“Uruguay es tan chico que para tirar un córner te tenés que ir a otro país”, decía Marcos Lubelski, empresario futbolístico rosarino residente en Montevideo, quien sentía verdadero cariño por la patria de Artigas. Esa miniatura demográfica que, toda entera, cabe seis veces en San Pablo, cinco en Buenos Aires y tres en Bogotá, tiene el récord de Copas América ganadas junto con Argentina: quince. Brasil lleva nueve. El resto se reparte el cambio. Con un agregado aún más admirable: ganó las siete ediciones que se disputaron en su suelo. Y nunca perdió un partido: fueron 31 triunfos y 7 empates, con 90 goles a favor y apenas 18 en contra. Ello muestra que como anfitrión puede ser amable, pero no hace concesiones. Te hace pasar, pero tiene al perro al lado gruñendo…

Uruguay es un milagro futbolístico. El paisito de tres millones cuatrocientos es una fábrica de jugadores y hasta no hace mucho ostentaba una delantera que envidiaban Alemania, Inglaterra, Brasil, Argentina, Francia, todos: Suárez, Forlán y Cavani. Ahora, con Bielsa, es el cuco de la Copa América. ¿Quién le gana al aluvión celeste que corre, mete y ataca…? Hasta no hace mucho —mediados de los 90— los 35 clubes que componían la primera A, B y C del fútbol uruguayo eran todos de Montevideo, todos juntitos, separados por cuadras unos de otros. Algunos clubes medio en serio y medio en broma de chiquitos que son.

Central Español es uno de esos deliciosos cuadritos montevideanos cuya única gloria es seguir compitiendo, y que han dado al fútbol cuatro o cinco fenómenos. Entidad pequeña, con aroma de barrio, plena de maravillosas historias futboleras. Esos clubcitos que, cuando uno entra, están las camisetas secándose en el patio, un perro en la puerta del vestuario, el masajista cebando mate y el ruido de los tapones de los muchachos que salen para entrenar. El sol y la quietud de una mañana cualquiera confieren a la escena un toque de maravillosa sencillez.

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Con la selección de Uruguay, Juan Delgado disputó 15 encuentros entre 1913 y 1920. Foto: Cortesía

En rigor es Central Fútbol Club, pero en 1971 firmó un convenio con la oficina de migraciones de España, que le garantizaba un ingreso de dinero para subsistir y, a cambio, agregó a su nombre el “Español”. Al poco tiempo el acuerdo perdió conveniencia y estaban viendo la forma de quitarle el gentilicio y volver a ser Central, nomás, como antes. El nombre surgió por su proximidad con el cementerio Central de Montevideo. Su modesta cancha está situada frente al estadio Centenario y ahora, después de algunos años jugando en la B, se debate en la pomposamente llamada Primera División Amateur, en verdad la tercera categoría. ¡Central jugando en canchas peladas, sin gente y marchando séptimo entre diez…!

De Central salió Juan Delgado, el Negro Juan, famoso centromedio de los años 10 que jugó —y ganó— el primer Campeonato Sudamericano, en 1916, en Buenos Aires. Uruguay goleó a Chile 4 a 0 y los delegados chilenos protestaron el partido “por la inclusión, en Uruguay, de dos profesionales africanos”. Los “africanos” eran dos negros renegridos: Juan Delgado e Isabelino Gradín, descendientes de esclavos afro, pero más uruguayos que Artigas. El Negro Juan fue el tercer jugador extranjero de Boca. El ansia boquense de conquistas lo hizo fichar en 1914. Pese a ello, Juan nunca se fue del barrio Palermo. Vivía allí, viajaba los sábados a Buenos Aires para calzarse la azul y oro y se volvía a Montevideo en el primer vapor que alcanzaba.

Delgado luego pasó a Peñarol y, al retirarse, fue por muchos años el utilero del equipo. Luego lo sucedió su hijo Jorge. Y, al jubilarse este, tomó la posta el nieto, otro Juan. Fácil, ochenta años alistando botines y camisetas los morenos.

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El atacante Juan Delgado fue campeón con Peñarol en los torneos uruguayos de 1918 y 1921. Foto: Cortesía

En los tiempos pioneros el fútbol era amateur, no se pagaba pase por los jugadores y estos eran libres de fichar donde querían. No había tanto reglamento. Para cambiar de club, los tentaban con un trabajito liviano, alguna ropa nueva, irse a vivir a un barrio mejor. Pero pocos lo hacían; los muchachos permanecían en un cuadro por fidelidad o para no quedar mal con la vecindad. Y si mudaban de colores, debían justificarlo muy bien: estaba en juego la lealtad, el honor. Además, siempre se defendía al club del barrio donde moraban. Ante un cambio sobrevolaba la palabra traición.

Cuando Juan ya brillaba en el medio juego de Central, Peñarol lo pretendía.

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—Si me voy de Central, en Palermo me matan —se excusó él en una primera instancia.

Palermo es el barrio —entonces marginal— de Central. Peñarol preparó un plan: lo mandó raptar. Una estratagema que se usaba entonces. El jugador desaparecería y lo tendrían guardado hasta el instante mismo de comenzar el campeonato. Una vez que empezaba jugando para un equipo, ya no podía cambiarse a otro. Nacional le sacó a Peñarol al Loco Romano mediante ese método: lo mandó a raptar, lo escondieron en un campo y, el día que empezaba el campeonato, cuando Nacional saltó al campo, Romano estaba entre los once.

A Juan Delgado se lo llevaron (con la anuencia del Negro) y lo escondieron en los fondos de un bar. Pero Central tenía gente brava y se enteraron de la maniobra. Y averiguaron dónde lo escondían. Le encargaron el rescate al guapo Antina, un malevo que dormía más en la comisaría que en su casa. Se cuenta que muchas veces, corrido por la policía, saltaba el paredón del cementerio y se metía adentro de un nicho. Antina era cuchillero y lo más probable es que debiera alguna muerte. Se fue con varios pesados como laderos. Entró al bar y lo vio al Negro Juan, con un traje nuevo, muy a gusto, tomando copetines. Ya lo habían endulzado los de Peñarol. Antina dio un paso al frente y los captores otro. En medio de la tensión de la escena, dijo con tono grave:

Negro, vamo’ pa’ casa.

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—El Negro es libre y se queda donde le dé la gana —intentó contradecirlo alguien desde atrás del mostrador. Delgado no temía, pero no hablaba. El tira y afloje tuvo un par de vueltas más. Hasta que Antina amenazó:

—Juan se viene con nosotros o acá morimos tres o cuatro.

Siendo así… Delgado devolvió el traje, tomó sus cosas y enfiló con la caravana de vuelta al barrio. Esa temporada siguió jugando en el equipo rojo, azul y blanco. Al año siguiente, los mirasoles repitieron la maniobra del secuestro y ya los de Central lo pasaron a pérdida.

—Dejalo al Negro vendido ese…

Efectivamente, a fines de 1917 Juan Delgado pidió pase para Peñarol y se fue de Central. Lo tentaron con dos tortas y una mejora en su empleo municipal; era peón de limpieza en el cementerio. La historia nos la refirió Diego Lucero, inolvidable y genial escriba uruguayo que había sido jugador de Nacional en los años 20 y enfrentó a Delgado en varios clásicos. Diego nos honró con su amistad.

De Central, como de todos esos clubcitos pletóricos de sueños y necesidades, surgieron varios cracks. Uno de ellos, el célebre Walter Gómez. Otro fue campeón del mundo: Víctor Rodríguez Andrade, lateral izquierdo uruguayo en la tarde del Maracanazo. Cuenta Víctor en el libro del centenario:

—Antes de la final aquella hubo un hecho que me tuvo decaído. Todos recibieron cartas menos yo. Entonces, el Cotorra Míguez, que me vio tristón, me dio una bolsa de bombones que le había mandado la novia. Me dijo: “Tomá, esto te lo trajo Valentini, te lo manda una admiradora”. Yo quedé feliz de la vida y entré a jugar contento. Pero apenas terminó el partido, lo primero que hizo Míguez fue sacarme los bombones y decirme la verdad. (O)