Llovía en Rabat. La lluvia suele decorar sucesos históricos. A este le daba un toque heroico y dramático. Marruecos y Senegal terminaban de componer quizás la final más tormentosa de la historia de la Copa Africana de Naciones.

Caliente, discutida, caótica, polémica. También insólita: un equipo que se retiró del campo en protesta terminó siendo el campeón. Fue el domingo pasado. Marruecos, en casa, buscaba su segunda corona africana justo cincuenta años después de la primera.

El país magrebí es una de las potencias emergentes del fútbol mundial y, de local, se sentía completamente seguro de coronar. Fue cuarto y revelación en el Mundial de Qatar, en octubre se consagró campeón mundial sub-20 y es octavo en el Ranking Mundial de la FIFA superando a Bélgica, Alemania, Croacia, Italia, Colombia, Uruguay, México, Japón, Ecuador… Actualidad brillante, futuro luminoso.

Electrocables Barraza

Pero nadie es campeón en la víspera. Hay que jugar. Y enfrente estaba Senegal, 12.° en el ranking, un plantel con veinte jugadores en las cinco ligas más grandes de Europa y un biotipo físico fabuloso. En el juego resultó ligeramente superior Senegal, más agresivo en ataque, sin embargo, no lograban quebrarse. Hubo cuatro momentos clave que definieron el partido y el torneo.

Minuto 91,43: gol de cabeza de Senegal de Ismaila Sarr, anulado por empujón previo de Seck a Hakimi. Primeros reclamos senegaleses. Un empujón cobrable. El eterno vicio de los defensas de jugar con las manos en las áreas, faltas que usualmente se sancionan.

Seck estaba volcado al ataque, pero es zaguero. Los zagueros, como los arqueros, están convencidos de poder hacer cualquier cosa.

Electrocables Barraza

Minuto 94,53: el juez congoleño Ndala Ngambo señala 8 minutos de añadido y a los 94,53 marca penal para Marruecos por falta clara de El Hadji Diouf a Brahim Díaz.

Lo tomó del cuello y lo tiró hacia atrás para poder rechazar libre. Inobjetable. Sin embargo, todo Senegal se lanza en una protesta desmesurada y se retira del campo por orden de su incendiario entrenador, Pape Thiaw. Sadio Mané los convence de volver y, tras larga interrupción, el juego se reanuda.

Minuto 113,10: Brahim Díaz ejecuta el penal picándolo, a lo Panenka. Le sale el peor penal del mundo: débil, anunciado y al medio. Exageradamente suave y el meta Edouard Mendy, aquel del Chelsea, lo para como quien se toma un helado sentado en la plaza.

Insólito. Tan ridículo que, según muchos, lo hizo a propósito (¿¿¿???) Metía el gol y acababa el juego con Marruecos campeón, pero se van al alargue igualados a cero.

Electrocables Barraza

Minuto 3,13 del tiempo extra: Pape Gueye saca una bomba nuclear desde el borde del área y la incrusta en un ángulo, imposible para el gran arquero Bono. El gol con el que Senegal ganaría 1 a 0. Las cámaras de inmediato enfocan a Brahim Díaz, claramente culpándolo de su fallo, que costó el ansiado título.

Y aquí viene un debate mundial. ¿Era necesario hacer un Panenka…? ¿Quiso quedar en la historia ganando el título con una exquisitez…? ¿Canchereó…? ¿Fue un valiente o un inconsciente…? ¿Es el culpable del Marruecazo…?

El Panenka no tiene grises, tanto puede ser una exquisitez fenomenal como una estupidez monumental.

En el caso de Brahim fue lo segundo. De ahí que una gigantesca ola de opinión lo desapruebe. Cuarenta y tres millones de marroquíes estaban rezando que lo hiciera, que lo asegurara pateando fuerte y a una punta. Brahim decidió otra cosa.

¿Errado a propósito...? Imposible. ¿Por qué haría semejante disparate…? Si los hinchas se enteran, lo mandan a matar. El jugador tiene libre albedrío en el campo, ni el técnico ni nadie pueden ordenarle qué hacer.

Pero ese penal ya no es tuyo, es de la gente, del país. En esas circunstancias, con semejante anhelo de toda una nación, es preciso hacer lo más racional.

Se puede fallar, cualquier penal se falla, pero no hacer lo que quieras. Eligió mal y lo pateó peor. “Lo entregó por Fair Play”, dicen algunos. “¿Fair Play…? “Sí, porque el árbitro le regaló el penal”. De ningún modo, fue falta clara y Brahim lo sabe pues se la cometieron a él, la reclamó airadamente.

¿Fue por lucimiento…? Un jugador que está representando a un país, en ese instante crucial no puede pensar en su lucimiento. Ya tuvo hora y media para fantasías.

“Además de una irresponsabilidad la decisión de picarlo, es el penal más tontamente cobrado que he visto en mi vida. Ni se movió el arquero. Si quieres lucirte y ser agrandado pateando un penal así, pensando más en ti que en todo un país, al menos que sea en un partido sin importancia y que vas ganando 5-0, pero en una final, en el minuto 97, con un 0-0… Y aun si lo metía era una locura imitar a Panenka”, lo condena Ricardo Vasconcellos, actual columnista de Primicias.ec, de Quito.

“¿El Panenka de Brahim Díaz? Tienes derecho a fallar un penal, pero en este caso soy categórico y no tengo ninguna compasión. Es una falta de respeto hacia todo un pueblo que lleva 50 años buscando el éxito”, fue contundente Hervé Renard, el técnico francés de Arabia Saudita, campeón africano con Zambia y con Costa de Marfil.

Y agregó: “En menor medida, experimenté lo mismo en la Copa Árabe contra Marruecos. Uno de mis jugadores, Abdullah Al-Hamdan, falló por completo su penal a lo Panenka. Le pedí que me acompañara a la rueda de prensa posterior y se disculpara”, confesó Renard.

El español Luis Enrique está en la antípoda de su colega: “No es un asesino ni una mala persona”. Nadie dice tal cosa, sí que tomó la decisión más arriesgada en el momento cumbre y le falló a una nación que lo entronizó como ídolo. Diego Torres, redactor de El País de Madrid, dimensiona:

“Uno va por Marruecos y todo se ha convertido en Brahim: anuncios en la televisión, carteles murales en las plazas, señales en las autopistas... Dice que fue a Marruecos por amor. Bueno. Bank of Africa, Orange, Visa... le firmaron contratos multimillonarios.

Brahim se convirtió de la nada en un personaje nacional, rico y adorado. ¿Y con quién había empatado? Con nadie. Solo por cambiarse la nacionalidad deportiva”.

“Criticar esa manera de patear un penal según salga bien o mal es ventajista. El jugador elige por el motivo que sea, solo que arriesga más de esta manera porque si falla le caerán encima como a Brahim”, sostiene Rodolfo Chisleanschi, periodista de La Nación, de Buenos Aires.

“¿Si arriesgás más es porque sos más irresponsable o porque sos más valiente y jugás al límite? ¿Por qué se le pega más al arriesgado que al que cierra los ojos, le da fuerte y la tira a la tribuna? Me parece injusto, y un buen tema de debate. A mí me gustan los que arriesgan”, completa desde una buena perspectiva.

Ricardo Rozo, excelente analista colombiano, apoya a Rodolfo: “Si soy hincha hubiese querido que Brahim patease fuerte a lo Batistuta. Pero como no lo soy, disfruto de aquellos que arriesgan y utilizan recursos diferentes. En lo personal, me cansa la definición idéntica, la estandarización.

¿Han visto anotar un gol de campo en rugby? Todos patean igual. Me cansa ver qué pican una y otra vez el balón a la salida del arquero, añoro la gambeta del delantero al portero dejándolo tendido en el piso. Ya cansa ver el corte hacia adentro y golpe con curva al segundo palo del arquero.

Por el bien del juego, bienvenidos los que intentan algo diferente, si no llegará el momento que baste con ver el resumen del partido”. Brahim instaló el tema. Seguirá por mucho tiempo. (O)