegro de tablones y los pasillos eran de tierra, aunque igual era un óvalo perfecto, arquitectónicamente bonito. Pero sí, tratándose de Estados Unidos, uno esperaba otra cosa.

Como copresidente de Francia 98, el siguiente torneo, Michel Platini recorrió instalaciones, tomó notas. Cuando le pidieron su opinión sobre la organización del torneo norteamericano, respondió con ironía: “Simpática”.

Luego agregó una frase fantástica: “Hicieron extraordinariamente bien lo mínimo”. Tal cual. Eso permitió que fuera el único Mundial con ganancias: más de 3.000 millones de dólares.

Pero la FIFA acertó un gol de arco a arco: llevó el fútbol al país número uno del planeta y quedó instaurado. A dos días del comienzo del Mundial, una encuesta reflejó que ocho de cada diez habitantes “gringos” (no de las colonias latinas o italiana) no sabían qué era la World Cup; veinticinco días después se batían récords de audiencia televisiva.

En el duelo EE. UU. 0 - Brasil 1 la cadena ABC alcanzó un rating histórico de 10,5 puntos (unos 32 millones de telespectadores). Con un agregado: a la misma hora jugaron los Yankees un partido de béisbol de cierta relevancia y no fue nadie.

El New York Post exhibió un gran olfato periodístico: en una página insertó una foto del choque EE. UU.- Brasil con 84.147 personas; en la otra, una imagen del Yankee Stadium semidesierto.

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David Downs, funcionario de ABC, que compró los derechos, no podía creerlo: “Hasta yo estoy sorprendido por la respuesta de la gente a esta Copa del Mundo, nuestras previsiones más optimistas fueron superadas en un 75%”.

Curtis Pires, portavoz de la cadena ESPN (cadena de cable), graficó: “Pondré un solo ejemplo: Suecia-Arabia Saudita, un encuentro no muy atrayente en teoría y dos países que no tienen fuerte presencia étnica en Estados Unidos, tuvieron un rating de seis millones de espectadores.

Increíblemente, superó a la final de Wimbledon, transmitida por NBC (un canal abierto), y donde jugaba un norteamericano, Pete Sampras”.

Lo más increíble fue que en los partidos de “los USA” se entonó el “iu-e-sei… iu-e-sei…” a la usanza de las otras hinchadas. Mucho tuvo que ver el temperamental equipo de Bora Milutinovic, con Alexi Lalas y Marcelo Balboa liderando desde la zaga.

El entusiasmo dio frutos: al año siguiente se creó la liga estadounidense (MLS), hoy la de mayor crecimiento mundial.

El fútbol propiamente dicho fue la parte más atrayente de USA 94. Buenos espectáculos, se mejoró el oprobioso juego de Italia 90, con muchos goles, menos expulsiones y debutó la nueva regla de 3 puntos a la victoria.

Lastimosamente, quedó la imagen de la desangelada final entre Brasil e Italia —0 a 0 y definida por penales—. Brasil no fue el equipo carnavalesco y ofensivo de otros mundiales, era muy utilitario, marca Parreira.

Defendía mucho y dejaba dos puntas arriba —Romario y Bebeto—, que con espacios hicieron los estragos suficientes. Fue justo ganador, supo ser campeón. Italia llegó a la definición por oficio, por tenacidad y por un iluminadísimo Roberto Baggio.

Baggio, que arribó con el rótulo de Balón de Oro 1993, tuvo un comienzo tan decepcionante que la prensa italiana clamaba para que lo sacaran: “Si eres una señorita vuelve a casa y pon una perfumería”, decían algunos periodistas.

Pero Roby tuvo una fase final sensacional y con cinco goles puso a Italia en la final. El destino, cruel, le reservó la fruta amarga: en la definición del título por penales su disparo, el último, se elevó hacia el cielo y Brasil se coronó campeón.

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Colombia era, para muchos, uno de los favoritos al título por su fútbol atildado y sus estrellas, que habían aplastado a Argentina 5 a 0. Resultó estrellado, eliminado en primera fase y el retorno a casa fue duro, enmarcado por la tragedia de Andrés Escobar.

Argentina, con Alfio Basile en el banco, presentó una selección espectacular en cuanto a nombres y fútbol.

Parecía encaminarse sin dudas al título, jugaba bien, era ofensivo y tuvo un arranque arrollador, hasta que le explotó una bomba en las manos: Maradona fue encontrado positivo en el control antidoping y obligado a abandonar el torneo.

El impacto desmoronó a todo el equipo. “Me cortaron las piernas”, fue la célebre frase de Diego, que siempre negó haberse dopado. Quienes lo vivieron, no olvidarán nunca a la enfermera rubia que fue a buscarlo con un policía hasta el centro del campo para llevarlo a hacer el control. Maradona iba sonriente a la silla eléctrica.

Fue la foto del Mundial, acaso más que la de Romario levantando la Copa. (O)